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30/05/2012.

Recuerdo que yo era un niño cuando escuché una conversación entre mi padre y mi madre que se me quedó grabada para siempre. Era mi padre un comerciante acomodado, en los tiempos donde la expansión económica parecía esplendorosa y cada quien se buscaba su futuro, mejor o peor, según sus redaños y su buen hacer, seguramente Autor: Antonio García Gómez

Era mi padre un buen hombre, sin duda, que un mediodía a la hora de comer, con algún balbuceo más acentuado de lo normal, comentó a mi madre la propuesta ofrecida por algunos otros comerciantes de la localidad de la posibilidad de hacerse cargo, entre los adinerados del lugar, de algunos embargos, deudas e hipotecas de desventurados vecinos más humildes que ellos y, por supuesto, más axfisiados en sus economías que quienes habían discurrido la estrategia de hacerse con el mondongo en subasta para dar un buen impulso, precisamente, a sus saneados negocios.

                          Y mi padre preguntaba a mi madre que qué le parecía la propuesta.

                          Sin tiempo a pensar mucho la contestación de mi madre fue tajante, sin vacilaciones : “Ni se te ocurra participar en esas componendas ni aprovecharte de la desgracia de los demás”. Y ahí quedó zanjada la cuestión.

                          Y yo me quedé con la copla, aun sin entender mucho pero con la lección grabada a fuego.

                          En fin, recuerdos infantiles, supongo, que chocan ahora tan estrepitosamente con la calaña de los actuales próceres, panda de impresentables chorizos de lo ajeno, tan cubiertos de legalismos y recursos que solo dan bascas y asco, los muy miserables.

                          Desde sus poltronas intocables e inaccesibles, virtuosos bandidos del despropósito y la ordinariez bañada de oro, atragantados de tanto poder y riqueza, usando los fondos del común en sus apetitos insaciables, desde sus cristianísimas convicciones contradiciendo la más básica moralidad ¿pasada de moda?, según sus desmesuradas aficiones a gastar por encima de sus necesidades, incluso, con la desfachatez de quien sabe que esquilma el erario público que tanto se escatima para la plebe inepta y pobrecilla. . . ¿verdad que sí, amitos Rato, Dívar , , , y toda una laya de rumbosos prohombres con los dineros de los demás? . . . como para ir corriendo luego a socorrerles en sus inviolables y sacrosantas funciones ¿a qué si?, por su mala ley que sustentan a brazo partido, mientras los que llevan la cruz son los penitentes de a pie con sus picardías elevadas a la sanción moral de los paniaguados que equivocan los choricillos de poca monta con el embutido de pata negra.

                                               Torre del Mar 11 – mayo – 2.012 

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