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Saquemos partido a las siete perlas de la Malagueta

11/04/2013.

La solución que propone para las siete perlas de la Bahía de Málaga, lo que –parafraseando algunas notas oficiales– permitirá que nuestra ciudad deje de ser «un referente mundial» y un «hito» de la obstrucción visual, es camuflar los siete merenderos megalíticos con trepadoras, buganvillas y otras hierbas, para ocultar este obsequio conjunto de la Dirección General de Costas, el Ayuntamiento y la Junta al pueblo de Málaga. Lástima que sea de mala educación devolver los regalos. Fuente: ALFONSO VAZQUEZ

En un despliegue de sabiduría popular, nuestro alcalde se ha apuntado al dicho de que los cocineros tapan sus errores con salsas, los arquitectos con

En un despliegue de sabiduría popular, nuestro alcalde se ha apuntado al dicho de que los cocineros tapan sus errores con salsas, los arquitectos con

Claro que si en Málaga siguiéramos esta treta, buena parte de la Carretera de Cádiz, El Palo, la Cruz del Humilladero y Bailén Miraflores parecería, a vista de pájaro, la Selva Negra, mientras que el Málaga Palacio habría que transformarlo en el jardín vertical más grande de Europa –el Caixa Forum de Madrid, a su lado, sería un parterre–.

Desechada la solución que con más insistencia piden los malagueños –la demolición inmediata– es hora de mentalizarse: Tendremos que convivir con esta lección suprema de eficacia, tres administraciones trabajando de forma coordinada para que la imagen turística de nuestra ciudad se parezca a la parte de atrás de una nevera.

Pero hay que ser fuertes en la desgracia. Tomemos el ejemplo de otras latitudes castigadas por horrores incluso más sangrantes.

Por un defecto de fabricación, el autor de estas líneas siente un enfermizo interés por los Mares del Sur, en su mayoría un chiringuito colonial de Francia y Estados Unidos.

Sin embargo, subsisten algunos países independientes como las antiguas colonias británicas de Gilbert y Ellice, hoy las naciones de Kiribati y Vanuatu. En el primero de este grupo de islas, y en concreto en el atolón de Tarawa, donde se encuentra la capital, tuvo lugar en la II Guerra Mundial una cruenta batalla que dejó el atolón hecho una chatarrería, repleto de búnkeres, cañones y defensas antiaéreas.

Hoy, estas ruinas de una desgracia bélica se han convertido en una de las pocas cosas de interés que visitan los turistas, sobre todo los norteamericanos, que son los que dejan dinero.

Supongo que ya me siguen. Si en nuestra ciudad pervive la leyenda de que la consecuencia directa de que no se concluyera la Catedral fue la ayuda de Málaga a la independencia americana, ¿por qué no seguir explotando la vena de la Historia ficción con nuestros búnkeres para el pescado frito?

No es hora de cubrir con plantas nuestro rico acervo de errores urbanísticos sino de sacarles partido.

Aquí va una humilde proposición: convirtamos las siete perlas de la Malagueta en un circuito turístico de baterías antiaéreas, utilizadas como ustedes saben durante el Siglo de Oro para defendernos de los piratas berberiscos. Es improbable que los cruceristas americanos indaguen en la verdad histórica y al igual que ese lejano atolón de la Micronesia, Málaga se convertiría en un hito del turismo bélico, gracias a unos gestores públicos que, de verdad, no nos los merecemos

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