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Javier Cercas: «La guerra de mi generación fue la heroína»

04/10/2012.

Casi dan ganas de pedir clemencia. Página a página, no hay una sola certeza, todo es ambiguo, inquietante, tanto en la trama como en los personajes. Sí, el lector, por virtuoso capricho del autor, va como una peonza, no sabe a qué atenerse en Las leyes de la frontera (Mondadori), sexta y última novela de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), su regreso «a la ficción pura, a la alegría de la ficción» tras su particular novela con forma de ensayo Anatomía de un instante, premio Nacional de Narrativa 2010 Fuente: DIARIO EL PAIS

Javier Cercas, en su paseo este martes por los escenarios de su nueva novela en Girona. / PERE DURAN

Javier Cercas, en su paseo este martes por los escenarios de su nueva novela en Girona. / PERE DURAN

Curioso: Las leyes de la frontera es un artefacto literario de mecanismos casi perfectos para retratar la imperfección de la vida. La trama, siendo polisémica, parece lo de menos: en el verano del tierno e incierto posfranquismo de 1978, un charnego quinceañero de Girona, Ignacio Cañas (El Gafitas, con algún retazo del Cercas jovenzuelo), conoce por azar a dos delincuentes de su edad, Tere y el Zarco (con una buena dosis de guiños al famoso y real delincuente Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla), con los que compartirá un paseo por el lado más salvaje de la Transición española, el marcado por los atracos y la heroína. De nuevo, otro salto de Cercas al vacío temático: si en Soldados de Salamina revisitaba inopinadamente la Guerra Civil en 2001 y el 2009 se sacaba de la chistera la trastienda del 23-F, ahora se pone a escribir de los jóvenes chorizos de los años 70 y 80. “No, no es premeditado cambiar el guion de la agenda literaria o social; actúo por obsesiones y una es revisitar los grandes mitos de nuestra sociedad”.

Tras ‘Anatomía de un instante’ regresa a la ficción con ‘Las leyes de la frontera’

Como en toda obra de Cercas, en el principio hay una pregunta absorbente y aquí sobrevino tras contemplar uno de los últimos ámbitos de la exposición Quinquis de los 80, que el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona programó en 2009. “Había una serie de retratos de jóvenes muertos por la violencia, la heroína o el sida. Casi me puse a llorar porque me pregunté: ¿por qué ellos y no yo?”. Había caldo de cultivo para la cuestión: “Por vez primera veía mi adolescencia formando parte de una exposición”. Sí, Cercas, hijo de inmigrantes, vivía en el extrarradio de Girona, marcado por la frontera del Ter; un día, el utilero del equipo de balonmano donde jugaba le hizo saltar la línea fluvial, “La frontera azul”, que dice Cañas rememorando la serie de televisión de los años 70. “Era otro mundo, con barracones de madera donde se hacinaban miles de personas en la miseria total”.

La documentación utilizada para Anatomía… remachó el clavo. “Junto a Suárez, los protagonistas de la prensa y la tele eran unos quinquis que capturaron la imaginación del país y con los que yo había compartido vida en calles, bares o ferias porque entonces las fronteras eran más permeables”. Una autobiografía de Carles Monguilod, 25 anys i un dia, recordando su relación como abogado de El Vaquilla, completó el cuadro. “Eran imágenes que pasaban los meses y seguían en mi cabeza; ya no había remedio, tenía que escribirlo porque escribo para explicarme lo que no sé”, justifica.

En la historia de la Transición esa delincuencia juvenil, que acabó generando una cultura propia (películas como las tres entregas de Perros callejeros de José Antonio De la Loma, de Carlos Saura, de Eloy de la Iglesia, discos de Los Chunguitos y Los Chichos…), que suele aparecer como nota al pie. Cuando no es claramente silenciada. “La Transición fue un experimento contra natura porque en la historia nunca se ha producido un gran cambio sin violencia; el 23-F fue la necesaria violencia… Pero lo de la delincuencia juvenil es el gran agujero negro de la Transición; he investigado y es increíble no hay datos reales de cuánta gente cayó con la heroína, que fue la guerra de nuestra generación; en algún libro se habla de ‘Holocausto involuntario’”. Bien documentado, contextualiza: “Se veían ya los resultados del baby boom, con una cantidad brutal de jóvenes sin trabajo, desarraigados, incumpliéndose la escolarización obligatoria… Y encima de ese polvorín social cayó la heroína y lo arrasó todo como una bomba. Luego, las teorías conspirativas quisieron ver ahí una estrategia del Estado como introductor de esa droga para evitar toda revuelta social, pero no”. El libro, en ese sentido, desmonta el aura que con los años se acabó recubriendo al fenómeno. “Verlos como la encarnación de las ansias de libertad y las esperanzas frustradas de la Transición fue fruto de un idealismo rancio, falso e insensato; los medios de comunicación ayudaron a crear mitos como el de El Vaquilla, unos tipos que acabaron siendo las primeras víctimas del discurso; los delincuentes mismos se lo creyeron y terminaron como terminaron”.

