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Un hogar bajo el puente de Jaboneros

15/12/2010.

Antonio Díaz, al que su paga no le da para un alquiler, ha construido una casa de tres habitaciones en el cauce del arroyo 15.12.2010 - J. CANO / J. F. BARRERAMÁLAGA

Antonio Díaz ha aprovechado el viaducto sobre Jaboneros para construirse una casa de tres habitaciones. :: CARLOS MORET

Antonio Díaz ha aprovechado el viaducto sobre Jaboneros para construirse una casa de tres habitaciones. :: CARLOS MORET

Dicen que uno es de donde pasó la infancia. Donde fue feliz cuando niño. Antonio Díaz, de 67 años, se ha pasado toda una vida de 'currela' en Madrid. Ahora, en la jubilación, sin dinero ni techo donde cobijarse, ha mirado dentro. Ha encontrado Jaén, donde nació, y la playa de Las Acacias, en Málaga, donde su padre lo llevaba cuando era niño. Se ha vuelto al sur y bajo el puente del arroyo Jaboneros, se ha disfrazado de 'okupa' y se ha construido un «pequeño chalecito» de tres habitaciones.
Bajo las ruedas de los coches y las pisadas de los viandantes que caminan por la calle, ajenos a todo, Antonio ha creado su hogar. Su techo es de hormigón y asfalto, y sus paredes surgen de los pilares del viaducto de la avenida Salvador Allende, que dibuja la frontera imaginaria entre Pedregalejo y El Palo. No es una casa cualquiera. Antonio ha modificado la idea tradicional de dormir al raso. Vive bajo un puente, sí, pero tiene salón, dormitorio y lavadero. En los treinta metros de un minipiso.
Rehúsa hablar de las circunstancias que lo llevaron a vivir en la calle. «Perdí todo y punto, se acabó», zanja, sin entrar en detalles. Hace un par de meses, Antonio se mudó de Madrid, donde ha pasado media vida. Entre todos los lugares posibles donde instalarse, eligió Málaga. «El problema es que la paga que me ha quedado es muy pequeña, unos 640 euros. A mí no me gusta dormir en la calle como un perro, pero eso no da para alquilar nada».
Muebles de la basura
Decidió hacerse una casa. Solo necesitaba la parcela, porque le sobra ingenio. Con retales de aquí y de allá, fue levantando el que hasta ayer era su hogar. «Todo lo que hay aquí lo he cogido de la basura. Con un poco de picardía, he aprovechado lo que la gente tira». Antonio muestra orgulloso su vivienda: «Es pequeñita pero bien recogida. Tengo un saloncete con mi sofá (que está casi nuevo), mis sillas, mi mesa, mi armario, mis espejo, mis macetas...», enumera.
No le falta un detalle. Ni siquiera en cuanto a decoración, su oficio en el pasado. Un cuadro del yin y el yang que le regalaron «los chicos» -un grupo de jóvenes del barrio que le hace compañía- y un póster de mujer adornan su cuarto de estar, salpicado de algún recuerdo, como un trofeo de un campeonato de futbolín que ganó en 2005. «Tengo incluso este armario, que me he hecho yo mismo con unos alicates».
Su dormitorio está en un pequeño hueco -no mucho mayor que su cuerpo menudo, de apenas metro sesenta de estatura- que deja la estructura de hormigón del puente. No tiene puerta, pero sí un estor para tener algo más de «intimidad», reconoce. «También he puesto persianas -añade- que quitan el frío».
La casa de Antonio ha despertado la curiosidad de muchos vecinos, que han bajado al cauce seco del arroyo a ver su casa, pero también, sostiene, la de algunos representantes públicos. «Aquí ha estado ya todo el mundo», bromea, «solo falta que vengan a inaugurarla el cura de ahí enfrente, Zapatero y el Rey».
Asegura que duerme muy bien y que no pasa frío, aunque que, de vez en cuando, lo despiertan sirenas de ambulancias y coches de policía. Se levanta temprano, «sobre las siete». Desayuna en algún bar de la zona donde le convidan a café y algo de comer. La gente del barrio lo ayuda. «Hay muy buenas personas en el mundo. En el mostrador este -explica mientras señala un alféizar construido con tablones donde tiene colocadas varias macetas- me dejaron dinero hace un tiempo en una cajita de jabón. No sé como se llaman, solo sé que eran extranjeros».
Un amigo le dio un par de cañas de pescar para que se buscara la vida. «Cada vez que iba cogía diez, doce o catorce, aunque últimamente no pillo nada». En la fachada principal, la que da a la playa, ha creado un pequeño huertecito. «¡Mira estos tomates!». En la trasera, la que mira río arriba, hacia Los Montes de Málaga, ha construido un dique con las piedras del arroyo para intentar contener el agua en caso de avenida.
Por si hay un incendio, guarda decenas de garrafas de agua para usarlas como extintor. Y si la lluvia o el fuego amenazan con quebrar su fortín, dispone incluso de salida de emergencia: una pequeña valla hecha de cañas y una escalera de madera que le permitiría llegar hasta la calle, unos metros más arriba. «Cojo mi escalera, la pongo debajo del árbol, y no me pilla el agua», explica mientras muestra su idea. Las autoridades no ven tan claro su plan de emergencia. Una inspección del Servicio de Guardería Fluvial lo ha sancionado con 6.010 euros de multa por su «quiosco». «La única que no quiere que muera es la juez, que tiene miedo de que me lleve el río», afirma.
Conducción de gas
Antonio no teme al agua, pero sí a una noticia que le dio un ciudadano extranjero que visitó su casa. «Con todos los ingenieros que hay, y nadie se había dado cuenta: llevo dos meses viviendo bajo una bomba», dice, refiriéndose a una conducción de gas que pasa sobre su cabeza, entre el techo y el puente. «No me había dado cuenta del peligro que tiene eso; vengo buscándome la vida, y casi encuentro la muerte».
Ya se estaba acomodando al que empezaba a ser su hogar cuando le dieron la noticia de que tenía que mudarse. Ayer, le anunciaron el inminente derribo de la casa que ha construido y ya ha comenzado a llevarse sus pertenencias. «Ahora me da pena que lo tiren abajo. ¿Tú sabes el trabajo que me ha costado? Lo he hecho yo solo, piedra a piedra, aunque este que está arriba -apunta, al tiempo que señala al cielo- me ha ayudado. Algo tiene que haber».
Si se va, si lo echan, se buscará la vida en otra parte. «No tengo ni idea dónde viviré; si no me ayudan, me haré mi quiosco en otro lugar», avisa. No será lo mismo, porque no es un puente más, escogido al azar. El arroyo es, para él, un recuerdo feliz de una infancia junto al rebalaje
 
Fuente: Diario Sur.

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