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Opinión
FRANCISCUS

15/03/2013.

Bienvenido tras la «radiante» fumata blanca que nos televisaron en múltiple directo, al circo mediático que ya te ensalza en loor con »perfil de santo» que dice el monseñor Martínez Camino, de aquí de casa, como para habernos abrumado con su exhaustiva biografía de hombre austero, preocupado por los pobres, ¡como novedad!, sencillo y sobrio, tanto como para que uno se alegre de que, tal vez esta vez, el espíritu santo haya acertado, al menos para los suyos y de paso para el resto de la ciudadanía terrícola. Autor. ANTONIO GARCÍA GÓME

Aunque uno se ha quedado con la mosca detrás de la oreja en eso de que este “habemus papam” es ortodoxo en la doctrina y algo más flexible en otras cuestiones de usos y costumbres, como con la retahíla esa de los pobres, o bien de los pobres muertos de hambre, de los de solemnidad, de los resignados y amén jesús, o de los del puño en la rabia de su mala fortuna sufrida, mientras los ricos del mundo ocupan los mejores sitios y alaban y pontifican la sencilla grandeza del nuevo Sumo Pontífice. ¡Aleluya!

            Aunque uno no disponga de la fe para sentirse del club de los fieles que celebraron con euforia y sana alegría, supongo, el nombramiento del ya bien catalogado papa Franciscus I, no sé si con sinceros o envenenados parabienes, tantos y tan recargados de elogios que uno no sabe a qué atenerse, tan perdido como anda uno desde su mínima óptica.

            Para que a la postre uno regrese a sus recuerdos, de cuando veía cada año, por la fiesta del colegio, como número grande de la celebración en el colegio de frailes que le formaron más para bien que para mal, la estancia del padre Damián en la isla de los leprosos, Molokai.

            Como para que uno se agarrase con ardor juvenil a una fe  heroica y corajuda, desprendida y misionera, al rebufo del ejemplo del buen padre blanco, el de los sagrados corazones bordado en el pecho de su túnica blanca, el buen padre Damián, así pues con ganas de desbordarse de fe hasta que, tal vez por exceso desordenado en las lecturas que se apiñaban entre las dudas y las certezas que no acababan de anclar, tanto como para quedarse uno sin defensa a que agarrarse tras haber leído, por ejemplo, “Condenado por desconfiado” de Tirso de Molina, cuando no valía para nada una vida ejemplar si en el último segundo se dudaba y, al contrario, tampoco importaba mucho una existencia de calavera si en el postrer instante una oportuno arrepentimiento aseguraría la salvación eterna.

            Y sin embargo y ya sin el don de la fe, uno no puede olvidar mensajes, enseñanzas, ejemplos que han ido marcando más o menos su devenir personal, tanto como para no saber al cabo si uno ha acertado o no, en tantas veces como ha querido comportarse correctamente, siquiera con el prójimo que siempre va con cerca de uno, tanto como para no haber olvidado el ejemplo de su abuelo, hombre que habiendo regentado una Carbonería en la postguerra del estraperlo jamás quiso aprovecharse de ninguno de sus clientes, mi abuelo Luis Antonio, honesto y leal, cabal y agnóstico, tierno y solidario, tanto que jamás vertió ni un solo comentario descalificador hacia nadie de sus vecinos, convecinos. . . y que siempre tuvo muy claro que la religión pertenecía al ámbito íntimo y personal, que jamás se debiera impartir en una escuela pública, y su mujer, y sus hijos, y de ellos mi madre, fueron fervientes y ejemplares católicos practicantes.

            Y por último y porque uno no puede olvidar cuanto aprendió de niño, o bien o mal, pero siempre recordará que Jesús solo usó la violencia para expulsar a los mercaderes del templo, aunque luego la doctrina se haya apoderado del evangelio y ahora sea tan fácil ser rico y gozar del privilegio de practicar “la religión de los pobres”.

            Para terminar con la parábola del señor y su viña, de los vendimiadores que fue contratando a lo largo del día, de la paga o jornal, igual para cada uno de los trabajadores, sin distinción, con una ejemplar fraternidad que hoy día no está nada de moda, en absoluto.

            Así pues que uno no sabe a qué atenerse, si alegrarse en exceso, mantenerse al margen o a la expectativa,  o simplemente desear que la humanidad nos una a los seres humanos en la fraternal solidaridad que nos haría, seguramente, más felices, como poco, capaces de reconocernos humanos, compasivos, misericordiosos, generosos, hermanos con quien . . . también son distintos, . . . también con quienes suspiran por mirarnos y ofrecernos su mano.

            Así que entonces, desde la humildad de mi ignorancia, desde la altivez de mi amor por la vida, desde el respeto por quienes no piensan como yo, ¡bienvenido hermano Francisco!

 

                        Torre del Mar  15 – marzo – 2.013

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