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EL PALO, UN BARRIO CON ALMA DE PUEBLO

09/05/2013.

El Palo no es solo un barrio. Es una parte indiscutible de Málaga, aunque late con su propio corazón. La gente de El Palo no va al centro -eso significaría ir al mercado, el del barrio- sino a Málaga, a donde además no se va sino que se baja, a pesar de que ¿ambos? se encuentran a la misma altura, la del mar. Autor: PABLO ARANDA

Pasaje viviendas protejidas. 2007

Pasaje viviendas protejidas. 2007

El Palo no es solo un barrio. Es una parte indiscutible de Málaga, aunque late con su propio corazón. La gente de El Palo no va al centro -eso significaría ir al mercado, el del barrio- sino a Málaga, a donde además no se va sino que se baja, a pesar de que ¿ambos? se encuentran a la misma altura, la del mar. El Palo es la parte más oriental de Málaga, que se extiende entre la playa –las barcas de pesca agrupadas cerca de los tornos que ayudan a vararlas- y el monte San Antón -en cuya falda se encuentran las casas más exclusivas de la ciudad-, y es que en El Palo se mezclan el barrio de pescadores y la zona residencial desarrollada alrededor de la lengua gris de la autovía. Eso sí, para el paleño que como los cristianos viejos tira de currículum vital y numera las generaciones que lleva su sangre en el barrio, para el paleño que cree llevar su origen marcado en el código genético, El Palo no es más que Las Cuatro Esquinas y el laberinto de calles que llegan por un lado a Las Cuevas y La Pelusa y, por el otro, a las Protegidas y la playa. El límite oficial del arroyo Jaboneros –que separa El Palo de Pedregalejo- no es aceptado por el paleño viejo, quien sitúa las lindes más acá de Echeverría.

            El nombre del barrio, El Palo, es rotundo e inamovible; pero quizá hubiese sido más acertado adoptar el nombre del cruce de calles más famoso del centro de la barriada: Las Cuatro Esquinas. Porque ninguna agrupación es única ni homogénea, no sería bueno. Lo ideal es el cruce.

 

 

EL MONTE SAN ANTÓN

 

Desde la suave cima redondeada del San Antón y de su monte casi gemelo (“las tetas de Málaga”, aclara riendo una señora en el mercado), el punto más alto de la ciudad, no solo se obtiene una de las mejores panorámicas de la bahía de Málaga, sino que se alcanza a comprender mejor la idiosincrasia de este Palo amplio que es pueblo y zona residencial. La subida es agradable y apta para todas las edades, y aunque partamos del Palo pueblo, en seguida atravesamos los Pinares de San Antón, una de las urbanizaciones residenciales (también están El Candado o Miraflores del Palo, que primero fue una finca del marqués de Iznate por donde pasaron Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII) en la que abundan exclusivas casas unifamiliares diseminadas entre los pinos, el otro Palo. Cuando el terreno pierde pinos, casas y gana piedras, comienza la subida a pie que culminará en la cruz a la que el padre Tejera, montañero S.J. (el colegio jesuita San Estanislao de Kotska es más conocido como el colegio de El Palo) ha llevado a cientos de niños. Los atardeceres son mágicos, y en los días claros la sombra azulada más allá del perfil de Torremolinos corresponde a las montañas del norte de Marruecos. Los más intrépidos podrán bajar por la cara norte, sorprenderse con las aguas del arroyo en épocas favorables y regresar al barrio/pueblo recorriendo el pedregoso cauce seco del arroyo Jaboneros, donde un mes de marzo, pero de hace 530 años, en 1483, se produjo una sangrienta batalla en la que los cristianos perdieron centenares de hombres (y casi dos mil cayeron prisioneros) en el intento fallido de tomar Málaga, que aún seguiría siendo musulmana hasta 1487.

