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El kiosco del Palo en el que se vivía la fiesta

10/03/2014.

Aurelio Buitrago muestra la vara rojigualda de su padre, Rafael Buitrago, alcalde de la panda de verdiales de los Buitrago o de los kioscos. «La vara tiene por lo menos de 60 años para arriba», calcula. Texto ALFONSO VAZQUEZ Fuente. diario La Oinión de Málaga

El verdialero y flamencólogo Manuel López (izquierda) con Aurelio Buitrago, con la vara de alcalde de su padre, en la peña El Palustre. ARCINIEGA

El verdialero y flamencólogo Manuel López (izquierda) con Aurelio Buitrago, con la vara de alcalde de su padre, en la peña El Palustre. ARCINIEGA

Su padre, un amante de los verdiales desde niño, conocido como Rafalillo el de Los Ricos ­–una finca de los Montes junto a Los Gámez, donde se crió– abrió el kiosco familiar en el primero trecho de la Carretera de Olías hacia 1950.

El kiosco de los Buitrago ha sido uno de los mayores divulgadores de la fiesta de verdiales de estilo Montes y un lugar que evoca recuerdos entrañables y alegres a los verdialeros.

Era una cita de los años 50 y 60 que atraía «de 200 a 300 personas» y que se celebraba de lunes a domingo. «Había que pedir permiso gubernativo y eso empezaba a las 5 o 6 de la tarde y hasta que amanecía», explica Aurelio.

La fiesta se celebraba en verano y en tiempo de Pascua, casi todas las semanas. Y en mitad de la carretera terriza porque «por allí pasaba un coche cada dos o tres días, en El Palo había tres coches y yo tenía uno, lo que pasaban eran burros, bicicletas y alguna moto», precisa entre risas el hijo del alcalde de la panda de los kioscos.

Y no eran choques de pandas a lo que se asistía, sino a la actuación cada día de una panda que se formaba por los fiesteros que se encontraban por allí, así que en muchas ocasiones varios de sus miembros repetían. «No había choques, allí se iba a distraer uno y a echar un rato».

Manuel López, de la panda del Arroyo Gálica e investigador del flamenco, recuerda que los choques hoy sólo perviven en Benagalbón. «Consiste en que se acercan dos pandas y al comenzar empiezan a subir de intensidad hasta que una, o bien pierde el ritmo y se va o bien ve que la otra ha subido tanto que no es capaz de subir» al mismo nivel.

Aurelio recuerda esos choques, en los que era tradición que los alcaldes de sendas pandas «cruzaran sus varillas de mando».

En los kioscos no había choques sino rifas, ingeniosos encargos a cambio de una cantidad de dinero que debían ejecutar las pandas.

¿Y cómo aguantaban tantas horas?, un factor importante era el vino pintao, una tradición que continúa en los kioscos: «Había una garrafa en lo alto y vaso va y vaso viento. El vino pintao entra mejor, es vino dulce y vino blanco, una mezcla que va ligerita porque el vino dulce es muy cabezón», explica Aurelio.

En esas fiestas, uno de los que nunca faltaba era el pintor Eugenio Chicano, vecino de unos apartamentos del Candado, donde pintaba. «Tenía entonces la edad en la boca y era una pechá de reír con él, un buen hombre», recuerda.

Tampoco olvida el hijo de Rafael Buitrago muchos fiesteros que coincidieron en la panda de su padre, pues a los kioscos acudían verdialeros de la zona como el vecino arroyo Gálica, Jarazmín, el Jaboneros, La Mosca o San Antón.

Entre los fiesteros de renombre que se juntaban los días de fiesta, el violinista Alfonso Águila, Paco el Nino, Enrique Vilorta, Miguelillo Barcenilla, Antonio el Rucho o Joaquín Palomo. Este último era un violinista o violinero, primo de la madre de Aurelio Buitrago, «que tenía un toque que para la historia del verdial no tiene rival», sostiene.

También tenía fama y mucha Miguelillo Barcenilla como panderetero, sobre todo en los choques de pandas. «Los alcaldes de las pandas los buscaban para los choques porque se cargaba todos los panderos, terminaba con el puño atravesándolos y por eso se llevaba siempre dos o tres».

Legendario del pandero fue también Antonio el Rucho, a cargo de las barrenas en una cantera vecino y luego trabajador de la Porla, con gran fuerza y destreza en los brazos. Y no se olvida de bailaoras como María la Calicha o Maria la Almendra ni tampoco de su hermana, Paca Buitrago, que conoció a su futuro marido en la fiesta, el bailaor Juan Corrales. Eran fiestas que se prolongaban tres días «porque por entonces no había vecinos», apenas tres o cuatro casas y las chimeneas Míchel, conocidas como la fragua, el sitio al que los hombres del campo acudían para arreglar los aperos. Los kioscos del Palo siguen siendo un lugar que vive la fiesta. La panda Arroyo Gálica, nacida en 2009 gracias al tesón de Aurelio Buitrago por crear una escuela de verdiales –en la asociación de vecinos del Palo– ha recuperado las rifas verdialeras en los kioscos. «Intentamos que el estilo por el que tocaron ellos se mantenga», dice Manuel López. Todos los jueves, de 7 a 9, la escuela ofrece clases para que sigan vivos los verdiales en un lugar de gran tradición y sobre todo, grandes fiesteros

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