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Alivio y desconfianza entre los vecinos de las casas de El Palo

21/11/2009.

Los habitantes de estas viviendas muestran su alegría por el acuerdo del jueves para regularizar su situación, aunque no se creerán el final de sus miedos hasta que no obtengan la propiedad

Ana Vida vive en la casa en la que nació y que comparte con su hermana y un sobrino.  M. F.

Ana Vida vive en la casa en la que nació y que comparte con su hermana y un sobrino. M. F.

MIGUEL FERRARY. MÁLAGA Tras 21 años batallando para que se reconozcan sus derechos de propiedad sobre las casas que llevan habitando toda su vida, los vecinos de las casas de las playas de El Palo y Pedregalejo sintieron ayer un alivio. El principio de acuerdo alcanzado para legalizar oficialmente su situación ha sido una de las mejores noticias que podían recibir. Sin embargo, han sido tantas las decepciones que se han llevado, que ya son pocos los que se fían de las promesas. Como comentaba ayer un vecino en la Asociación de Pescadores del Distrito Este: “Hasta que no se ponga por escrito no me creo nada”.
La polémica iniciada con la Ley de Costas de 1988, que ponía en duda la legalidad de estos barrios por estar situados dentro del dominio público marítimo-terrestre, ha sido una fuente de intranquilidad para muchos vecinos. Nadie piensa que vayan a echarlos de allí, pero “basta con que llegue un político malo que quiera llenarse los bolsillos de billetes y nos quitan a todos”, asegura Eduardo Gaitán.
Sin embargo, la discusión legal parece obviar un hecho que, para los propios vecinos, es más que obvio: llevan allí más de un siglo viviendo, mucho antes de que se pensara la primera ley de Costas. Como recuerda el presidente de la Asociación de Pescadores, Agustín Montañez, “estas casas y las Cuevas del Palo son el origen de todo el barrio. Es donde están los paleños de toda la vida”.
Las famosas casas de El Palo no son sólo un grupo de casas de una zona concreta. Bajo esa denominación se suelen incluir, en muchas ocasiones, las casas del litoral situadas en Pedregalejo, El Dedo, Playa Virginia, Las Delicias, Las Acacias y La Araña.
En concreto las situadas en El Palo tienen su origen en los primeros pescadores que se asentaron en las Cuevas del Palo, llegados del Levante a principios del siglo XIX. Poco a poco empezaron a hacer unos chamizos en la playa para guardar sus aperos y empezaron a dormir allí. Se casaron, tuvieron hijos y las casas se fueron ampliando. Construyeron para sus hijos, que siguieron con la tradición pesquera y el barrio se fue ampliando, con esas calles estrechas que los protegían del agua.
De la madera, el cartón piedra y las cañas se ha pasado a la piedra y el cemento, sobre todo a partir de los años 60 y 70, cuando empezaron a reconstruirse las viviendas en mejores condiciones. Eso sí, en los mismos espacios que han venido ocupando las familias durante décadas. Apenas tienen escrituras de propiedad, pero la mayoría se conoce de abuelos, padres e hijos: “El 80% son familias de pescadores que nos conocemos de toda la vida”, recalca Agustín Montañez. Allí están y allí seguirán.

Ana Vida: “He nacido aquí y nadie me va a echar de mi casa”

Ana Vida es la más veterana de las casas de la playa que hay en El Palo. A sus 86 años, es la memoria viviente de esta zona. Ella, mejor que nadie, puede demostrar la raigambre que tienen estas viviendas en la zona. Nació allí y siempre ha vivido en la misma casa, que reformaron hace 30 años para mejorar sus condiciones.
Vida recuerda que sus abuelos ya vivían en esa misma parcela cuando ella nació. Llevaban nada menos que 50 años en la playa, lo que suma más de 130 años de estancia en ese espacio. Una cifra que pocas familias pueden acreditar en una misma casa.
“He nacido aquí y llevo toda mi vida viviendo en la misma casa y nadie me va a echar de aquí”, recalca Ana, que comparte la vivienda con su hermana María del Carmen, de 82 años, y la familia del hijo de ésta, Eduardo Gaitán.
La casa la reformaron en los años 70 para dejar atrás aquella que estaba hecha de madera y cartón piedra “por donde entraba agua por todos lados cuando llovía”. Todavía conserva una fotografía en color sepia de esta casa, con ella hecha una joven y la vivienda al fondo. El techo no parece muy sólido y la arena rodea la estructura.
Cuando hicieron la nueva casa ocuparon la misma parcela que siempre habían tenido sus abuelos y sus padres, aunque dividieron el espacio en tres viviendas para dar cabida a la familia, que comparte el mismo porche.
“El Ayuntamiento nunca ha puesto problemas para las reformas y para mantener las viviendas”, explica Eduardo Gaitán, el sobrino de Ana. De hecho, se abonan tres contribuciones urbanas al Ayuntamiento, por cada una de las casas: “Eso valdrá para algo, ¿no?”.
Tanto Ana como Eduardo recuerdan que nunca han tenido problemas con las administraciones, que no han cuestionado su derecho a estar allí, pese a no tener una escritura de la propiedad. Al menos hasta que se aprobó la Ley de Costas en 1988.
“Costas dice que estamos muy cerca de la playa y eso es un riesgo, pero en La Malagueta o el Club Mediterráneo están más cerca todavía y ahí no dicen nada”, apunta Eduardo Gaitán, quien recuerda que la mayoría de los habitantes de esta zona “son gente muy humilde, que son pescadores o familias de ellos”.
“Hemos pasado toda la vida aquí, nos hemos criado y no nos queremos ir”, recalca Eduardo, mientras que Ana Vida y su hermana asienten.