 

 

LAS CUEVAS

 

            El Palo fue una zona de lagunas y cuevas. Las aguas estancadas fueron desecadas hace doscientos años para evitar la propagación de enfermedades entre los habitantes, pocos, que vivían en torno a las cuevas y que difícilmente se comunicaban con el resto de Málaga (el tranvía no llega hasta 1901, y el tren en 1908). Todavía hoy, subiendo por calle Real, Cuatro Esquinas hacia arriba, las estrechas calles escalonadas que constituyen un pueblo dentro del pueblo, un núcleo medio cerrado al resto (aunque en los 80 cayó el “muro de la vergüenza” gracias a la movilización de los vecinos de todo el barrio), de callejones estrechos, esa zona que albergó las cuevas, todavía hoy se conoce como Las Cuevas.

            -En Málaga no es primavera hasta que lo anuncia El Corte Inglés –comparte un joven que sale del gimnasio Pitu- y en El Palo no es invierno hasta que montan en la entrada de Las Cuevas el puesto de castañas asadas.

            -De niño, mi madre no me dejaba ir a Las Cuevas –añade un amigo del anterior-. Pero era una advertencia inútil porque a mí nunca se me hubiese ocurrido. En la época de la droga nadie se metía en ese callejón sin salida.

            Y la expresión, callejón sin salida, puede referirse a las drogas o a la fisonomía de Las Cuevas, un pueblo con una sola entrada que también sirve de salida.

 

 

PIMPI FLORIDA

 

            Si en Las Cuatro Esquinas en vez de subir a Las Cuevas giramos a la derecha, hacia el campo de fútbol San Ignacio, dejando en seguida atrás las míticas cafeterías donde al amanecer de año nuevo se empieza el nuevo ciclo al calor de un chocolate con churros, antes de llegar a la biblioteca pública Emilio Prados nos topamos con una curiosa cola cada anochecer: es para coger sitio en el Pimpi Florida. El Pimpi Florida es un bar estrecho aparentemente igual a tantos otros pero que agrupa a una parroquia fiel que acepta las condiciones de abarrotamiento a cambio de la alegría de la música y la calidad de los mariscos. La copla es la estrella, y cada ciertas canciones alguna aparta a los clientes de sus conversaciones y sus empanadas morunas, huevas o almejas para unirse al resto cantando a voz en grito el “Un día volveré” de Nino Bravo, “Como yo te amo” de Raphael u “Hoy quiero confesarme” de Isabel Pantoja, y en el trasiego de copla, vino blanco, cerveza y gambas al pilpil también caben “El novio de la muerte” legionario y hasta los mismísimos Rolling Stones, que uno no tiene por qué ser esclavo de sí mismo. Desde las paredes, Estrellita Castro y otras eminencias de la copla, aquí el género más grande, nos miran, inmortales en la exposición permanente de fotos históricas y collages que se mezclan con fotos de Jesús López, aunque ahora es su hijo quien atiende la barra.

 

 

PESCAÍTO FRITO

 

            El Pimpi Florida es un bar único, pero el Palo es un barrio donde la oferta gastronómica nos pone difícil la elección. La oferta es amplísima. Desde las tapas de los numerosos bares de Echeverría –esos bloques de terrazas verdes que ocuparon los terrenos deportivos del colegio San Estanislao, propietario en la primera mitad del siglo pasado de medio barrio- y mesones, el mejor El Cobertizo, donde Juan lleva treinta años preparando ese cordero, esa mousse de chocolate, hasta los incontables chiringuitos que recorren la primera línea de playa, no olvidemos que nos encontramos en un barrio de pescadores. Desde los primeros en torno al colegio Virgen Milagrosa, junto al arroyo Jaboneros, hasta El Tintero, conocido por la subasta de platos de pescaíto que atrae a turistas y a malagueños que buscan sorprender a sus invitados o simplemente disfrutar de pescado fresco ante una playa preparada para personas con movilidad reducida, mecidos por el rugir suave de las olas y las voces de los camareros pregonando lo que salga de la cocina en ese momento. El paseo marítimo que recorre la costa desde Pedregalejo hasta el puerto deportivo de El Candado está jalonado de estos merenderos. La mayoría son negocios familiares con precios adaptados a la crisis que ofertan el plato más típico, el pescaíto, y frente a ellos colocan una barca llena de arena en la que se asan los espetos de sardinas, una seña de identidad que no es exclusiva del barrio, y es que a fin de cuentas, insistimos, El Palo es parte de Málaga.

