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Ronda y su leyenda romántica

15/01/2010.

La malagueña localidad de Ronda está cortada por un violento navajazo. El Guadalevín, al que los árabes apellidaron con el dulce nombre de »río de la leche», amputa en dos la ciudad, quedando a un lado la parte antigua y al otro, la nueva... con su indudable encanto cada una

Ronda está cortada por un violento navajazo. El Guadalevín, al que los árabes apellidaron con el dulce nombre de río de la leche, amputa en dos la ciudad. Al principio, el río desciende con docilidad hasta que sus aguas hocican en los farallones de roca que se levantan como sombras a los lados del Tajo. Al final, el agua se despedaza en mil partículas, dibujando una elegante cola de caballo que termina perdiéndose entre los cauces y las orillas.

De esta forma, Ronda queda dividida en dos: La ciudad vieja y la ciudad nueva. El Puente del Tajo, proyectado en su día por Juan Martín de Aldehuela, une las dos ciudades desde la segunda mitad del siglo XVIII. Noventa y tres metros lo separan del lecho del río Guadalevín.

Repartida entre alargadas avenidas y alamedas, la ciudad nueva de Ronda está decorada por iglesias decimonónicas.

La Ronda vieja está envuelta por las leyendas románticas. La Ronda nueva es una ciudad mundana y bulliciosa, muy andaluza y vivaz. Repartida entre alargadas avenidas y alamedas, la ciudad del último siglo está decorada por plazuelas e iglesias decimonónicas. Hay en ella miradores abismales que se abren a la anchura de la sierra. La plaza de toros que dio renombre a Pedro Romero es su monumento principal. El coso más hermoso del mundo celebra en septiembre sus tradicionales corridas goyescas.

La Ronda vieja es otra cosa. La calle Armiñán es su columna vertebral. Siglo y pico llevan algunas tiendas de anticuarios abriendo sus puertas bajo los soportales de esta luminosa y serpenteante vía. En las vetustas almonedas, entre corredores y pasillos que conducen a perfumados patios, se apilan muebles de madera noble que pertenecieron en un tiempo a la aristocracia rondeña. Hay cuadros, sables, trabucos, pilastras y hornacinas carcomidas por el olvido y el tiempo.

Por las casonas solariegas

Enlucida por las casonas solariegas y los palacetes señoriales, a la calle Armiñán le nacen otras callejuelas más estrechas y quebradas que bajan hasta la Casa del Rey Moro. La leyenda romántica de Ronda reside aquí, entre el empedrado de los suelos las cruces de los caminos y los ventanales confinados entre el hierro y el silencio. La Casa del Rey Moro, que la levantaron allá por el siglo XVIII, tiene un jardín donde reinan los rumores del agua tibia, las plantas perfumadas y los azulejos de vivos colores.

El palacio de los Marqueses de Salvatierra queda enfrente de la Casa del Rey Moro, con su portada de motivos bíblicos.

Entre el jardín se abre una escalera que es todo un misterio. Posee trescientos peldaños que descienden hasta la misma orilla del Guadalevín. Entre los escalones se amontonan las fábulas, los cuentos y las leyendas de amores despechados, caballeros de triste rostro y damas de olvidado recato. El palacio de los Marqueses de Salvatierra queda enfrente de la Casa del Rey Moro. Su portada es un resumen ilustrado con motivos bíblicos e iconografías precolombinas. Calles abajo quedan los puentes y las puertas reales. Los baños árabes, recuperados del olvido, se alzan en los arrabales de la ciudad, en mitad de la pradera y los arroyos de aguas limpias.

Cerrada entre murallas está la iglesia del Espíritu Santo. Edificada durante el reinado de Fernando el Católico, el templo luce una fachada tardo gótica aderezada con ornamentos litúrgicos e imágenes inspiradas en el santoral. En el barrio de San Francisco, habitado por viejos hortelanos y tratantes de ganado, se alzan las artísticas puertas de Almocábar y Carlos V. La primera es árabe y la segunda renacentista. De ellas nacen callejas estrechas y sinuosas que descienden hasta los pies del Tajo.

En torno a Santa María

Ciudad arriba abre una de las plazas más legendarias de Andalucía. Se trata de la plaza de la Duquesa de Parcent. Nobles edificios la enmarcan. A un lado queda el ayuntamiento. Sus dos plantas están enmarcadas por deliciosas galerías con arcos de inspiración mudéjar. A su lado se yergue la capilla barroca de Santa María Auxiliadora. Metros más allá, un convento de hermanas clarisas, y presidiéndolo todo la Colegiata de Santa María, uno de los edificios más sobresalientes del vasto patrimonio rondeño. Por dentro, Santa María enseña al visitante sus dos épocas constructivas. El Gótico está muy definido al fondo, alrededor del altar mayor y el baldaquino que lo preside. El Renacimiento se manifiesta al principio, entre las columnas, los capiteles y las bóvedas llenas de esbeltez y gracilidad.

Siglo y pico llevan algunas tiendas de anticuarios abriendo sus puertas bajo los soportales de la calle Armiñán.

Las calles que bordean Santa María son estrechas y huidizas. Llevan nombres míticos: Moctezuma, el Gigante, los Tramposos... En torno a ellas se abren los palacios señoriales, las casas solariegas, las dependencias aristocráticas convertidas hoy en deliciosos restaurantes y encantadores hoteles que dan servicio a una clientela ávida de cultura, arte y sosiego.

Ronda tiene un poder hechizante. Poetas como Rainer Maria Rilke le dedicaron largas estrofas, y más recientemente Ernest Hemingway y Orson Welles compitieron en amistad con un Antonio Ordóñez que hizo de la tauromaquia un arte de indescifrable interpretación. Tanto es así que Orson Welles decidió morir aquí. Su cuerpo reposa en la finca que la familia Ordóñez posee a las afueras de Ronda, al lado de un pozo, en una cripta custodiada por un castaño y un limonero.

Las crónicas árabes

Cuentan las crónicas que aquí fue feliz el rey Abomelic, hijo del sultán de Marruecos Abul Hassan. Por las mañanas salía de sus aposentos y se asomaba al gran balcón del Tajo. Oteaba sus dominios al tiempo que un cortejo de músicos y bailarinas le procuraban toda suerte de placeres. A media mañana despachaba asuntos políticos y por la tarde se dedicaba a la lectura en los jardines de palacio. El rumor del agua, el silbido de las fuentes, la brisa de las horas crepusculares, le procuraban concentración.

La historia ha dejado escrito que a Abomelic le sucedió un rey nazarita. Pero fue un 24 de mayo de 1485 cuando Ronda cae definitivamente en manos de las huestes cristianas. El palacio donde residió Abomelic fue, con los años, morada de los Reyes Católicos. Por fuera, el Palacio de Mondragón es sobrio e inhiesto. Por dentro, es una sublimación de las delicias. Sus patios están cubiertos por muros dieciochescos. Su boato se percibe nada más entrar, en un patio coronado por arcos de medio punto de donde remanecen óculos circulares, parecidos a aquellos que decoraron el desaparecido patio de los Levíes, montado hoy como galería en los Reales Alcázares de Sevilla

Fuente: Diario El Mundo

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