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Vocalía de Flamenco
UNA MIRADA A LAS PEÑAS FLAMENCAS DE ANDALUCÍA
RENOVARSE O MORIR

07/02/2014.

Desde que Manuel Salamanca, aquel platero tan flamenco, fundara en 1949, junto a un grupo de amigos, la Peña Flamenca «La Platería» en su taller de la calle San Matías, frontera casi del Realejo, uno de los barrios más flamencos de Granada, ha llovido mucho y por lo tanto ya nada es como era, para bien o para mal. Pero sea como fuere, esa lluvia jonda ha ido regando un campo abonado para que las peñas flamencas fueran naciendo, bajo cuya sombra acogieron a todo aquél que tenía que decir o aportar algo para mejora y engrandecimiento del arte flamenco. Desde entonces las peñas flamencas han crecido vertiginosamente, más en cantidad que en calidad. Con todo -y a pesar de los defectos que se les quiera encontrar-, no sería exageración si a los últimos cuarenta años del siglo XX decidiéramos nombrarlos como la Época de las Peñas Flamencas. Tewxto: PACO VARGAS

Las peñas flamencas han sido y son necesarias antes y hora. Su papel en la sociedad que las acoge las hace ser lugares de encuentro y de comunicación, tan importantes hoy en esta sociedad de las prisas y el desprecio a los valores como el de la amistad y la solidaridad. Las peñas que pertenecen a la Confederación Andaluza de Peñas Flamencas, casi todas llevan años realizando un voluntarioso trabajo que ha dado muchos y buenos frutos: galas, festivales veraniegos,  concursos, encuentros de peñas, cursos y talleres, producciones discográficas y bibliográficas, etc.

Ítem más. De las peñas flamencas, con el patrocinio de entidades públicas o privadas, surgieron las semanas de estudios flamencos, los ciclos de conferencias, las jornadas flamencas, los circuitos, los encuentros, etc., en un intento de llevar hasta los socios menos leídos la teoría del arte flamenco. Todas estas actividades, con sus defectos y sus virtudes, han contribuido al enriquecimiento del propio arte flamenco y a dotar de cierto toque intelectual a los flamencos, algo que nunca está de más pues el flamenco es poco leído.

Las peñas flamencas, que nacieron en sus inicios como una alternativa al "reservao" de las ventas, fueron después lugar de encuentro con un papel social importante que prestigiaba a quien pertenecía a ellas. Muchas han sido y son verdaderas instituciones del pueblo o la ciudad donde se encuentran. Otras suponen el sitio común donde reunirse con los amigos. Pero, todas han contribuido y contribuyen a mantener viva la llama del flamenco. Sin embargo, los tiempos cambian y las peñas flamencas no pueden estar de espaldas al tiempo que les toca vivir. Hoy las peñas están viejas, la edad media de sus socios está próxima a la jubilación y la juventud brilla por su ausencia. Una de dos: o damos entrada a los más jóvenes, haciendo más abiertas y atractivas nuestras peñas, o éstas corren el serio peligro de morir por envejecimiento de su masa social. Sin embargo, la tendencia endogámica de las peñas flamencas es extraordinaria. Algunas son verdaderos cenáculos. De tal modo que viven de espaldas a la sociedad que las acoge y en la cual están inmersas. Y no hablemos de aquéllas, que utilizando dinero público, niegan el pan y la sal a todo aquél que se acerca a su sede, en clara desventaja con el socio que sólo aparece por ella cuando hay un acto importante o algún ágape, cuya cuota mensual, hoy por hoy, se nos antoja una cifra ridícula si se compara con la de cualquier otro tipo de sociedad cultural o deportiva.

Las peñas flamencas, hoy más que nunca, tienen que ser centros culturales de la localidad donde se encuentren. Su incardinación en la sociedad de la que forman parte debe ser total. Deberían estar abiertas a otros colectivos sociales y culturales para, de esta manera, no caer en un aislamiento que perpetúe los tópicos heredados, pero que es muy difícil librarse de ellos. Las peñas flamencas, con las condiciones precisas, han de ser lugares donde se exponga la cultura, toda la cultura, sea ésta o no flamenca. De esta manera, y sólo así, se establecerá una enriquecedora relación entre los flamencos y los que todavía no lo son que nos llevará a dos consecuciones efectivas: acercar al flamenco a personas sensibles al hecho artístico que por desconocimiento o reparo nunca estuvieron próximas a él; y dos: cultivar a los peñistas en otras manifestaciones culturales, tan necesarias para lavar el inevitable casposerío de muchas de estas asociaciones privadas que viven del dinero público.

