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Sylvette, la obsesión de Picasso

11/06/2009.

Inspiró 40 obras en tres meses. Ella tenía 19 años y él, 73. Una de las musas del genio revive hoy en el museo del artista su experiencia junto al pintor

Sylvette, ayer en el MPM. / ANTONIO SALAS

Sylvette, ayer en el MPM. / ANTONIO SALAS

Ella era una chica de pueblo y él, un artista de fama mundial; ella parecía siempre tímida y callada mientras él bebía la vida a sorbos; ella tenía 19 años y él, 73. Pero ella fue su obsesión. Una de ellas. La dibujó, la pintó, la esculpió, la pensó y la transformó con la intensidad de la fiebre. Cuarenta obras en tres meses. Todas se llaman igual. Sylvette.
Una de ellas ha recalado en el Museo Picasso Málaga (MPM). Forma parte de la exposición »Mujer». Y al otro lado del muro donde se levanta esa escultura, en el patio central del Palacio de Buenavista, aquella muchacha alta, rubia y reservada echa la vista atrás, empaña sus ojos azules con alguna lágrima y recuerda su intensa experiencia junto al genio.
Sylvette ha cambiado la larga cola de caballo que impresionó al pintor por dos finas trenzas; ha dejado por unos días los prados de Devon (Inglaterra) por el Sol del Mediterráneo y por cambiar, ha cambiado hasta de nombre. Porque Sylvette ya no es Sylvette David, sino Lydia Corbett. «Es una cuestión espiritual», resume.
La trascendencia ocupa un lugar importante en la vida de Sylvette/Lydia, que habla poco, muy bajo, pero no regatea una sonrisa. «Cuando conocí a Picasso era muy tímida y eso creo que no ha cambiad o demasiado en este tiempo». Un tiempo llevado de la mano por la casualidad. Porque Sylvette acude hoy a la ciudad natal de Picasso con la misma edad que él tenía cuando la conoció en aquel pueblecito del Sur de Francia.
Ha pasado el tiempo y ella, su cara, su mirada perdida, su figura juvenil, ocupa las paredes de los museos más prestigiosos del mundo. O la calle. Como la impresionante escultura de metal que preside el Greenwich Village de Nueva York, inspirada en el busto expuesto hasta el 30 de agosto en el MPM. Una chica de pueblo convertida en icono.
Así empezó todo: «Yo vivía con mi madre en Vallauris. Toby, mi novio, tenía un taller de escultura frente al estudio de Picasso y él se interesó por la técnica que utilizaba. Le compró dos sillas a Toby y así empezaron a tratarse».
Al poco tiempo, Sylvette comenzó a frecuentar el taller del pintor. Las citas se concertaban de forma espontánea: «A menudo, Picasso iba al café que había en la plaza del pueblo, yo me asomaba a la ventana y él, al verme, me hacía señas para que acudiera».
El perfil izquierdo
Durante «unos tres meses», una vez por semana, Sylvette visitaba el estudio del artista y le ofrecía, casi siempre el perfil izquierdo. El mismo que ahora muestra a los periodistas casi de forma instantánea. Pero entonces ella era una adolescente, formal y con novio, que desconfiaba de los hombres mayores. Y Picasso era mucho mayor que ella. Mayor, pero no viejo.
El artista se comportaba como siempre, como un niño. «Era muy amigable, hacía muchas bromas, íbamos al estudio, nos montábamos en un Hispano-Suiza que tenía en la casa y jugábamos a que nos marchábamos de viaje», rememora Sylvette; es decir, Lydia.
Miedo y pudor
Aquellas sesiones solían empezar más o menos igual. La chica llegaba al estudio del pintor y Picasso le pedía que se sentara en una silla, mirando el jardín: «Siempre quería retratar mi perfil izquierdo, aunque a veces me pedía que me colocara de frente. Otras me decía que sentara en la mecedora... y me quedaba dormida».
Una relajación que ella no se perdonaba: «No sabía si él quería me posara desnuda. En una ocasión él me dijo: »Te puedo dar dinero si posas también desnuda», pero yo le dije que no. Me daban miedo los hombres mayores, aunque él nunca intentó ligar».
Entonces salta la pregunta esperada: ¿fue sólo una relación platónica? Y Sylvette/Lydia zanja el asunto: «Fui su musa, no su amante». Y eso que Picasso ya tenía experiencia en romances con chicas jóvenes. Incluso más que Sylvette. Como Marie-Thérèse Walter. Ella tenía 17 años cuando conoció al malagueño, con quien compartió (a intervalos) siete años de relación. Y de esa pasión intermitente nació su hija Maya.
«Creo que de alguna forma le recordaba a Marie-Thérèse. Teníamos una figura parecida... Quizá por eso me retrataba con tanta intensidad». Una mañana, Picasso la llevó a una habitación de su estudio. Allí estaba Sylvette. Decenas de sylvettes. Pintada, dibujada y esculpida. «Me dijo que cogiera uno y me lo quedara». Al final vendió aquel cuadro, pero conservó «un tesoro»: los meses junto al artista que cambió su vida
Fuente: Diario Sur

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