 

 

LAS CUATRO ESQUINAS Y LOS NOMBRES

 

            Es el cruce de calle Real, la que viene de Las Cuevas y que en este punto se convierte en calle Mar, que baja hasta la playa abriéndose paso entre los míticos restaurante Casa Pedro y el colegio SAFA-ICET, y la avenida Juan Sebastián Elcano (quien regresó en un barco con 18 hombres a los puertos de San Lúcar y Sevilla en 1529, tras circunnavegar el globo: habían partido tres años antes en cinco barcos con más de doscientos hombres) que en ese cruce pasa a ser calle Almería.

            El paisaje de Las Cuatro Esquinas ha cambiado ahora que han abierto una plaza en una de las esquinas y en la de enfrente nos golpea la herida de un solar tras ser demolida la edificación de la droguería Cándido, otra de las referencias de El Palo. En una de las fruterías de calle Mar preguntamos por el origen del nombre, de dónde viene El Palo, y cada persona da una versión diferente y probable:

            -En la orilla de la playa había palos clavados cada pocos metros, para las señoras, que antes no sabíamos nadar –asegura una anciana.

            -No, no es por eso –corrige una mujer joven- es por un palo que había en la parada del tranvía, ahí donde están los Cursos para Extranjeros de la Universidad, donde antes estuvo la facultad de Derecho, y los que se apeaban aquí advertían de que se bajaban en el palo.

            -Anda, anda –sube la voz un viejo apoyado en una pared cercana, chupando un cigarro apagado- es por un palo grande donde amarraban las barcas.

            -Y porque solo han opinado tres –ríe otro hombre- hay quien dice que naufragó un barco y de él solo asomaba uno de los palos, que estuvo semanas hipnotizando a los bañistas. ¿Quién sabe?

 

 

ARQUITECTURAS NUEVAS Y NO TANTO

 

            El Palo ha tenido más suerte que otros barrios y sobre su mercado antiguo se construyó un mercado nuevo, proyectado por Ignacio Dorao. Un barrio se merece en su centro un edificio moderno, claro, luminoso, que sea para todos, y eso es el mercado, arquitectura para todos, como aquellas estaciones del metro de Moscú o, saltándonos décadas, del de Bilbao. Detrás del mercado, hacia el campo de fútbol y Playa Virginia, con un parque con auditorio y un grupo escultórico de marengos –uno de ellos sin cabeza, pero no por obra y gracia de Machú Harras, la escultora, sino de algún vándalo- atravesamos Las Protegidas, las viviendas más antiguas de El Palo, pasajes que vuelven a llevarnos al pueblo que no es, o que sí es en parte, un barrio con alma de pueblo, con macetas y hasta algún pozo en los pasajes. Y todavía antes de llegar al parque Pipi de Playa Virginia, el cementerio. De la arquitectura nueva del mercado a la arquitectura última, o postúltima, esa que ya no ve el protagonista del acto, la del cementerio, que también tiene uno El Palo. El cementerio de San Juan no es nuevo, es un cementerio de pueblo, pequeño, hermosamente recargado de tumbas y de flores, es una de las construcciones más antiguas de El Palo, de 1865.

            Bastante más moderna es la Parroquia de Nuestra Señora de las Angustias, junto a Las Cuatro Esquinas, desde donde cada 16 de julio, el último día de la feria de El Palo, sale la procesión de la Virgen del Carmen, que ante el colegio SAFA-ICET será embarcada y llevada hasta la playa del Chanquete, o del Deo, esa que agrupa los últimos chiringuitos, las últimas casas, de El Palo. Las últimas casas de Málaga.

           

 

 

 

 

Pablo Aranda, abril de 2013

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