En los tiempos que corren no parece lógico que un socio pague una cantidad mínima a cambio de todo lo que se le ofrece: recitales, local, actividades paralelas, etc. Por eso se hace necesaria una renovación, también en lo económico, que busque canales propios de financiación, o que la administración de los que ya existen se haga de manera racional. Tres posibles vías de financiación aparecen para sufragar estos gastos: la masa social de las propias peñas, las entidades y empresas privadas y las administraciones públicas. Aunque de todas ellas, se debiera tender a la autofinanciación: los miembros de una peña no acaban de convencerse de que el flamenco es un bien de consumo y cuesta dinero y que solamente con su esfuerzo económico se puede mantener una institución de este tipo, tanto más si pretenden mantenerla autónoma y libre de cualquier injerencia sea ésta del tipo que sea. Quizá la solución esté en conseguir que la ley permita cobrar una entrada para ayudar a pagar a los artistas. De momento, hay peñas flamencas que lo hacen, aunque son sociedades sin ánimo de lucro. No es legal, pero al parecer está tolerado por las autoridades que debieran vigilar que esto no ocurra.

Éstos –y otros, como el de atraer a los jóvenes a las peñas flamencas- son los retos de un futuro, tan próximo, que ya está aquí. A este respecto, es necesaria una renovación del concepto de peña flamenca que en general está anticuado, por cuanto la sociedad que las acoge es distinta a la sociedad en la que fueron creadas. En este sentido, a nadie escapa que aún sigue existiendo la idea de propiedad y coto cerrado que los socios de la gran mayoría de las actuales peñas flamencas tienen: una contradicción evidente puesto que casi todas se alimentan esencialmente del erario público para seguir subsistiendo. Por lo tanto, o se opta por ser una entidad privada al cien por cien o se admite que lo público es patrimonio de todos, lo cual no quiere decir que en su organigrama participen todos los que a ella se acercan de manera puntual; pero sí que dicha entidad debe estar abierta al público en general.

El arte flamenco, nos guste o no, está evolucionando y fusionándose con otras músicas, que están enriqueciéndose de él pero a su vez aportan nuevos matices que enriquece el flamenco. Es ésta una vía de aproximación de los más jóvenes a las peñas flamencas, que estas instituciones debieran tener en cuenta a la hora de hacer sus programaciones. Pero para eso, insistimos, es preciso que el concepto ancestral de peña flamenca también evolucione. Sin embargo, esta evolución tiene que venir de la mano de las nuevas generaciones. Y nada mejor que darles el protagonismo preciso, enseñándoles desde dentro sin paternalismos, dejándoles que trabajen y que se equivoquen; pero no cerrando las puertas a las ideas que puedan venir con ellos.

En la actualidad que nos toca vivir parece evidente que el aprendizaje del flamenco resulta atractivo a los jóvenes, por cuanto en él encuentran una vía de escape a sus inquietudes artísticas amén de una puerta profesional para su futuro laboral: hoy se puede vivir dignamente del flamenco si se tienen las condiciones y los estudios sistematizados precisos; aunque, como ocurre en cualquier tipo de enseñanza, dicha labor la han de llevar a cabo profesionales capacitados: hoy cualquiera da un curso o una conferencia, o, lo que es peor y más nocivo, monta una “escuela de flamenco” sin la preparación pedagógica y técnica suficientes; con lo cual el resultado, la más de las veces, es cuando poco confuso por no decir que es claramente negativo. En este sentido, las peñas flamencas tienen una intensa labor por delante que, a qué engañarnos, no están haciendo: la enseñanza del flamenco, sobre todo en pueblos y poblaciones medias, debiera ser cosa de estas instituciones, acercándolo a los colegios e institutos y abriendo sus puertas a los alumnos de dichos centros escolares. Es ésta una vía, por la que las instituciones públicas están apostando –no todo lo que debieran-, que las entidades flamencas no están aprovechando, bien por falta de interés o por falta de información. O por ambas razones, lo cual no invita a la esperanza precisamente.
 
Creemos que a lo largo de este artículo hemos dado claves suficientes para encarar sin complejos una renovación de las peñas flamencas que las lleve a perpetuarse en el tiempo, manteniendo lo mejor del pasado, pero asumiendo lo necesario del futuro. Sólo así, estas instituciones que forman parte esencial de la Historia del Flamenco del siglo XX, seguirán siendo lo que, de no poner remedio pronto, dejarán de ser: una parte esencial y necesaria de la cultura flamenca de nuestro tiempo

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