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Adiós al último ídolo malaguista
El exjugador y técnico malaguista muere a los 68 años en su Córdoba natal

25/11/2012.

N ecesitaría, conociéndome como me conozco, no sé cuántas páginas para poder recopilar cuanto he escrito sobre algo más que un jugador del Malaga, un amigo: Sebastián Humberto Viberti Irazoqui. Fueron cinco años, primero como jugador, y luego otros tres como entrenador. En ocho años hay muchas horas para hablar de lo divino y de lo humano. Y sobre todo, de fútbol, si, como es el caso, a Viberti y al que suscribe les ha apasionado toda su vida y para él ha sido una profesión, además de una vocación. Autor: JUAN CORTES Fuente: DIARIO SUR.

Viberti, en su última entrevista en España, en »Mirada al Sur» en Canal Málaga. :: SUR

Viberti, en su última entrevista en España, en »Mirada al Sur» en Canal Málaga. :: SUR

Ni por asomo pensé que me iba a tocar vivir el difícil momento de decirle adiós al amigo que hasta un par de meses me llamaba desde el otro lado del mundo para vivir íntimamente las vicisitudes del amor que ambos sentíamos por el Málaga. Viberti falleció ayer a los 68 años en su Córdoba natal a causa de problemas coronarios.

Sus últimas llamadas eran el aditamento a un futbolista argentino recién incorporado al titular al que él consagró algo más de los ocho años que vivió bajo su disciplina. Le dolió siempre que tratándose de un jugador compatriota, nunca el Malaga había requerido la opinión de él. Recuerdo que las ultimas llamadas fueron recientes. «Che, Juan, ¿quién ha fichado a Malagueño?». La verdad es que, como le dije, no sabia a quién se le había ocurrido que podía ser un jugador para el Malaga. Cada vez que hablábamos me transmitía cuánto le gustaría poder trabajar para el Málaga, desde allá. El Málaga lo había sido todo para él y lo seguía siendo.

Noviembre fue el mes de su aparición en Malaga. Lo recibimos en el aeropuerto. A todos nos llenaba la esperanza de que todo cambiara en el panorama malaguista. Las perspectivas no eran halagüeñas. Antes de su llegada el Málaga había traspasado al otro gran Sebastián de la historia blanquiazul: Fleitas. Había descendido a Segunda División después de dos buenas temporadas. Había cambiado todo. De presidente, de entrenador, y el equipo iba a menos. Viberti llegó formando parte de un trío compuesto por Irala y Riveros, dos delanteros, porque era, decían, lo que el Málaga necesitaba. En el mismo aeropuerto, Viberti planteó su primer problema: las botas. Viajó sin ellas. Imprevisible. Y más cuando calzaba un 46, del que ni por asomo tenía algún par Pepillo Zambrana, el utilero, en su almacén. Desde el mismo aeropuerto, José María Zárraga conectó con Pipi, que dedicó toda la jornada de tarde de aquel día a buscar un 46 para que dispusiera de él Viberti en su presentación frente al Granada en partido amistoso.

Apoteosis

Fue la apoteosis. Viberti hizo un partido de ensueño. Superó por completo al chileno Riveros y a Irala. Nadie tenía la menor duda sobre quién se convertiría en discípulo a las órdenes de Kalmar, que ya era el entrenador titular. El equipo venía de perder en Orense por 3-0. Este marcador precipitó la reacción del presidente, Antonio Rodríguez Lopez, que en su villa natal había preparado un festival tras la victoria.

A los pocos días de su aparición en el firmamento malacitano, se planteó el segundo problema de Viberti. Todavía no había firmado contrato. No había llegado el 'transfer' de la AFA, la Federación Argentina, y se comentaba que Pipo Rossi, que entrenaba en España, en Primera División, le había tirado los tejos al que había sido su pupilo en el Huracán de Buenos Aires, antes de embarcarse hacia España. Luis Guijarro, que fue el que puso al Málaga sobre la pista de Viberti, fue el que habló de Rossi y recomendó una estrecha vigilancia sobre el 'crack' argentino. La china policial del seguimiento de Viberti a todas horas y en todo lugar me correspondió a mí. Y me convertí en el custodio del jugador. Las continuas preguntas que, por vestir como los empleados del Hotel Amaragua, me hicieron tomar una determinación. Le dije a Viberti que necesitaba su pasaporte para unas diligencias federativas y con este importante documento -a Sebastián le hice saber que sin él no debía salir del hotel en absoluto- me liberé de la misión «a vida o muerte», me dijo, que me había encomendado Antonio Rodríguez López.

Empezó la cosa en serio. Victorias, puntos y grandes actuaciones de Viberti tiraron del equipo hacia arriba en la tabla. Lo de su presentación frente al Granada fue nada comparado con el estreno oficial en la decimotercera jornada de la competición, en el inolvidable encuentro ante el Español (5-0). Todo fue coser y cantar, triunfos tras triunfo en un demarraje hacia la 'división de honor'. Una sola derrota, en Gijón y sin Viberti, lesionado en la alineación. Únicamente el equipo de El Molinón aguantó el devastador 'sprint' del Málaga de Viberti.

Durante tres años en Primera el Málaga logró todos los récords y maravilló con aquel juego en el que Viberti era el director de orquesta, bien acompañado de escuderos como Migueli, Conejo y su compatriota Vilanova. Hasta su quinta temporada. El 15 de junio de 1974 se acabó la guerra entre el entrenador, Marcel Domingo, y Viberti, que desde sus comienzos, un par de años antes, nos hizo temer lo que luego sucedió. El técnico francés lo incluyó en la lista de bajas. El 'terremoto' generado por semejante decisión convirtió al Málaga en un volcán que amenazaba acabar con el 'quinquenio de oro' en Primera División. Cierto es que a Viberti se le ofreció hacerse cargo de la cantera. Lo rechazó y se fue al Tarragona. Desoyó los consejos de los que le dijimos que en el Gimnastic se 'enterraba' como jugador. Así fue. Viberti colgó las botas esa temporada. Y el Málaga se derrumbaba. Tuvieron que abandonar sucesivamente el titular el entrenador, Marcel Domingo -solo sobrevivió a Sebastián Viberti seis meses-, el presidente y, lo que fue peor, el Málaga volvió a Segunda División.

Promesa de volver

Cuando se tuvo que marchar, en una de esas despedidas tristes de Viberti en las que ni siquiera tenía ánimos para decir adiós, me dijo: «Juan, volveré. No sé cuándo ni cómo, pero volveré». Y volvió para ser entrenador. Fue en febrero de 1978. Como cuando llegó de jugador, el panorama era oscurísimo. El objetivo era la permanencia. La logró Viberti. Pero su meta como técnico del Málaga era poner al equipo en la élite. Lo consiguió. En la temporada 1979-80, unió su nombre al de su club en el noveno ascenso.

Y volvió a vivir otra nefasta temporada en la 1980-81. Se fue sin decir adiós. No se resistía a la condolencia que le proporcionaba decir adiós a Málaga y al Málaga, a la tierra en que nació su primer hijo, Martín, y donde su mujer, Julia, había encontrado el paraíso. Aquella condolencia que sintió al gran argentino y amigo entrañable es la que nos acongoja cuando lo recordamos con gran cariño y nos entristecemos al saber que ya no lo escucharemos más hablar de su Málaga, de nuestro Málaga.

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