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Opinión
La huida de los diputados y la España que vive de la apariencia

02/11/2013.

La imagen tenía una vis cómica indudable. O también dramática. Los diputados que abandonaron a la carrera sus escaños en el final de la sesión del jueves parecían haber sido alertados de la existencia de una bomba en el edificio. Lo único que faltaron fueron las sirenas o un diputado cayendo por las escaleras agarrado a su billete de avión o tren. Querían salir de allí como fuera después de haber estado encerrados todo el día. Texto. Iñigo Sáenz de Ugarte

En el colmo del absurdo, el presidente, Jesús Posada, leyó unos resultados de la última votación que no coincidían con los que aparecían en el marcador electrónico.

Y sin embargo, las puyas e insultos recibidos por los diputados no fueron más que otra andanada de la antipolítica y del resentimiento de los ciudadanos por los privilegios, tanto los reales como los de ficción, de los que gozan los diputados. En el país de las apariencias, no se tolera que alguien haga lo que querrían hacer los demás si tuvieran la oportunidad. De hecho, ni siquiera se tolera que hagan lo que muchos hacen, pero eso es otra historia.

La escena dice mucho de los problemas de productividad en muchos centros de trabajo. Las jornadas largas y extenuantes en las que lo que importa es figurar, no la actividad que realices. No salir del trabajo hasta que el jefe lo haga. Las dos horas para comer porque el jefe a fin de cuentas no vuelve hasta las cinco. Los problemas de conciliación que suponen estos horarios, y sí también para los odiados diputados. Estar al pie del cañón es una frase que se usa con frecuencia. ¿Haciendo qué? Eso es menos importante.

Es difícil sentir compasión por los políticos cuando son ellos los que han aprobado las normas que convierten al Congreso en una cámara funeraria, esclerotizada por mayorías absolutas, un control muy superficial de la acción de gobierno, diputados que leen sus discursos como si fuera la lista de la compra o que son incapaces de ajustar su intervención al tiempo asignado porque han escrito de más (y lo tienen que leer todo), y un presidente del Gobierno que aprovecha el tiempo ilimitado con que cuenta para propinar al hemiciclo ladrillos infumables, como el de esta semana en el debate sobre la última cumbre de la UE.

Lo que debería importar es lo que hagan los diputados mientras estén en el Congreso, no la "dignidad del cargo", expresión patéticamente antigua muy empleada tras ver estas imágenes. La tragedia para ellos es que los medios de comunicación no pueden resistir la tentación de ofrecer esas imágenes, pero no todos, sobre todo las televisiones, informaran de lo discutido y aprobado en la larga jornada parlamentaria.

Importa también que los diputados de fuera de Madrid puedan tener tiempo para coger un avión o tren y poder así regresar a sus ciudades y ver a sus familias. "Estoy en el Congreso desde las 9, he intervenido en debate 3 leyes, perdía el avión y tengo derecho a dormir con mi familia", dijo Joan Coscubiela.

Ese también es el problema porque mucha gente, atemorizada por perder su puesto de trabajo, hace tiempo que tuvo que tirar por la borda sus preocupaciones familiares y quedar atado a la mesa como en una galera en un ambiente de intimidación que se conoce muy bien en muchas empresas. Si hasta despiden a embarazadas, qué no pasará con los que necesitan salir antes de tiempo para atender a sus hijos o a un familiar enfermo. ¿Importa mucho que esa persona haya hecho el trabajo que tenía encomendado? Importa desde luego, pero no cuando lo que se valora es la apariencia o la "dignidad en el cargo".

Sólo quedaban 30 segundos para que se conociera el previsible resultado de la votación y se levantara la sesión cuando se inició la desbandada. La reputación de un sistema político no se puede medir por esos 30 segundos, sino por lo que ocurrió en las diez horas anteriores. Es ahí donde está el problema

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