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La organización de los nuevos pobres

05/03/2014.

Grandes bloques de edificios escalan la montaña como fichas de dominó a punto de caer unas sobre otras. Hay espacio verde entre ellos, algunas plazas, parques para niños. Dos autopistas y las vías del tren rodean el barrio de Ciutat Meridiana, en Barcelona, lo arrinconan contra la espalda de la Serra de Collserola, le recuerdan su condición de extrarradio. Carne de suburbio con vistas privilegiadas a un polígono industrial. Periferia pura desde el minuto uno de sus primeras construcciones allá a mediados de la década de 1960. Texto.Nuria Alabao @nu_alabao Fuente. DIAGONAL

El cuchillo de la crisis ha pasado por Barcelona cortándola en dos. A un lado, los barrios ricos, cada vez más ricos. En el otro, los que acariciaron el sueño de creerse clase media durante el boom inmobiliario —nacionales o inmigrantes propios y foráneos—, integrados a la sociedad opulenta vía cuotas hipotecarias y crédito fácil, y ahora con el vértigo del descenso en picado a la vida que la Barcelona real les tiene destinada. Ciutat Meridiana ya es el barrio más pobre de la ciudad y se aleja a toda velocidad de la renta media. Barcelona se polariza, la desigualdad se acrecienta.

 
Caer acompañados

La asamblea semanal de la Asociación de Vecinos se celebra en unos barracones con carácter provisional desde hace por lo menos veinte años. Dentro, unas cincuenta personas escuchan el orden del día. Muchos nuevos pobres y algunos que antes de la crisis ya caminaban el alambre: inmigrantes hipotecados, ex obreros de la construcción, tenderas que han tenido que bajar la persiana, antiguas empleadas de servicio, endeudados de todo tipo, parados desde hace meses o que han perdido la cuenta de cuándo fue su último trabajo, marroquíes pensando en regresar mientras los niños corretean entre sus piernas. Las nuevas caras de la pobreza: Oguechi, Eva, Efe-Efosa, Monique, Stalin, Cyntia, Mariano, Helen, Jaime, Luz Angélica, Gladis, Faith. Habitantes de la frontera social —en la Barcelona dual que divide a los que si caen, caen de pie, o a los que simplemente caen—.

Caer solo no es lo mismo que caer acompañado.

En la asamblea de la Asociación de Vecinos, José Miguel lee la sentencia del juez que tiene palabras como "ha lugar", "expedita", "apercibiéndola", "condena a costas" o "apelación". José Miguel no entiende, entre todos —y un poco en desorden—, se traduce. El juez le insta a abandonar la casa que está ocupando bajo amenaza de desalojo y a pagar una multa por el derecho a ser juzgado. Los que ocupan no son bien vistos por la justicia, aunque tengan tres hijos en una ciudad donde te multan por dormir en un banco. A José Miguel le negaron hasta el abogado de oficio. Lo más fácil es irse a otra casa de las 700 que, se calcula, hay vacías en el barrio. Muchas, muchísimas, ya están ocupadas. Hay tantas, que en un mismo bloque pueden llegar hasta seis. La Asociación de Vecinos apoya esta práctica siempre que sea en propiedades de entidades financieras o inmobiliarias. Nadie en la calle, nadie fuera del barrio. También se pide alquiler social, aunque a veces ni siquiera eso se pueda pagar.

Simplemente no hay dinero.

Una tarde o una mañana cualquiera se ve gente en la calle en horas de oficina. La cifra de paro del barrio escala posiciones. Digamos que, por suerte o por desgracia, hay contingente para parar desahucios. Y para hacer permanencias, repartir alimentos, acompañar a juicios, cuidar niños de otros. Las mil y una tareas que organiza la Asociación de Vecinos.

Ahora en la asamblea, Fili, el presidente —cuarenta años de militancia barrial y bigote de espadachín—, da una buena noticia: por fin el Ayuntamiento ha accedido a sus demandas de montar un centro de formación y un banco de alimentos. Para conseguirlo han estado ocupando un espacio donde el Alcalde Trías imaginó un Fab Lab, una suerte de centro de tecnología avanzada con impresoras 3D —con un presupuesto de más de dos millones de euros— que iba a contribuir a situar Barcelona en el mapa de las ciudades tech o smart, algo muy alejado de los deseos y las necesidades de los habitantes de Ciutat Meridiana. El agosto pasado, la Asociación de Vecinos lo ocupó para utilizarlo como banco de alimentos autogestionado.
 

