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Antequera, encrucijada de caminos

31/01/2010.

Ubicada en el centro de Andalucía, la ciudad malagueña de Antequera heredó de Roma y al-Andalus su leyenda, y del Renacimiento y el Barroco su monumentalidad. Proponemos un paseo por un patrimonio irrepetible a la sombra de la Peña de los Enamorados.

Frente a Antequera, hacia el norte, se extiende una llanura convertida en paso natural hacia las provincias de Sevilla, Córdoba y Granada. A sus espaldas, mirando al sur, se alzan las excentricidades geológicas de El Torcal, y a un lado, como una roca desprendida de la Cordillera Penibética, se yergue la Peña de los Enamorados, síntesis del más puro romanticismo andaluz. Hay ciudades que parecen tenerlo todo. Antequera es una de ellas.

De Roma y al-Andalus heredó su mito, y de los siglos en que florecieron el renacimiento y el barroco, la ciudad malagueña adquirió su semblante patrimonial. La llegada del AVE ha vuelto a situarla entre los preferentes destinos turísticos del sur. Pocas ciudades de Andalucía están mejor comunicadas. De un lado, el tren de alta velocidad, y de otro una cruz de autovías que la unen en pocos minutos a las grandes capitales. Por si fuera poco Antequera se halla a escasa media hora del Pablo Ruiz Picasso de Málaga, uno de los principales aeropuertos europeos.

Antequera comienza a ser conocida en la historia a partir de la ocupación romana, cuando llevó el nombre de Antikaria y fue sede del único colegio de pontífices de los césares en la antigua Hispania. Pero mucho antes, el hombre dejó huellas de su paso en los dólmenes de Menga, Viera, El Romeral o El Alcalde, repartidos en los alrededores de la ciudad.

Crónica del pasado

De época romana, Antequera heredó la escultura en bronce del Efebo, expuesta en el Museo Arqueológico, dentro del palacio barroco de los Nájera. Tiempo después Antequera se hizo árabe. Aquellos siglos concedieron a la ciudad malagueña una singular importancia fronteriza. Situada en mitad de todo, Antequera fue principio y fin de reinos y campo de batalla y permanente disputa. La Alcazaba que preside la ciudad en lo alto de un dominador cerro fue erigida en el siglo XIII con el propósito de frenar las amenazadoras incursiones cristianas lideradas desde Castilla.

Conquistada finalmente a mediados del siglo XV, la ciudad se convirtió en avanzadilla para la definitiva conquista del reino de Granada. Para entonces, la ciudad ostentaba privilegios y rangos que atrajeron a una pujante nobleza que puso en pie nobles edificios de corte renacentista. La ciudad superó sus murallas y llegó a contar con más de quince mil vecinos a principios del siglo XVI. Para entonces, Antequera era una de las más florecientes ciudades comerciales de Andalucía.

Sus habitantes supieron aprovechar la estratégica ubicación de la ciudad potenciando la agricultura y la ganadería y ubicando en ella un mercado que comerciaba con las capitales más importantes del sur. Décadas después de que los reyes católicos fundaran la Real Colegiata de Santa María la Mayor, Antequera comienza a vivir su tiempo dorado con la llegada de numerosas órdenes religiosas que toman asiento en las nuevas iglesias y conventos barrocos de la ciudad.

La arquitectura religiosa

El siglo XVIII ve florecer palacios de extraordinaria factura, un urbanismo nuevo, escuelas artísticas, templos, monasterios y ermitas cuya arquitectura inspirará a las fundaciones americanas. Un viajero desprevenido podría pensar que Antequera es, sobre todo, un relicario religioso por su elevado número de iglesias, conventos, monasterios y ermitas.

La ciudad posee más edificios religiosos que cualquier otra, pero su número se equilibra con su vasto catálogo de edificios civiles

Llevaría razón, pero solo en parte. Es cierto que la ciudad malagueña posee un mayor número de edificios religiosos que cualquier otra ciudad andaluza, pero no es menos verdad que su número se ve equilibrado con el vasto catálogo de edificios civiles, palacios sobre todo, levantados durante el barroco. El monumento religioso más importante de la ciudad es la Real Colegiata de Santa María la Mayor, el primer templo andaluz que se construyó bajo los influjos del renacimiento. Se alza en la zona alta de la ciudad, al lado de la vieja alcazaba árabe, y se llega hasta ella por la llamada Puerta de los Gigantes.

Por fuera, la Colegiata es un gran arco triunfal colmado de iconografías religiosas. Por dentro, una planta basilical de tres naves cubiertas por armaduras mudéjares y capillas donde está escrita la historia de la ciudad. En la actualidad no hay cultos religiosos en ella. Su uso es cultural. A los pies del cerro que domina Antequera se extiende una ciudad salpicada de campanarios barrocos. Entre el caserío blanco destacan las iglesias del Carmen, de San Juan y San Pedro, de San Miguel y Santiago; los conventos de Santa Clara y la Trinidad, de Santa Eufemia y Santa Catalina de Siena.

Arquitectura civil

Todas las fundaciones descritas anteriormente arrancan en el siglo XVI, pero que viven su momento de esplendor tiempo después, en las décadas consagradas al arte barroco. Aún así, no debe pasar desapercibido el hecho de que Antequera posee además una de las arquitecturas civiles más valiosas de la Andalucía Media. Palacios en su mayor parte edificados entre los siglos XVII y XVIII por una rica oligarquía de hizo su fortuna por el comercio interior y por un singular arrojo en la llamada carrera de Indias.

El Palacio de los Nájera, ocupado en la actualidad por el Museo Municipal, es el prototipo de la casa señorial barroca en el que alardea su torre mirador con el arrogante vuelo de sus cornisas. La parte más antigua, fechada a principios del XVIII, corresponde a la planta baja. Su interior atesora un patio porticado sostenido por doce columnas de orden toscano donde destaca la belleza de la caja de la escalera que sube hasta la primera planta.

Las dependencias del Palacio de Nájera están ocupadas actualmente por la memoria arqueológica de Antequera cuya pieza más valiosa es el Efebo romano, realizado en bronce, del que han dicho que es «la pieza antigua más bella salida del suelo peninsular».

Manuel Mateo Pérez

Diario El Mundo

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