Encarnita Linares: “Antes las viviendas eran todas de madera y se han ido haciendo poco a poco”
Encarnita Linares nació en Capuchinos, pero se ha convertido en paleña por los cuatro costados. Durante quince años ha sido camarera de la imagen de la Virgen del Carmen de esta barriada y tiene un cuadro con esta devoción justo sobre la puerta de entrada a su vivienda. A sus 73 años demuestra una envidiable actividad y tiene la casa cuidada hasta el último detalle. No en vano, lleva poco más de 50 años viviendo allí, justo desde que se casó en 1958 con Francisco Rosas, que era conocido en el barrio como ‘El Curro’.
“Vinimos a la casa de mi suegra, que era ésta de toda la vida”, recuerda Encarnita Linares. La casa se dividió. El joven matrimonio ocupó una parte y la madre de ‘El Curro’ vivía en otra casa anexa.
Como ocurre con las otras casas de la zona, ésta también ha cambiado mucho en los últimos años. “Antes eran toda de madera, a mí me gustaba más, pero no tenían de nada y hubo que hacer ésta día a día”, rememora Encarnita Linares.
Su vida se ha desarrollado sin sobresaltos sobre la casa. Como ella misma reconoce, siempre ha pagado la contribución urbana y eso le da cierta tranquilidad sobre el futuro de la vivienda. Eso sí, por si acaso recalca con vehemencia: “A mí no me echa nadie de aquí”.
Encarnita Linares reconoce que se vive muy bien en las casas de la playa de El Palo, algo a lo que no quiere renunciar y que piensa que ningún vecino cambiaría por otra cosa. La gente que conoce y con la que convive en vecindad, la tranquilidad que hay en la calle y el mar, “que es lo más lindo”, forman lo que más valora de su casa y su barrio.

Mariano Morilla: “Estas casas han pasado de generación en generación”

Con 43 años, Mariano Morilla es uno de los vecinos de las casas de El Palo que recoge el testigo de una amplia tradición de habitantes en la zona. Las casas han pasado de padres a hijos, como ocurre en su caso. Él nació en la cocina de la vivienda, donde sigue con sus padres y espera que continúe su hija. Dedicado durante toda su vida a la pesca e hijo de pescadores, Mariano recuerda que permanecen en el mismo sitio donde se asentó su abuelo: “Antes había una casa de madera y chapa, como todas las que había en la zona”. Ahora la imagen es otra. La casa es de ladrillo y cemento, en mejores condiciones que aquella que habitó de pequeño.
“Estas casas han pasado de generación en generación y nadie se quiere ir de aquí”, afirma Mariano Morilla, quien asegura que todas las familias en la zona “se conocen de toda la vida, aunque ya hay gente de fuera”.
Aunque de familia de pescadores, la vivienda de sus padres ha sufrido algunos cambios para adaptarse a la crisis que sufre este sector en Málaga y en concreto en El Palo, por la pérdida de capturas en la bahía. La parte delantera se ha convertido en un restaurante (‘Los Marineros’) que tienen alquilado.
Para ello se han aprovechado de la peculiar estructura de la mayoría de las viviendas, que tienen una puerta que da al paseo marítimo y otra a la calle Bolivia: “Esto era porque antes, cuando había tormenta, el agua llegaba hasta la carretera y la gente tenía que salir por la puerta de atrás”, indica Mariano.

Fuente: La Opinión de Mälaga

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