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Barrios en bancarrota
La tensión aumenta en las zonas más castigadas por el desempleo

14/02/2010.

Juan de Dios Coalla, 37 años, vigilante jurado en paro y presidente de la recién creada Asociación de San Andrés y San Juan de Dios, apoya un maletín en una especie de peana circular en cuyo centro debería alzarse una farola. Saca unos folios en los que se adivinan recuadros con firmas y se lo entrega a un hombre que pasa de los cuarenta. Luego dice: «Setecientos uno» y añade: «Sí, todos parados». Se refiere al número de asociados tras esta última incorporación.

Dos vecinos de San Andrés en paro conversan en una calle del barrio en la que la mayoría de los comercios se han visto obligados a echar el cierre por

Dos vecinos de San Andrés en paro conversan en una calle del barrio en la que la mayoría de los comercios se han visto obligados a echar el cierre por

En torno a esa especie de peana sin farola que parece indicar el centro justo de la plaza de Cancho Pérez, en el corazón mismo de San Andrés, hay ocho, nueve, diez hombres; y un poco más allá, justo en la puerta de Bebidas Rivera, un grupo de cinco o seis. Bebidas Rivera es uno de los pocos establecimientos de la plaza que no ha echado el cierre y su propietario, tesorero de la asociación en la que nadie paga cuotas, fía cerveza y otras bebidas. La frutería ha caído, la carnicería también; y la pescadería y unos cuantos bares.
«En el parque que da justo detrás también hay grupos de hombres y a las ocho de la tarde nos podemos juntar hasta cuarenta o cincuenta. De una esquina a otra, dando vueltas como los tontos. Eso es lo que hacemos», dice Juan Carlos Trujillo, 31 años, camarero, dos años en paro. Ahora es también vicepresidente de la asociación de San Andrés, la última que ha surgido en la provincia y que se suma a las asambleas de parados que se han constituido en Carretera de Cádiz, Cruz del Humilladero, Cártama y Campillos. También se ha creado la Asamblea de Ferralla. En la provincia hay seis mil ferrallistas en paro.
La cifra más repetida
Cuatrocientos veinte euros. Esa es la cifra más repetida en los barrios obreros de la capital, aunque en muchos casos ni siquiera existe ese ingreso. Cuatrocientos veinte euros al mes entran en casa de José González, albañil en paro desde hace dos años. El alquiler de la casa en la que vive con su mujer, con su padre y con sus tres hijos pequeños le cuesta 300 euros, así que le quedan 120 para todo el mes: «Los estiramos. Una misma comida, tres días. Estiramos y pedimos a amigos, a familiares».
El presidente de la nueva asociación de San Andrés cuenta que vendió latas este verano en la playa y que ahora también vende lo que puede en los mercadillos. Hay quien recoge aluminio y chatarra para sacar algo y quien acepta currar fines de semana completos por menos de la mitad de lo que lo hacía antes. «La gente tiene que buscarse las habichuelas», dice Pedro Sánchez, coordinador de la Asamblea de Parados de Carretera de Cádiz. «Tenemos compañeros despedidos a los que el mismo empresario les llama cuando quiere, para que trabajen por horas, que les paga a la mitad. Si dicen que no, hay cien detrás que van a a decir que sí. No todos, pero algunos empresarios se aprovechan».
Hay quien se ha visto obligado a regresar al hogar materno. «Yo tengo a mi mujer y a mi hija de cuatro meses viviendo en casa de mi madre», dice José Manuel Martín, oficial de primera; dos años en paro. Antes de que la construcción se fuera al traste ingresaba hasta 1.800 euros mensuales y vivía en una casa alquilada en Campanillas. Ahora él, su mujer y su hija viven de los 550 euros de la jubilación de la madre. También vive de la pensión de su madre Rosendo García: «con sus trescientos y pico euros vivimos tres hermanos en paro, recogidos en su casa», dice.
Después de echar una docena de currículum al día, de no recibir ni una oferta de trabajo y de ver cómo a ella y a su marido se les agota la prestación por desempleo, Lola Torres, 27 años y madre de una niña de diez meses, dice que sería capaz de trabajar en cualquier obra. «No hay nada. El desempleo se acaba en junio, que está ahí mismo y no hay nada... Con cuatrocientos veinte euros hay para comer y punto. Antes de pagar la hipoteca le daré de comer a mi hija. Dejaré de pagar antes de dejar de comer», afirma Lola, que se quiebra al hablar. Los hombres reunidos en torno a la peana sin farola se enfurecen al verla llorar.
«Se puede liar»
«Se puede liar. Como sigamos así, se lía. Todos vamos a liarla. Si no hay trabajo y no hay dinero buscaremos entre todos comida. Cogeremos comida, para sobrevivir», dice José González, en cuya casa de alquiler viven seis, con cuatrocientos veinte euros al mes y la misma comida durante tres días. «Y luego está el tema de los embargos -añade-. Aquí no se embarga ni una casa más. Si intentan embargarle la casa a alguien van a tener que venir los geos».
La tensión no sólo se masca en San Andrés. También hay tensión en Carretera de Cádiz, en Bailén-Miraflores, en Cruz de Humilladero, en Ciudad Jardín: «La gente está quemada. Las prestaciones y los pocos ahorros de las familias se agotan. Afecta a la familia, a la salud, a la pareja...», dice el portavoz de los parados de Carretera de Cádiz
Fuente: Diario Sur.

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