Desobediencia

Esta no es la primera acción reivindicativa o de desobediencia que llevan adelante. Han hecho muchas desde que empezaron a parar desahucios en el 2011 con la ayuda de 500x20 —organización dedicada sobre todo a temas de alquiler— y también de la PAH. No hay cifras oficiales, pero los vecinos hablan de una de cada cinco viviendas en proceso de desalojo, ya sea en propiedad o de alquiler. Ellos mismos le han dado nuevo nombre al barrio: Villadeshaucio. A algunos vecinos no les gusta. Piensan que la mala imagen puede hacer bajar el precio de sus propiedades.

Lo que es cierto es que Ciutat Meridiana condensa los peores lugares del modelo inmobiliario —fracasado, pero en vías de renovación: inflando la burbuja IIª parte—. Atrapados por las mil formas de la vorágine especulativa, el barrio se va despoblando a golpe de desahucio: migrantes que se avalan entre sí sin conocerse y cuyos impagos se encadenan unos a otros, alquileres públicos que han sido privatizados, ayudas para el pago de la hipoteca de la vivienda protegida que no llegan de Madrid, edificios de banca rescatada vacía o semivacía con guardias de seguridad las 24 horas... Idea para ruta turística por el barrio: tour fin de ciclo, pasee por el modelo económico español.
Mientras, el goteo.
 

Los que se quedan

Desde los primeros desahucios, una riada de gente se ha sumado a las asambleas y las acciones. Como dice Cubi, a medida que ha ido desapareciendo el dinero del barrio, la Asociación de Vecinos se ha convertido en "gestora de la pobreza". Sin embargo eso ha hecho resurgir la movilización. Si en los 70 la lucha vecinal en Barcelona estaba en su pleno apogeo, en las décadas siguientes se convertiría en cosa de unos pocos cabezotas, con distintos repuntes dependiendo del estado general de la movilización social. En Nou Barris —distrito del que forma parte Ciutat Meridiana— siempre ha sido fuerte. A su oposición a un plan de reforma urbanística en 1973 se le atribuye la dimisión del alcalde franquista Porcioles, responsable del desarrollismo barcelonés predemocrático. En las asambleas en las que se gestó la movilización llegaban a juntarse hasta 700 personas. Eran los años míticos de las potentes luchas barriales que se pacificaron después de la transición.

El distrito pobre de la Barcelona rica, sin embargo, disfruta desde entonces de un tejido asociativo sólido que ha hecho posible ahora una plataforma como Nou Barris cabrejada --una coordinadora de más de 100 asociaciones—. Coreografías organizacionales para conseguir ser oídos por el ayuntamiento de CiU—. Un ayuntamiento que niega la dualización de la ciudad y desestima los estudios sobre malnutrición infantil o los que prueban que la esperanza de vida está anclada al territorio por una matemática cruel: alguien de Pedralbes vive una media de ocho años más que un habitante cualquiera de El Raval. Mientras, CiU invierte más en los barrios que menos lo necesitan y privatiza y vende todo lo que puede, recabando apoyos a cambio de mantener encendida un ratito más la llama independentista.

En Nou Barris —lo saben desde siempre— hay que pelear cada columpio, cada beca comedor aunque sea ocupando la Sede del Distrito. Una sede que tiene que ser continuamente protegida por antidisturbios. La última vez, allí mismo, los vecinos conformaron su propia cadena humana, cada uno con una letra que componía las palabras: alimentos, vivienda, trabajo.

Sin esa "gestión de la pobreza" que hacen las asambleas de vecinos la explosión de la burbuja haría derramarse un líquido mucho más viscoso, más difícil, más racista, más violento que el de la protesta ciudadana.

Estas cosas cuenta la gente que acude a la asamblea de vecinos de Ciutat Meridiana un jueves cualquiera. La de hoy termina con aplausos por las pequeñas grandes victorias y porque la semana que viene hay concurso de tortillas en el mercado

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