"La delincuencia juvenil es el gran agujero negro de la Transición"

Cercas tiene el discurso muy claro porque ha teorizado sobre todo ello en una serie de ensayos previos a la novela que, de momento, no verán la luz. “Para escribir un libro necesito escribir dos. Me pasó con Salamina, cuando tiré una novela previa a la papelera; con Anatomía me deshice antes también de un texto muy novelesco… ¿Una cruz? No, es mi mejor virtud: cuando creo que he escrito el mismo libro que ya he escrito lo dejo correr; es la mínima ética que ha de tener un autor”. Por eso, dice, “escribir es reescribir” y por eso fluye con envidiable naturalidad su texto, construido a base de diálogos creíbles y de una alta complejidad estilística sin parecerlo. Hasta casi el anatema: “Pretendo que el lector no note que lee literatura, busco casi un antiestilo; cuando noto que la frase me sale demasiado literaria, zas, va fuera… El texto ha de sonar a verdad, verdad literaria, pero verdad”.

Y esa técnica, otra vez Cercas en estado puro, está al servicio de la ambigüedad de personajes y acciones. “Todos mis libros están articulados sobre la ambigüedad. ¿Quién y por qué salva a Sánchez Mazas en Soldados…? En Anatomía…: ¿por qué Suárez no se tira al suelo cuando el asalto al congreso del 23-F? Aquí, la clave es Tere: ¿quiere saltar la frontera social o sólo utiliza al pobre Cañas en esta larga y compleja historia de amor…?”. Cercas llama a esa ambigüedad “el punto ciego de una novela” que, en su opinión, toda obra de calado debe tener. “Moby Dick tiene un punto ciego inmenso: ¿la ballena es el mal o es el bien? ¿De qué se acusa a Joseph K en El proceso? ¿Qué es el castillo de Kafka? ¿El Quijote es un ser ridículo o un modelo? El no ver es lo que permite ver; ese no decir es el que dice realmente; la realidad no es una sino doble; la ironía es el instrumento del conocimiento. Eso es lo que debe tener una gran novela, ese punto ciego”, dispara Cercas, ya totalmente poseído. Sí, es la idea de un libro de ensayo que, por ahora, aparcará porque “me ocuparía demasiado tiempo” y ya está con la cabeza (con una pregunta) en otra novela, de la que no suelta prenda.

Las leyes de la frontera habla, en el fondo, de la pobreza, de unos pobres que no pudieron traspasar la frontera, y que quizá lo sabían desde el primer minuto. Flota el determinismo. “Hay gente que siempre está fuera de la Historia”, sentencia Cercas, serio. En cualquier caso, es un tema de los 70 que puede volverse hoy de rabiosa actualidad por la crisis. “Estas fronteras siempre han existido, lo que ocurre es que los años de bonanza y el optimismo consecuente hizo que las olvidáramos y comportarnos como si ya no existieran, pero están ahí, siguen las leyes que regulan el paso de ese lado del río al de aquí. Por eso es bueno recordar siempre de dónde venimos”.

Cercas viene de un pasado literario triunfal. Ha escrito esta novela “con muchísima tranquilidad de espíritu y menos presión que nunca”, muy lejos de los miedos y las tentaciones que, envueltas en la bruma embriagadora del éxito, le acechaban cuando escribía La velocidad de la luz (2005), su primera novela tras el impacto mundial de Soldados de Salamina. “La velocidad… es el libro que más me ha costado en mi vida, tentado por la idea suicida de dejarlo correr todo; en Anatomía… me ataba mucho el apego a la realidad, incluso alguien lo vendió como el fin de la novela, pero yo sigo creyendo en ella, y lo demuestro aquí”. ¿Más perfecta como artefacto literario que La velocidad…? “Bueno, quizá… No sé, aquella tenía el gran valor de cómo fue escrita y sus temas eran de gran trascendencia…”, apenas se le puede arrancar, pero se le entiende que sí, que ésta es más redonda. ¿Y la presión del listón, de coronar cada vez una cima de los ochomil después de otro ochomil, como dice que hace su admirado (y ya admirador) Vargas Llosa? “La mitad de los libros que he escrito sólo los leía mi madre… No, esto no es una carrera de coches”. Pero él no para quieto en la frontera

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