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Vocalía de Flamenco
Antonio Mairena en el Tango

26/06/2011.

Desde Cái hasta la »Aguá», si te subes en el tren, ten cuidao con el estribo, no te vayas tú a caer. El grandísimo Antonio Mairena evocaba por cantiñas gaditanas los trajines de los viajeros sin billete que se encaramaban al tren que salía de la »Tacita de plata» y tenía su primera parada en la «segunda aguada», en las afueras de la ciudad de Cádiz, donde la vieja maquina de carbón repostaba el líquido necesario para continuar su recorrido.

Aún existe, ya sin uso, ese apeadero, en el Cerro del Moro, hasta donde llegaba la gente, unos encima de otros y muchos sin pagar, para ir a la playa.

El propio Antonio Mairena fue un gran usuario del ferrocarril. Nunca tuvo carné de conducir y no le gustaba viajar en avión, así que el tren era su transporte preferido. Desde Sevilla a Madrid, viajó infinidad de veces en el Talgo. Su amigo y guitarrista de confianza Juan Antonio Muñoz, fundador de la Peña Antonio Mairena de Aranjuez, recuerda la inolvidable imagen del maestro y de Tomás Torre, hijo del genial cantaor jerezano Manuel Torre, en la estación madrileña de Atocha, con sus respectivos sombreros, vestidos de traje oscuro, dispuestos a sentar su magisterio flamenco en la capital.
Uno de los restaurantes favoritos de Antonio en esa época -los años sesenta del pasado siglo- era el Hilogui, en la calle de Ventura de la Vega, situado en el corazón flamenco de Madrid. A él y a Tomás, que venían del mundo del pescaíto frito, les encantaba comer buena carne y el establecimiento estaba especializados en ese género gastronómico.
Muy cerca de allí, en un conocido local flamenco de la paralela calle de Echegaray, tuvo lugar, hace alrededor de noventa años, precisamente una anécdota protagonizada por el carismático Manuel Torre que el propio Antonio Mairena recuerda en sus 'Confesiones' al escritor Alberto García Ulecia. «Debió de ocurrir hacia 1920, me lo contó a mí El Tripa y tuvo lugar en Madrid, en Los Gabrieles», relata el maestro. «Era una fiesta en la que estaban algunos señoritos con Antonio Chacón, Ramón Montoya, El Tripa y otras personas. Había allí un gitanito de Linares llamado Basilio, que, por lo visto, era algo extraordinario en las tarantas y los tarantos. Aquella noche, Basilio cantó tan bien que eclipsó al propio Chacón, y éste, que era muy soberbio cuando a los presentes le gustaba otro cantaor más que él, cosa que para él sería difícilmente soportable, teniendo en cuenta el alto pedestal en el que se encontraba, no permitió que nadie pagara la fiesta y lo hizo él. Luego le dijo a El Tripa que llamara a Manuel Torre a Sevilla y que le dijera que cogiese el primer tren y se presentara en Madrid».
Según relataba Antonio Mairena, El Tripa llamó por teléfono a Sevilla, mientras Chacón se quedaba con Montoya y los otros en Los Gabrieles, disfrutando de una fiesta interminable. Cuando, muchas horas después, llegó Manuel Torre a Madrid, tras su inesperada y dura travesía ferroviaria, le estaba esperando en un coche El Tripa, y se lo llevó directamente a Los Gabrieles, mientras le contaba por el camino todo lo que había ocurrido. En el colmao de la calle de Echegaray se encontraron con que la fiesta continuaba. Según narra Mairena, Chacón estaba en mangas de camisa, con la cabeza apoyada en los brazos, derrumbado sobre una mesa. Cuando entró Manuel, don Antonio le dio una botella de vino amontillado que el jerezano se bebió casi de seguido, en dos vasos muy grandes. Quiso Chacón que se arrancara Basilio y lo hizo por tarantos:
 
Desde mi casa yo veo
La fragua del Tío Laureano,
A Fernanda y La Raqueta
Y los ojos negros de mi hermano
 
Luego, cuando iba a cantar Manuel Torre, Montoya le fue a tocar por seguriyas, pero Manuel le dijo: «Sigue por ahí». Se templó el jerezano, al parecer de forma impresionante, y empezó a cantar lo mismo que había hecho Basilio. Y daba escalofríos escucharlo: «Desde mi casa yo veo.»
Según concluye Antonio Mairena: «Aquello no se podía aguantar. Basilio cogió una botella y se la rompió en su propia cabeza, y a Chacón tuvieron que sujetarlo porque se quería tirar por el balcón». Todo gracias al ferrocarril
 
Fuente:ALFREDO GRIMALDOS
 
Diario Sur.

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