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Veinte años del fallecimiento de un mito del fútbol
Aniversario de Juanito, el futbolista torero con alma de entrenador

02/04/2012.

Iba dormido en el coche, de copiloto, y casi con la vertiginosa velocidad con la que él sacaba una genialidad de aquella chistera en forma de bota de fútbol, la vida se le quebró igual que él quebraba a los rivales. El anticipado adiós acabó con un personaje inimitable, a medio camino entre el futbolista genial y el entrenador de éxito. Toda España despertó aquel 2 de abril de 1992 conmovida por la pérdida de uno de los tipos más carismáticos que ha dado el fútbol español, un torrente de carácter, sentimiento y humanidad con nombre y apellidos comunes (Juan, Gómez y González), pero con el diminutivo que va asociado a un mito: Juanito Fuente: SERGIO CORTÉS | MÁLAGA Diario Sur.

Juanito, con la camiseta blanquiazul en el coso de La Malagueta. :: Fernando González Pérez

Juanito, con la camiseta blanquiazul en el coso de La Malagueta. :: Fernando González Pérez

Sucedió en Navalmoral de la Mata, en el trayecto desde Madrid hasta Mérida. Juanito había acudido a ver el Real Madrid-Torino sencillamente como un homenaje personal al veterano capitán del conjunto extremeño, Pepe Pla. Quería que este disfrutara de una mágica noche europea del conjunto blanco. Y precisamente frente a un rival italiano. «Noventa minuti en el Bernabéu son molto longo». Aquella frase memorable del fuengiroleño, que volvió a salir de su boca en la última entrevista radiofónica esa noche, fue su despedida.
Esta vez los troncos no estaban ni de pie ni en el terreno de juego. Caídos en el asfalto de la carretera, el preparador físico del Mérida, Lolino, logró esquivarlos, pero se empotró contra el segundo obstáculo, el camión. Juan Gómez ‘Juanito’ quedó sin vida en el asiento de copiloto de aquel Peugeot 405 prestado por la mujer del presidente del Mérida. Un escalofrío, un imaginario terremoto de ocho grados, sacudió toda Fuengirola aquella madrugada.
De leyenda a mito. Veinte años después de aquel trágico suceso, nadie osa discutir que Juanito habría marcado época como entrenador. Daba sus primeros pasos en el Mérida, gracias a aquel presidente con alma de descubridor llamado José Fouto. Fue también la apuesta de un amigo, empeñado también en rescatar a aquel personaje que nunca había valorado el dinero.
Juanito lo había sido todo en el Madrid en el terreno de juego. Futbolista, psicólogo, entrenador, consejero, casi dirigente… Si primorosas eran sus filigranas en el campo, no se quedaban atrás sus consejos, en lo personal y lo profesional, a todo el que lo requería.
Un adelantado
Incluso en la negociación de los contratos. Para él no valían las firmas, sino la palabra. Fue un adelantado a su tiempo, con un dinamismo más propio de esta gloriosa etapa de la selección. Nunca se cansó de ganar, partidos o títulos. «La primera vez que gané una Liga llegué al vestuario y estaba como loco, saltando, gastando bromas, gritando… Y de pronto vi a Pepe Pirri sentado, tan normal, desabrochándose las botas. ‘Ni veces que este ha vivido esto’, pensé».
Pero Juan Gómez era distinto. Quizá porque tenía alma de torero, lo mismo explicaba cómo había que golpear el balón que colocaba las muñecas para mostrar cómo había que manejar el capote. Y quizá por ello se tomaba muy a la ligera las cornadas de la vida y del fútbol, las lesiones y los insultos, el botellazo en el Yugoslavia-España decisivo para acudir al Mundial de Argentina o la traición de un periodista madrileño en una conversación ‘off the record’. Incluso, las consecuencias de aquella respuesta en forma de pisotón en el rostro de Matthaus para repeler una fea entrada del alemán. A todo le quitaba dramatismo. Por eso, al ídolo se le podía ver jugando al dominó en el chiringuito de su padre.
La vida lo encumbró pronto. El recuerdo de su papel fundamental en las heroicas remontadas del Madrid pesa más que cualquier desliz, fuera en el campo o en su azarosa vida privada. Incluso más que toda esa genialidad con la pelota, más propia de la calle y hasta entonces nunca vista en los terrenos de juego. Juanito tuvo que cambiar el sol de Fuengirola por el intenso frío de Burgos. «Aquello me curtió para todo lo que ha venido después», decía. Siempre iba de frente, para encarar al contrario o para cualquier pulso dialéctico. Porque, eso sí, nunca requería la pelea o el debate. Y cuando llegó Eduardo Padilla con aquel planteamiento que podía sonar disparatado, lo asumió como otro reto más.
