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María Teresa León

29/11/2013.

María Teresa León no pudo comprobar cómo su imagen y su historia eran congeladas, como política, como escritora y como mujer feminista. Paró su corazón un 13 de diciembre, en la antesala misma de la gran huelga general de 1988. Pero ya había parado antes su memoria. Cuando regresó a España, después de cerca de 40 años de exilio, en aquel vuelo de Alitalia en el que también viajaba su hija Aitana, ya no sabía a qué país regresaba. Sólo se acordó de algo, y preguntó por aquel caballo blanco con el que pensaba entrar en Madrid a través de la puerta de Alcalá. Rafael Alberti ya bajaba solo las escalerillas del avión y se perdía entre abrazos y sonrisas de bienvenida. El caballo blanco no apareció Texto. FELIPE ALCARAZ

María Teresa era una gran organizadora, y cumplió un papel importante montando la Alianza de escritores antifascistas, como después, ya iniciada la guerra, organizando el II Congreso de escritores en defensa de la cultura, en cuyas sesiones ocuparía plaza en el presidium de honor. Una mujer sola, casi siempre una mujer sola, en manifiestos, proclamas y llamamientos, entre una epidemia de hombres, como una paloma confundida en la nieve, allí estaba siempre María Teresa, esgrimiendo su rúbrica o elevando su voz junto a Bergamín, Negrín, Companys o el inmenso don Antonio Machado. O viajando a Moscú para convencer a Stalin de que los escritores soviéticos, a pesar del cabreo por el último libro de Gide, debían desplazarse al Madrid sitiado por las bombas, donde el Congreso de convirtió en un auténtico acto de guerra (“Si mi pluma valiera tu pistola de capitán, contento dormiría…”, dijo Machado). Y lo convenció, tras una reunión, a lo que parece, nada fácil.

Tampoco se la recuerda excesivamente por algo de enorme importancia. Ya había dicho Azaña que había algo más importante que incluso la República: el Museo del Prado. Y Jesús Hernández, ministro comunista de Instrucción Pública y Bellas Artes le encomendó a María Teresa salvar los tesoros artísticos, no sólo del Prado, también del Palacio de Liria o de la Academia de San Fernando o la Biblioteca Nacional, acosados por los bombardeos fascistas. Qué les diría ella a los milicianos del V Regimiento, hambrientos, sobre todo de cultura, y mal vestidos y calzados, para que ellos estuvieran dispuestos a jugarse la vida para salvar a aquellos cuadros y documentos, que viajaron a Valencia, Barcelona y luego a Ginebra. Y allá iba ella, junto a Rafael, tras el camión que transportaba Las Meninas de Velázquez y el Carlos V de Tiziano. “Milicianos de la humanidad”, los llamó el poeta mayor don Antonio Machado, a aquellos soldados aterrorizados por el miedo de fallar en su misión salvadora, entendiendo sin entender la importancia de aquellas obras, que nadie se había encargado de explicarles hasta aquel momento. Sí lo hizo entonces María Teresa.

Tampoco se le recuerda demasiado (tras un puente largo de olvido total) por una de las cumbres de la literatura memorialística, “Memoria de la melancolía”, que empezó a escribir en sus 14 años de destierro romano. Un monumento a la memoria y a sus recovecos, a los recuerdos de lo no fingido (ojo al retrato real de un Luis Cernuda dejando la tranquilidad relativa de la retaguardia y adscribiéndose al Batallón Alpino), al tiempo redondo, fascinante e interminable de una especie de “Rayuela” del exilio republicano, una obra de lectura abierta, comprensible de forma simultánea, como si de un gran frasco se tratara, pudiendo empezarse su lectura por cualquier página. Un monumento premonitorio de la literatura latinoamericana posterior, desde Rulfo a Cortázar, pasando por García Márquez.

Salió de Monóvar en un pequeño avión, una especie de libélula, y pasó por Orán, Francia (se equivocó la paloma), Uruguay y Buenos Aires, que los acogió de forma permanente, y fue allí donde nació Aitana en 1941. Más tarde recalaron en Roma. Y de ahí el salto definitivo de nuevo a España, donde ya llegó María Teresa sin memoria. Esa imagen olvidada y congelada es la que intenta traer al presente, descongelar, su hija Aitana, hablando de María Teresa León por pueblos y ciudades de España. Traer al presente, descongelar y ponerla en su lugar, sobre los hechos, sobre la verdad de su persona. No era la mujer de nadie. Era la mujer con alguien. Impar y autodeterminada. Camarada en defensa insobornable de la República. Valiosa. Otra cosa es que no la hayan adscrito a la Generación del 27 o le hayan cerrado las páginas de la historia literaria más académica. Por mujer, por política y por roja y republicana; por olvido y fría distancia. Ahora regresa tal como era, y así la conocemos a través de la voz de Aitana, en el recorrido histórico por pueblos y ciudades.

“Una paloma blanca/ duerme en la nieve,/ quisiera despertarse,/ pero no puede”. La gente que ha asistido a los distintos actos, tras oír a Aitana, nos han convencido de que sí puede

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