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Don José regresa a la estación

28/01/2011.

Fue el último jefe de la estación de tren del Palo, que abandonó en 1974 cuando las vías fueron desmanteladas

José López, en la estación de metro de La Luz-La Paz.  Arciniega

José López, en la estación de metro de La Luz-La Paz. Arciniega

ALFONSO VÁZQUEZ. MÁLAGA
«Esto ha avanzado mucho, antes eran sólo las traviesas encima de la grava», comenta José López, de 85 años, mientras se le escapa una sonrisa de satisfacción. Ayer disfrutó como un niño de su primer viaje al metro de Málaga, todavía en construcción.

«¿Quién me iba a decir que esto lo vería yo en la vida?», se preguntaba mientras un todoterreno lo introducía por una gigantesca rampa, al pie del Palacio de los Deportes Martín Carpena, en una obra de ingeniería de 720 millones de euros de presupuesto que, a pesar de desarrollarse bajo tierra, cambiará la vida en la superficie de Málaga.

La vida de don José, el último jefe de la estación de tren del Palo, apareció en este diario el pasado mes de diciembre y el director de las obras del metro, Enrique Salvo, quiso invitarlo a conocer este «otro tren» que en sólo 12 minutos recorrerá la distancia entre el Martín Carpena y la Malagueta.

Hijo de ferroviario, las últimas dos décadas de vida laboral las pasó viendo cómo el tren de Vélez salía y entraba de la estación del Palo cada hora y media, sin olvidar el paso del tren para Ventas de Zafarraya a las 4 de la tarde. «Antes la comunicación era entre el jefe de estación y el conductor del tren. El jefe de estación salía y pitaba con un silbato», recuerda durante este viaje subterráneo para el que lleva chaleco reflectante y casco reglamentario acompañado por su hijo Manolo.

Don José llega a la cita en silla de ruedas, pero cuando se trata de bajar del todoterreno y dar un paseo por este mundo de 13,5 kilómetros de túnel y estaciones cada 450 metros, se apunta el primero.

La imponente estación del Palacio de Deportes, la cabecera de la línea 2, luce dos escaleras mecánicas y un castillete para el jefe de estación. «Don José, ahí estaría trabajando usted», le comenta Enrique Salvo mientras le coge del hombro con afecto. La intención del responsable de las obras es que, cuando en abril ya estén los trenes, regrese don José para poder verlos de nuevo, esta vez convertidos en un metro ligero, con vías de ancho internacional, capaz de recoger la distancia entre estación y estación en alrededor de un minuto.

La última vez que vio partir los trenes de la estación del Palo fue en 1968, cuando se cerró la línea a Vélez, aunque permaneció viviendo con su familia en la estación hasta 1974. En esos años, las vías de tren se transformaron en la carreterilla de la playa, actuales calle Bolivia y avenida de Salvador Allende.

El último jefe de la estación recuerda el pasado mientras se asoma al futuro. El todoterreno pasa por debajo del arroyo de las Cañas, un túnel rodeado de agua por todos lados con muros pantalla de 50 metros de largo. Las paredes están cubiertas de una especie de perchas, el sistema de comunicación entre el jefe de estación y el centro de control que está en Los Asperones. «¿Todo eso no lo había antes, verdad don José?», pregunta Enrique Salvo, mientras el coche llega a la estación de Puerta Blanca, con 66 metros de andén.
«La sorpresa para la gente es que las estaciones son muy grandes y con mucha luz», explica.

Además, unas mamparas que se abrirán con la llegada de cada tren evitarán que alguien pueda caer a las vías.

En la siguiente estación, La Luz-La Paz, el veterano malagueño se baja del brazo de su hijo y del director de las obras para contemplar la colocación de las vías. Enrique Salvo le explica además los sorprendentes hallazgos arqueológicos, que resume con esta broma: «Los fenicios, los romanos y los árabes sabían por donde iba a pasar el metro, todo lo dejaron por las calles por donde iba a transitar». Ocho siglos de actividad alfarera, una necrópolis romana o los impresionantes portalones de entrada a la ciudad en los Callejones del Perchel son algunos de estos tesoros recuperados.

Don José López escucha de pie, en el largo túnel, mientras posa para el fotógrafo apoyado en su bastón. Enrique Salvo le ha prometido que volverá en abril para ver los trenes y probarse la chaqueta de jefe de la estación. «Esto no me lo esperaba, es una maravilla», comenta. Y vuelve a sonreír

Fuente: La Opinión de Málaga

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