Ni él habría imaginado que la sanción por aquella acción con Matthaus le iba a permitir cumplir dos sueños. Uno era jugar en su Málaga; el otro, mucho más importante, devolverlo a Primera, categoría que había perdido precisamente por una carambola en la que su Real Madrid no había hecho los deberes frente al Hércules. Por cierto, su malestar aquella tarde se saldó con una puerta del vestuario blanco totalmente destrozada. En La Rosaleda dejó honda huella. Y más como persona que como futbolista, que ya es decir. El primer día se le acercó un hombre mayor que vivía en calle Gordón, en la zona de Cristo de la Epidemia, y le dijo que él siempre había sido su ídolo y que para él era un sueño verlo vestido del Málaga. Su respuesta fue increíble. Todos los días, antes de cada entrenamiento, Juanito no se dirigía directamente de Cerrado de Calderón (donde él residía) a La Rosaleda, sino que se desviaba hasta el barrio de la Victoria para recogerlo. Igual sucedía a la vuelta. Nunca hubo otro más alejado del divismo en el fútbol que el fuengiroleño.
«Juan, dame algo…»
Juanito llegó como el mesías del Málaga. Y no solo en lo futbolístico. Era habitual ver a personas que acudían a las puertas del aparcamiento en La Rosaleda (entonces en la zona baja de Gol) y que lo esperaban. «Juan, dame algo…». Ahora algunos futbolistas fingen hablar por el móvil para no pararse con los aficionados o fruncen el ceño cuando se les requiere más de un autógrafo. Entonces, Juanito bajaba la ventanilla del coche (el Mercedes azul o el Panda de su segunda mujer, Feiny), abría el bolso de mano y le entregaba lo primero que pillaba. A veces, nada menos que un billete de 5.000 pesetas. «A él seguro que le hace más falta que a mí», insistía cuando escuchaba algún reproche por su exagerado regalo.
En el Málaga marcó época. Fue el líder del equipo y también su entrenador de facto en aquella temporada del ascenso. Ladislao Kubala figuraba al frente del grupo, pero él manejaba los hilos. Juanito ya ejercía como técnico. Varió los movimientos de Paquito, al que hizo ‘pichichi’ de Segunda; convenció a Jose para que arrancara desde más atrás, enseñó a Rivas a mejorar en el disparo, reunía a la plantilla cada dos por tres para leerle la cartilla… Y todo eso, entre la seriedad cuando se requería y las bromas (escatológicas o no) en la caseta. Mientras, se las ingeniaba para idear cómo hacerle la puñeta al entrañable Pepillo Zambrana.
Llegó el ascenso y Juanito adelantó a sus más íntimos que iba a ser su último año. Ni Padilla ni José María García ni Paco Cañete pudieron convencerlo en una comida. «Ya no aguanto más, me cuesta mantener el ritmo». Con él se firmó la última permanencia en la élite del Club Deportivo Málaga, desaparecido apenas 100 días después de aquel terrible accidente con el Peugeot 405. En aquel ejercicio dejó para el recuerdo un inolvidable gol a su Madrid, a Buyo desde el centro del campo, que hasta hizo saltar al obispo, Ramón Buxarrais, en la esquina de Tribuna y Gol.
Corte de coleta
Tras dejar al Málaga en su sitio -matemáticamente se produjo en casa ante el Valladolid, en el que ya deslumbraba Fernando Hierro– llegó su adiós con aquel simbólico corte de coleta a cargo, cómo no, de Curro Romero. Nadie quiso faltar. El mejor broche para el futbolista torero. Pero a la postre no sería su último partido, porque también quedaría tiempo -poco, esa es la verdad- para matar el gusanillo cerca de casa, en Los Boliches en Tercera.
Entre ambas experiencias Juanito pasó a ser Juan Gómez, el director deportivo, el hombre de los despachos. Nunca se sintió a gusto. El olor a césped estaba demasiado lejos. No se veía con pantalón largo. Y menos con chaqueta. Lo suyo eran las polémicas en el vestuario, no las confabulaciones y tretas en los despachos (ya fueran de representantes o de los propios dirigentes). Para él no había color entre el balón y el ordenador, entre el banquillo y la silla, entre las botas y el teléfono. Quería sentirse parte del juego, no de la gestión. Uno de sus días más felices en ese periodo fue cuando Televisión Española lo fichó para comentar el Mundial de Italia en 1990. «Yo creo que a José Ángel (de la Casa) le ha pasado como a mucha gente, que no me conocía bien. Coincidimos en Madrid, empezamos a hablar y conectamos. Y me dijo: ‘Juan, la imagen que se tiene de ti no tiene nada que ver con lo que tú eres’», confesaba solo media hora después de cerrar el acuerdo. A todo ello hubo que añadir, por supuesto, la facilidad con la que el fuengiroleño ya destripaba en Canal Sur Televisión las acciones y las cuestiones tácticas de cada partido. Pura sabiduría.
En realidad Juanito tenía corazón de futbolista y alma de entrenador. El Mérida llamó a su puerta poco después de obtener el título nacional. Y antes de que él y el Club Deportivo Málaga se marcharan casi juntos de la mano tuvo la oportunidad de despedirse de La Rosaleda con su íntimo amigo y compañero de apuntes, Nene, en el banquillo local. El anticipado adiós nos dejó sin un personaje inimitable, a medio camino entre el futbolista genial y el entrenador de éxito. Hoy, veinte años después, Juanito pasó de leyenda a mito.

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