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Opinión
DECENTES E INDECENTES

15/06/2013.

En una de las acepciones atribuidas al vocablo decente se hace referencia al valor de la honestidad. A su vez y en cuanto al vocablo antónimo nos sale indecente cuando se hace alusión a quien falta a la verdad, la justicia y el honor. Decentes e indecentes. Los primeros amortizados por el devenir diario, en su tarea cotidiana, sin hacer gala de su actitud y comportamiento más allá del estricto y natural cumplimiento de sus responsabilidades. Con mayor o menor implantación, es sin duda, el valor de la decencia aquel que a menudo pamesa desapercibido. AUTOR: Antonio García Gómez

            En cuanto a los segundos, ese es otro cantar, sacando pecho por atribuirse las virtudes de las que carecen, desahogados y corrosivos, en las cabeceras de los titulares sin un titubeo que los delate, proclamando su inocencia a marchamartillo y echando a los perros a cuantos osen afear su comportamiento que ellos sobrellevan con irritante naturalidad.

            Tal vez el mundo al revés, tal vez el fracaso de la civilización que siempre tuvo en sus genes el germen de este fracaso. Incluso y tal vez el país cantado y utópico del Nunca Jamás reinvertido de abajo hacia más abajo.

            El hecho es que el sarpullido de indecentes ya asola el páramo, de por sí yermo y desolado de nuestro panorama patrio, con una galería insoportable y creciente de choros, estafadores, mangantes, tunantes, fulleros, . . . y demás raleas de indecente que, en absoluto, pierden la compostura.

            Tal vez para darnos en los morros, tal vez en una huída hacia adelante que los descarne aún más, tal vez aupados a ese engreimiento burdo y facineroso que asquea y emponzoña.

            Pero así están las cosas, con las voces de auxilio porque sigamos fieles al sistema que los ha alimentado y que sostiene, a los indecentes.

            Tan peligrosos e insensibles que en su defensa a ultranza y farisaica del sistema también lo están poniendo, gravemente, en peligro, al ir horadando la confianza de mucha grey en las instituciones que han ido socavando a conciencia, impunemente, miserablemente, con alevosía y perversa determinación, indecentes y culpables de su mal ejemplo que no se borra con una imputación de pacotilla, que no se diluye con proceso farragoso e inane, tan inacabable como proceloso, tan sucio como inaguantable . . . mientras siguen intactos los indecentes que ni son capaces de quitarse de en medio, de la primera plana de esperpento nacional, ni somos capaces de avergonzarles y arrinconarles a su vergüenza que no conocen y a su condena que sí merecen, tanto como las instituciones y resortes del estado deberían comprometerse a llevar a delante, por el saneamiento de una sociedad atribulada y enferma, por el propio e imprescindible prestigio y honorabilidad de un sistema que necesitamos con urgencia.

            En cualquier caso, peleándose contra las evidencias, superando la impudicia de sus actos por la banalidad que les ampara su conciencia o la ausencia de la misma para que, a la postre, se les sobresea como si “aquí no hubiera pasado nada”.

            Tras haber emponzoñado cuanto han tocado, olisqueado y zampado como butrones insaciables, como malhechores de cuello duro, ¡sin que se den por enterados, los indecentes del carajo!.

            Sin que puedan ni deban jamás argüir el menor de los atenuantes, porque, estoy seguro, son unos indecentes y ni tuvieron la crianza ni la educación que les hubiera señalado que había otra manera de proceder.

            Porque, al cabo, los decentes queremos y necesitamos reivindicar que despreciamos, sentenciamos y condenados la indecencia de los canallas que se quisieron poner su codicia por montera, y solo exhiben la escoria de su miseria moral más allá de su nefasto ejemplo.  Torre del Mar 16 – junio – 2.013

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