Asociación de Vecinos de El Palo

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Vocalía de Flamenco
Si escribir es llorar, investigar es darse un chocazo

13/01/2014.

He decidido dirigir cursos sobre la historia del flamenco para dar utilidad al material recopilado en todos estos años de investigación sobre los orígenes y principales artistas de este genuino arte andaluz. El primero lo impartiré en noviembre en la Alameda de Hércules de Sevilla, cuya información la tienen disponible en el blog La Gazapera. Luego, en noviembre también, en Almería, la perla que se salió del Mediterráneo. Texto. Manuel Bohórquez

Hay escritas muchas historias del flamenco, y algunas merecen la pena. Pero en general no ha habido mucho rigor y cada uno ha contado su historia como le ha parecido, con escaso acierto en los datos y errores que hemos ido copiando todos, unos más que otros. Desde hace años vengo investigando a los artistas flamencos del siglo XIX en los censos andaluces para saber quiénes fueron, dónde nacieron, cómo fueron sus vidas y carreras artísticas, cómo y dónde murieron. He consultado unos quinientos mil padrones de vecinos, y archivados, en torno a dos mil. Para descubrir que la mayoría de aquellos héroes –el Planeta, el Fillo, Tomás el Nitri, Frasco el Colorao, Manuel Cagancho, Lázaro Quintana, la Campanera o el Raspao de Cádiz– eran analfabetos y jamás tuvieron casa propia, salvo alguna excepción. Todos fueron enterrados en miserables sepulturas de tercera categoría, cuando no en fosas comunes, con caja de madera de pino o sin ella.

Lo triste de esto es que apenas se sabe nada de aquellos pioneros, en muchos casos ni siquiera sus apellidos, de dónde eran o quiénes fueron sus padres o sus abuelos. Se fueron muriendo en la miseria más denigrante e iban cayendo en un olvido doloroso e incomprensible, sin que nadie hiciera nada. En las instituciones andaluzas no hay dinero para los investigadores del flamenco, que unos llaman flamencólogos y otros, los más salados, flamencólicos. Así es como el gran Enrique Morente nos definió a los estudiosos del género. Casi todo el dinero público del flamenco se destina a festivales internacionales y ciclos de conciertos. Si el flamenco es ya Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, ¿no es esto un contrasentido? Me refiero al abandono de esta faceta del flamenco por parte de la Administración andaluza. Esta incuria nos obliga a los flamencólicos a ir cada uno por nuestra cuenta, siempre sin los medios necesarios. Porque, además, las empresas privadas andaluzas tampoco quieren saber nada sobre este asunto. He llamado a alguna puerta para continuar el trabajo de investigación que ya conocen y me han dado siempre el clásico portazo en la nariz. Empresas que luego se gastan mucho dinero en verdaderas boberías.

Ya no hay mecenas en el flamenco. Eran más tutores aquellos señoritos que se metían de fiesta con los cantaores en un tabanco de la Alameda de Hércules de Sevilla, aunque les pagaran tres pesetas, que los que hoy se creen que apoyan al mundo de lo jondo porque compran el abono para la Bienal. Los mismos artistas –soy consciente de que toda generalización suele acarrear injusticias­–, se implican poco en la cultura flamenca. La mayoría de ellos explotan un don para ganar dinero, que es muy respetable también porque es algo que ocurre en todas las disciplinas artísticas. Se quedarían helados si supieran cuántos artistas flamencos han ido alguna vez al Corte Inglés a comprar un libro sobre este tema. Por este motivo he decidido dar un paso más en mi labor como crítico de flamenco y quiero dar cursos por toda España para contarles a los aficionados quiénes fueron aquellos genios olvidados, con datos contrastados y actualizados. Lo haré sin llamar más a ninguna puerta: solo a la de los aficionados sensibles que tengan verdadero interés en saber sobre aquellos hombres y aquellas mujeres que nos legaron esta maravilla. Y sabiendo que si escribir es llorar, investigar es darse un chocazo

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