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ARQUEOLOGÍA Y CERÁMICAS EN EL PALO

04/06/2011.

Otoño de 1487. Para Málaga y sus poblaciones cercanas, la guerra ha finalizado, los Reyes Católicos entran triunfantes en la ciudad y 20 días más tarde nombran a los repartidores de la capital, pueblos y costa, para que procedan al recuento de las casas, los arrabales y Gibralfaro, a informarse de los términos y límites, de las tierras incultas y de labor, de las heredades, viñas, huertas, olivares, etc.

Cumplida la medición de las tierras por “caballerías”

de veinte fanegas, y las heredades por aranzadas, tan sólo restaba

proceder al reparto de tan importante trabajo entre los que

iban a ser sus nuevos pobladores. Entre las donaciones concedidas

por razón de vecindad y por libre merced de los reyes, se

encontraba la zona llamada “Las Viñas de Miraflores”, que

una vez repartida, en los censos que se realizarían posteriormente,

su nombre sufriría una leve alteración, sería llamada:

“El Valle de las viñas de Miraflores”, territorio que probablemente,

por lo que su nombre indica, debió ser muy pródigo en

viñas, y menos en otras especies como el almendro, la encina o

el algarrobo.

Los huertos de este término ofrecían excelentes frutos a

los nuevos residentes, y un mar que hizo de la pesca su principal

fuente de ingreso, de donde las barcas y sus artes, como la

jábega, la traíña o el cono de arrastre, sacaban “enredados en

las mallas que cautivan y matan”, todo tipo de peces, aunque

posiblemente los más deseados fuesen aquellos cantados y

poetizados “alfilerillos relucientes como la prata (plata)”.

Aquellas actividades dieron origen a la importancia del Palo

como barrio marengo, que poco a poco y tras ir superando las

vicisitudes que todo progreso conlleva, ha llegado a ser una

barriada moderna, pujante y orgullosa de su origen marinero, como bello lugar de Málaga adornado de

azul, por un mar que continuadamente lame las arenas de sus playas, y por el tranquilizante verde que

ofrece la majestuosidad del cerro de San Antón,

en cuya vegetación típicamente mediterránea, se

ha cobijado una extensa y diversa fauna de invertebrados,

reptiles, aves y mamíferos, escogido

como hábitat por una milenaria cultura como la

de los “Adoradores del Sol”, que tuvo su réplica

en “el Santuario de Noctiluca”, diosa lunar de la

fecundidad, la vida y la muerte, anterior incluso a

los tartesios, que entre los fenicios fue representada

en forma de betilo en la tierra, y por las distintas

fases de la Luna en los Cielos, dándose por

cierto que el lugar donde se encontraba, era la cercana Cueva del Higuerón.

Posteriormente, en este cerro se han encontrado restos de poblados iberos, ya existentes dos mil

años a.C. y de colonias fenicias del siglo doce a.C., así como indicios de actividades mineras. En el siglo I

de nuestra era, la zona estuvo bajo la influencia y dominio de los romanos, desarrollándose la industria de

la salazón de anchoas y boquerones, cultivándose la vid y el olivo. Después, en el siglo VIII fueron los

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árabes quienes la ocuparon, dejando pruebas de su paso en los numerosos restos arqueológicos que han

sido hallados en la cima del cerro, y en la propia barriada.

En este yermo de San Antón, como también se le denominó, al realizar unas excavaciones fue

encontrada una estatuilla de unos 40 centímetros de altura, acéfala, que precisamente por eso, -al decir de

los arqueólogos que la estudiaron-, no se pudo comprobar que representase a una virgen o deidad, aunque

abundaron en la opinión de que quizás fuese lo más probable, por mantener a un niño sobre su regazo,

que en su mano izquierda sostiene un libro y la derecha abre su palma como saludo.

La talla de estilo románico, pudo ser traída por alguna de aquellas personas que apartándose de la

vida convencional, hicieron en este cerro y en el Valle de los Galanes vidas de anacoretas en oración, penitencia

y ayuno como vía de acercamiento a Dios, guareciéndose en míseras chozas y cuevas que ellos

mismos construían; también pudo pertenecer a alguna de las comunidades que desarrollaron su vida religiosa

en la ermita de San Antón o al nombrado y desaparecido Monasterio de San Antón, donde se fabricaba

con fórmula magistral el licor de San Marcial, quienes, según nos cuenta en agradable escrito nuestro

querido compañero Manuel Martínez, publicado en mayo de 2009 en esta revista, enterraron la dicha

fórmula secreta y los pocos objetos de valor que poseían al huir de las tropas napoleónicas. Esta fórmula

al ser hallada, llegó a formar familia en la bodega de Barceló, como el “licor del Monasterio de San Antón”

o “Vino viejo del Monasterio de San Antón”. Difícilmente llegaremos a saber como esta figura llegó

hasta el cerro, lo único cierto y conocido es que fue desenterrada en San Antón, cuya cima, cómo indicaba

anteriormente, guardaba piezas y restos de cerámica, algunas de ellas tan pequeñas que los arqueólogos

de la Excma. Diputación de Málaga no pudieron identificar, aunque los trozos mayores fueron considerados

de la época nazarí.

Igualmente en

la huerta de la Victoria,

situada en la barriada

paleña, fueron

encontradas hermosas

piezas de cerámica

como fuentes, platos,

jarras y otros utensilios

de uso doméstico, casi

todas en buenas condiciones,

al menos las

que nos enseñaron y tuve la suerte de ver, tocar y fotografiar. En esta ocasión los arqueólogos de la Diputación,

a quienes fueron mostradas las fotografías, confirmaron su indudable pertenencia a la época nazarí,

según “informe sucinto sobre un conjunto de material arqueológico procedente de la zona del Palo

(Málaga)” en el que se describían textualmente: “como un conjunto de material perteneciente al siglo XV

(de tipo Nazarí) existiendo también algunas piezas cristianas (principio del siglo XVI). Es posible que en

otras excavaciones se haya podido encontrar más material artístico y doméstico; no obstante y como dice

el refrán: “para muestra con un botón basta”, ya que con este hallazgo se reafirma el conocimiento de que

la zona fue habitada en época nazarí. A la entrada de la casa donde se encuentra la histórica ermita de San

Antón, existe una magnífica fuente de mármol y sobre ella, una lápida escrita en árabe antiguo, cuya

transcripción, debido a la dificultad de encontrar traductores en esa lengua antigua, no se consiguió. Actualmente

no se tiene conocimiento ni constancia, de que hayan existido hornos alfareros en esta zona del

Palo, por lo que hemos de creer que estas piezas debieron fabricarse en algunos de los que se distribuían

por los arrabales de la ciudad, como el complejo alfarero del Carmen o también llamado Al-Tabbanim,

localizado al oeste del río Guadalmedina, con un entramado urbano que se remonta al siglo X, el de Fontanella

al norte de la ciudad, donde se desarrollaron prácticas alfareras desde la época romana, de cuya

existencia se tiene constancia desde los siglos XI-XII; asimismo estos bellos utensilios de uso doméstico,

también pudieron ser fabricados en el espacio interior que ocuparía la medina, donde se han hallado indicios

que avalan la alfarería, o en cualquiera de los muchos lugares de la ciudad donde esta práctica alfarera

llegó a ser un trabajo de excelente calidad, renombre e importancia económica, llegándose a exportar a

todas las ciudades importantes de España, Europa y África.

Fuente: José Antonio Barberá

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