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Opinión
El Papelito

08/05/2013.

Con el siguiente artículo se inaugura una serie de pequeños artículos que, en clave simpática y positiva (como corresponde a nuestro carácter), trata de llamar la atención sobre esos pequeños defectos encontrados en nuestro barrio (¡faltaría más! Ya lo dijo Billy Wilder en «Con faldas y a lo loco»: ¡Nadie es perfecto!), y que casi sin esfuerzo, cualquiera de nosotros podría evitar sin más que proponérselo. Sólo se requiere buena voluntad y un poquito de atención, cosas ambas que, al menos de momento, están exentas de co-pago.

Con el siguiente artículo se inaugura una serie de pequeños artículos que, en clave simpática y positiva (como corresponde a nuestro carácter), trata de llamar la atención sobre esos pequeños defectos encontrados en nuestro barrio (¡faltaría más! Ya lo dijo Billy Wilderen “Con faldas y a lo loco”: ¡Nadie es perfecto!), y que casi sin esfuerzo, cualquiera de nosotros podría evitar sin más que proponérselo. Sólo se requiere buena voluntad y un poquito de atención, cosas ambas que, al menos de momento, están exentas de co-pago.

 Pues hecha la entradilla, pasamos al tema de hoy:

 El “papelito”.

 Pues iba yo –a quien podéis llamar “El Paleño Observador”, pero que podría, y debería ser cualquiera de vosotros- caminando de buena mañana por nuestro ondulado paseo marítimo de El Palo, cuando de pronto, sin previo aviso, y sin que nadie, ni siquiera mi móvil atómico de ultimísima generación, me hubiese prevenido, ví algo que brillaba enormemente.

 Al principio, visto desde lejos, y dado que uno, a sus años, ya no es precisamente un Galileo descubriendo satélites alrededor de Júpiter, pensé que era una moneda que alguien, generosamente, había depositado en el suelo con amor para que alguien como yo se alegrase el día. ¡Y una moneda de las gordas, además, teniendo en cuenta su brillo! Pero avancé unos pasos y, ¡oh! ¡desilusión! A mí aquello ya no me parecía una moneda, ya que cada vez era más grande y menos redonda.

 Inmediatamente me vino a la mente la idea de que aquello podría ser un charco, de esos que forman nubecitas al estilo de las que salen en La Pantera Rosa, y que son las únicas que explican porqué estando todo seco en pleno verano.... existen de forma misteriosa pequeños charco distribuidos aleatoriamente por el suelo. Pero oye, ¡que no! Que di otros dos pasos, y aquello ya ni parecía moneda, ni charco ni nada. Así que me dije:

 -Paleño, deja ya de imaginar, que se te va a gastar el cerebro!. Espera a dar dos pasos más, y entonces, mira y calla.

 Y eso hice: dejé sin cobertura al cerebro unos segundos, para que al igual que el de los políticos, no se me gastase ni tuviese ideas, y caminé otros dos pasos. ¡Y entonces lo vi! ¡Sí! ¡Lo vi con mis ojos de ver! Aquello ni era una moneda, ni un charco, ni el tesoro de Alí-Babá. Aquello era un papelote blanco inmenso, tamaño mantel (de hecho, era el mantel de papel de una mesa), hecho un “ñú”, es decir, “apretujao” y rodeado del amigo inseparable de todo papelote tamaño mantel que se precie: ¡de decenas de cristales de botella!

 ¡Toma ya! ¡La pareja del año! ¡Papelote con cristales! ¡Pero si es una combinación más popular que la caña más tapa de una cervecería!

 ¡Pero hombre! –Pensé. ¿Hace falta ser tan guarro? Pero si tenemos papeleras “king-size” cada 20 centímetros (que no hay un lugar en Málaga con más papeleras que el paseo marítimo de El Palo). ¿Qué necesidad hay de tirar papelotes y botellas al suelo? ¿Acaso nuestros barrenderos no están ya bastante quemados con las cacas de los perros, como para tener, encima, que andar recogiendo cristales y papelotes? ¿Es que a quien se le cayó el papelote no se le podía haber ocurrido recogerlo, como haría en su casa, y ponerlo en la papelera más cercana? Y los cristales, ¿no podía, al menos con el pie, haberlos dejado en un lado, evitando que perros, niños, ciclistas y demás amigos del paseo matinal sufriesen algún percance?

 ¡Hombre! ¡Caramba! ¡No seamos tan puercos ni dejaos! Las cosas que son públicas no sólo son de todos, sino que también deben ser cuidadas por todos.

 Por eso, a quien se le cayó el mantel y rompió la botella –¡y fue afortunado, porque de haber sido un espejo, ni el gobierno le quita los 7 años de mala suerte!-, le pido que repita conmigo:

  • No lo volveré a hacer
  • No lo volveré a hacer
  • No lo volveré a hacer

 Y si lo vuelve a hacer, ¿sabéis que le digo? ¡Que castigado a subir de rodillas a la ermita de Cártama!

 ¡Ea!

 Vuestro amigo, “El Paleño Observador”

 

 

 

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