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Vocalía de Flamenco
Ay, el flamenco

05/10/2010.

El «Ay» es la mínima y la máxima expresión del flamenco. Sobre esta brevísima y plena interjección, el pueblo morisco y el gitano, aunados por su mutua condición de etnias perseguidas, nómadas y marginales, construyeron el cante, que transciende ese dolor antiguo al arte del lamento, del quejío, ese aullido de desgarro, ese «ay» que resume la pena, asomando, afilada y noble, por boca del cantaor inspirado como el plateado resplandor de una navaja.

La bailaora, Aina Núñez

La bailaora, Aina Núñez

Desde estas trágicas raíces, nuestra tierra andaluza – a cuya genética gitana y mora debe los máximos exponentes de su creación artística, su singularidad y su idiosincrasia, como señaló sin descanso Blas Infante- dio lugar a la grandeza musical de ese monumento vivo que es el flamenco. Que es un cante, pero también un modo de vida, de pensamiento y de sentir que ha viajado con los andaluces, como parte sustancial de ellos mismos, donde quiera que hayan tenido que ir a buscarse el sustento. Pues la pobreza de estas tierras de secano, también víctima de lacras como el caciquismo, el latifundismo y el abandono en un atraso secular, ha obligado a muchos de nuestros paisanos a emigrar a lugares más prósperos, heredando la condición de pueblo nómada de aquellos ancestros de cuño calé y morisco. El propio Blas Infante hacía derivar la palabra “flamenco” de una voz árabe, cuyo significado es “campesino errante”.
Así se explica que tantos andaluces tuvieran que partir a Cataluña por pura necesidad primaria, en torno a los años 50 y 60. Una región que, aún dentro del país, les trató como a extranjeros, recelando de su lengua, su acento y sus costumbres, relegándolos en la periferia de las ciudades a guetos en los que la condición de población marginal hacía más notable el sentimiento de desarraigo. Situación que, sin embargo, pudo aliviarse, gracias a los lazos de solidaridad que se establecieron entre la propia población inmigrante, quienes, reivindicando su identidad y tradiciones, comenzaron a agruparse en asociaciones y peñas.
De esta batalla de la integración del andalucismo por tierras catalanas, nos habla el magnífico reportaje, “La niña del rincón”, de Aina Núñez, documentalista y bailaora, que, nacida en Cataluña, pero de padre malagueño, vio luchar a sus mayores por construir un espacio andaluz en un medio, en principio, inhóspito y enemigo de la diversidad. Aquel espacio que terminó llamándose Peña Flamenca de Manlleu, comenzó a fraguarse en los bares, en un tono como de conspiración. Los asistentes a tales reuniones eran recelados de comunistas e insurrectos y su pretensión de crear la peña, perseguida como síntoma de secta desafiante al Régimen y/o, quién sabe, si elemento discordante dentro de un catalanismo cerril y monocorde.
Pero, después de muchas batallas, al final, se ganó la guerra. La peña flamenca de Manlleu salió a flote y dio sus frutos y aquellas nuevas generaciones andaluzas, nacidas en Cataluña, recibieron y valoraron el legado flamenco, como, después de todo, estaba en su naturaleza. Tal y como la autora de este documental, Aina Núñez, que ha decidido volver a Málaga para continuar aquí su carrera como bailaora profesional. Así lo contó en la presentación de este reportaje que tuvo lugar en la Asociación de Vecinos de El Palo, lugar ubicado en el corazón de uno de los barrios más castizos y populares de la Málaga profunda, la plaza del Niño de las Moras, cantaor paleño de culto entre los sacerdotisos del flamenco. En dicha asociación, además de otros actos culturales, promovidos, en gran parte, por el infatigable, Rafael Núñez, tiene libre cabida “La picá”; rueda de cantaores que, tras la tertulia y el vino, van alternando sus cantes en torno a la guitarra, afilando sus ayes de navaja en la lumbre plateada de la luna. Merodean sus voces por los temas eternos del cante; el quejío por la mujer traidora, el amor incondicional de la mare, la falsedad de la gente, la desgracia de la pobreza y la peor que es nacer desgraciao, destilando una sabiduría milenaria que va del fatalismo trágico al humor más socarrón: “Cada vez que considero que me tengo que morí, echo la manta en el suelo y me jarto de dormí”.
Pero, entre todas las letras, ninguna dice más que el escueto jipío del cante jondo, el “ay” que fue la expresión mínima y máxima del sufrimiento del pueblo andaluz y dio, en su breve grandeza, la medida de todo el dolor humano. Ay, el flamenco

Publicado por Lola Clavero
| 30 Septiembre, 2010
Diario La Opinión de Málaga

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