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Vocalía de Flamenco
Una copla que se canta al oído

08/12/2013.

Aunque llevado por ese sonido lejano a las viejas gramolas que destaparon el carácter de una copla que llevaba un único pasaporte, Antonio Cortés supo ser, otra vez, algo más que un digno heredero de lo que los anales españoles son a la música. Ese pasaporte, henchido de un rojo que se creía pasión de una época distinta, pero cuyas historias siguen siendo símiles del desamor, supo, de la boca del nerjeño, presentarse arregladas con una cirugía de costuras extranjeras. Fuente: Diario Sur.

Antonio Cortés rindió homenaje anoche a Carmen Amaya y Rocío Jurado. :: YHASMINA GARCÍA

Antonio Cortés rindió homenaje anoche a Carmen Amaya y Rocío Jurado. :: YHASMINA GARCÍA

Como si la bata de cola hubiera hecho un intercambio en una Nueva Orleans llena de guitarras españolas, combinando un jazz con el cantar de nuestra tierra.

Por eso vino a contar a los oídos malagueños los secretos de una copla que no se canta en la rutina artística de estos días. La que nunca sale en unos catálogos demasiado anquilosados en vender quienes éramos, y que olvidan con ello que el espíritu es mucho mayor. «Somos dos gotas de llanto en una canción», decía. «Y qué mas da si solo somos eso», añadía mientras el piano de Alberto Miras hacía una sinéresis entre temas y países, con la figura más grande de la Jurado descendiendo sobre el público. Una 'Señora' eterna en el corazón del mitad axárquico, mitad rumano, bajo el que también supo encumbrar a Carmen Amaya, esa que «por un puñado de monedas de cobre, pueden ustedes verla de bailar», con letra y música de Javier Limón. Lejos ya de aquel que noblemente combatía en los platós frente a Joana Jiménez, Cortés sacaba un «olé» detrás de otro, con los 'quejíos' de su joven voz como único capote, al frente de una cuadrilla formada por Fernando Iglesias, Juan Antonio Ruiz y José Manuel Posadas.

Con unas tablas que no paraban de llenarse de rojos claveles, el coplero también supo demostrar a capella que es parte de su sino emocionar como hacía tiempo que nadie lo hacía. Los sollozos compartían el sonido del silencio, y hasta el malagueño hubo de despojarse de alguno de los enseres por los sudores de la emoción. «Os voy a confesar una cosa», afirmó con cierto nerviosismo, «me voy a quitar la pajarita, porque no puedo con ella».

«Él me dijo que era libre como el mismo aire», recitaba. Una libertad que debió relacionarla con cada licencia que se tomó para triunfar; cada nota arriesgada en palos que parece ir descubriendo en sus trabajos, y que luego aplica en cada recital a la vieja usanza. Ese que mantiene teatros por estadios, para tener así una audiencia que diferencie cualquier matiz del 'Niña caracola', «con su cara de amapola y su pelo rayos de sol». «Como las palomas que era libre», concluyó, «que era libre y yo lo creí».

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