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La ilusión de unos emprendedores de más de 50 años

08/02/2012.

ALFONSO VÁZQUEZ Enrique Sánchez y José García entraron a trabajar en Casa Pedro con sólo 16 años, aunque ya estaban echando una mano unos años antes. «Mi padre trabajaba en Casa Pedro y los sábados y domingos me iba allí a ayudarle con 10 o 12 años», recuerda Enrique, que durante 35 años trabajó de camarero en el histórico merendero del Palo, fundado en 1928, mientras que José lo hizo durante el mismo tiempo en la barra

De izquierda a derecha, Paco Castillo, Enrique Sánchez y José García, con el símbolo del restaurante.  Arciniega

De izquierda a derecha, Paco Castillo, Enrique Sánchez y José García, con el símbolo del restaurante. Arciniega

La vida les cambió para siempre en marzo de 2009, cuando Casa Pedro cerró por la crisis. «Nosotros lo esperábamos hacía meses pero ese día que te llaman y te dicen que no vayamos a trabajar te llega muy hondo», cuenta José García. «Es un palo muy duro porque llevas trabajando toda la vida en el mismo sitio», añade Enrique Sánchez, que cree que con las obras del paseo marítimo del Palo, al dejar el merendero su clásico sitio junto a la orilla y tener que retranquearse, comenzó su lento declive.

Cuando estaban a punto de cumplir dos años de paro, los veteranos empleados de Casa Pedro decidieron dar un cambio a sus vidas y poner en marcha su propio negocio. «Hay que ser fuertes, te pones las pilas y a buscar locales», señala José García.

Y muy cerca de sus casas y del antiguo merendero, en el 26 de la avenida de Salvador Allende, encontraron el bar restaurante Juanito-Juan, que se traspasaba y se hicieron cargo de él.

La aventura comenzó en junio del año pasado para estos hosteleros y amigos de 55 años. «Tenemos mucho trabajo pero estamos como niños con zapatos nuevos y afortunadamente los clientes están respondiendo», confiesa Enrique.

La cocina. Para acompañarlos en la aventura, además de a una trabajadora, quisieron contratar a un cocinero que, como ellos, superara los 50, estuviera desempleado y tuviera experiencia, así que escogieron a Paco Castillo, antiguo cocinero del restaurante La Alegría, el histórico establecimiento del Centro que comenzó a funcionar en 1893 y que cerró sus puertas algo más de un siglo después.

Fruto de esta conjunción de veteranos es la cocina del restaurante, que aúna lo más conocido de Casa Pedro y de La Alegría y prueba de ello es el plato estrella, la sopa Viña AB. Precisamente los dos establecimientos desaparecidos reivindicaban la invención de este histórico plato. «Hemos hecho una fusión de la sopa Viña AB de Casa Pedro y de La Alegría y sale una cosa exquisita», resumen.

Y entre otras especialidades, que a muchos clientes les traerán recuerdos: ajoblanco, porra, gazpacho, paella, fideuá, pescaíto frito, rape con pasas y piñones o tostas de boquerones en vinagre. «También tenemos muy barato el marisco como las gambas, las conchas finas o los busanitos», apunta José García.

Y es que, como plantea Enrique Sánchez, el secreto para llevar un negocio de hostelería con éxito en estos tiempos «es llevar una economía de guerra, nosotros vamos al céntimo y si tenemos que ir a comprar a los almacenes, vamos nosotros». El horario de trabajo, de 10.30 de la mañana a 1 o 2 de la mañana –cuando no hay que madrugar para comprar– no les asusta. «Llevamos trabajando desde niños», comentan. Por eso, tampoco se les caen los anillos limpiando o colocando todas las mañanas la terraza, una terraza que suele llenarse porque, como explican, «aquí lo que está funcionando es el boca a boca y viene mucha gente recomendada por clientes».

A la recuperación de platos tradicionales de la cocina malagueña, incluidas carnes, también juega a su favor precios populares. «Tenemos una carta muy cortita que podemos dominar y pretendemos que la calidad-precio sea muy buena», detalla Enrique Sánchez, al tiempo que José García comenta que por el restaurante ya se han pasado rostros muy populares de Málaga.

Enrique y José creen que son los únicos extrabajadores de Casa Pedro que se han lanzado a montar por su cuenta un negocio de hostelería y miran con optimismo el futuro. «Tenemos que pagar el alquiler, pagar cuatro sueldos e hilar muy fino, por eso le digo a Enrique que cada día que pasa y hacemos nuestra cajita respiras un poco», plantea José.

Los dos hosteleros quieren recordar con afecto a Emilio, un directivo de Unicaja fallecido hace unos días y a su familia. «Desde el principio creyó en nosotros, venía dos veces en semana y nos mandó muchos clientes. Más que un cliente era un amigo». Y no se olvidan de otro cliente de Ciudad Jardín que incluso cuando veranea en Torrox no deja de pasarse por el restaurante.

Como señala José, la buena respuesta de los clientes es lo que más les llena. «El que el público responda te reconforta». Enrique, José y Paco tienen más de 50 años, tienen experiencia y triunfan

Fuente: Diario La Opinión de Málaga

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