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Los pechos de Málaga
Los enamorados del Monte San Antón lo comparan con los senos de una mujer.

22/07/2007.

Quien no haya coronado estas cumbres, no conoce la ciudad por todos sus costados. Para proteger este enclave, los vecinos de Pinares han iniciado una guerra sin cuartel

Los pechos de Málaga

Los pechos de Málaga

LLEGÓ a Málaga en los años 80 y le preguntó a un amigo suyo qué tenía que hacer para conocer la ciudad. Entonces, ni corto ni perezoso, su amigo le dijo que para ver, »tocar» y apreciar la urbe en toda su amplitud tenía que subir al Monte San Antón. Y así lo hicieron. El que es ahora catedrático de Botánica de la Universidad de Murcia, Juan Guerra, subió a enseñarle a Baltasar Cabezudo, actual catedrático de Biología Vegetal de la Universidad de Málaga, el Monte San Antón. Y desde entonces, Baltasar tiene una cita casi semanal con este enclave. «Aprovecho los fines de semana para subir y contemplar la ciudad», según indica este ilustre profesor, que hoy hace de guía de excepción de este paraje de gran singularidad paisajística y geográfica.

Subir al Monte de San Antón es coronar los pechos de Málaga, como los llaman los enamorados de este entorno. Y antaño, estas dos protuberancias servían a los navegantes para saber que se acercaban a la costa de la ciudad. Aunque no tienen mucha altura, unos quinientos metros, su gran atractivo radica en cómo a tan sólo unos pasos del mar se alzan con una gran pendiente. Pues bien, este lugar, que Baltasar define como «el mejor mirador de Málaga», es el caballo de batalla de la Asociación de Vecinos de Pinares de San Antón, que ha iniciado una guerra sin cuartel para que se mantenga su protección íntegra. Y tantos son los desvelos que han puesto en estas dos pequeñas cumbres, que están costeando de su bolsillo un estudio muy amplio en el que propondrán a la Consejería de Medio Ambiente y al Ayuntamiento de Málaga los motivos por los que se debe proteger como monumento natural.

1,5 kilómetros de subida

El visitante va digiriendo toda esta información mientras que el paseo se inicia por una senda forestal, a la que sólo se puede acceder andando. La subida es corta, pero dura en verano. Cerca de 1,5 kilómetros con pendiente. El día es soleado, pero el calor se atenúa con una estupenda brisa de levante. El camino tiene un final sensual: los senos de Málaga. «Lo único alto que hay en la bahía de Málaga», puntualiza Baltasar mientras señala las coscojas, pinos carrascos de repoblación y algarrobos, que han sobrevivido a los incendios que han ido asolando este monte. El último, en la aciaga noche en la que también ardieron más de 700 hectáreas de la sierra de Mijas. En julio de 2001. De esta terrible madrugada, y de otros fuegos, todavía se aprecian las copas de los algarrobos y los pinos quemadas. Pero, como buenos ejemplares del monte mediterráneo han sabido rebrotar y luchar contra uno de los principales males de esta climatología: los veranos secos.

«Hay algunos esqueletos de pinos que habría que quitar e incorporarlos al suelo», puntualiza Baltasar, que recuerda cómo antiguamente esta zona era agrícola. Olivos y almendros, cultivos muy similares a los del vecino Montes de Málaga (en la cara norte). Pero antes, mucho antes, en la época de los Reyes Católicos, era un encinar.

La visita de Boissier

Esparto, lentisco, bolinas (una genista típica de la Axarquía), jaras, tomillares y palmitos salpican el camino que, ahora, en verano, no se muestra en todo su esplendor. Entre las citas con más interés de este enclave se cuenta con la visita del botánico suizo Boissier, que dio a conocer a la ciencia el pinsapo de la Sierra de las Nieves. Pues bien, le llevaron a este monte porque consideraban los botánicos malagueños de entonces -y los de ahora- que tiene un gran valor. Entonces, como explica Baltasar, Boissier, citó dos nuevas plantas para la ciencia: el »Cytisus malacitanus», a la que apellidó con el nombre de Málaga como se puede apreciar; y la »Fumaria macrosepala», una interesante especie rupícola (de roca).

Paseando y contemplando la fuerza que tienen algunos algarrobos, el catedrático le echa imaginación al asunto y sueña en voz alta: «Esto podría llegar a ser algún día un bosquete de algarrobos».

El recorrido es pajizo, el color de los montes andaluces en verano. Más adelante, la zamarrilla, la de la virgen. «Es otro tomillo», reseña el biólogo. «Esto también fue un desierto. Sí, se llamaba así a la zona en la que estaban los eremitas». Un último esfuerzo para llegar hasta las cumbres. «Mira, el clavel silvestre», subraya Baltasar. Arriba apenas hay vegetación porque es una zona muy ventosa.

Llegar al cerro es gratificante. Y la pregunta es muy sencilla: ¿Quién no quiere proteger este fantástico mirador? «Quien no quiera proteger el Monte de San Antón, que sea capaz de coronarlo y que después lo diga. Nadie con algo de sensibilidad puede pensar que hasta aquí puede llegar el ladrillo», subraya Baltasar. Lo cierto es que, por ahora, en el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU), la cara sur del monte es suelo urbano (sistema general de parques y jardines, es decir, un parque urbano) y el resto es suelo no urbanizable especialmente protegido, según señalan los biólogos de la Universidad de Málaga Óscar Gavira y Federico Soriguer, que realizan un estudio memoria para los vecinos de Pinares de San Antón en el que se dan las claves de por qué debe ser protegido.

«El Monte San Antón por sus características geomorfológicas, litología caliza dominante y fuertes pendientes, actúa como una auténtica reserva para la fauna y flora en un territorio fuertemente humanizado como son los alrededores de Málaga capital y, en general, toda la Costa del Sol», como subrayan estos jóvenes biólogos. Y en cuanto a fauna, en este monte se han avistado dos nidos de águila perdicera, nidifica el búho real y la lechuza común y también se reproduce el malagueño camaleón. Existen 14 especies de reptiles, entre ellas las culebras bastarda, de herradura y de escalera, así como el lagarto ocelado y el eslizón ibérico. Y de las 75 especies de aves, se avistan también lechuzas, currucas, tarabillas y mosquiteros, el pico picapinos y el herrerillo capuchino. Entre los mamíferos, hay zorros, tejones, ginetas, comadrejas y garduñas. Además, es fácil observar en vuelo grupos de buitres leonados de los Montes de Málaga; y la presencia del jabalí es ocasional.

En contra de construir

Toda esta »artillería» es la que utilizarán los vecinos para intentar que no se construya un hotel en la zona, tal y como indica la catedrática de Genética de la Universidad de Málaga, María del Carmen Álvarez, que está en la junta directiva de la comunidad de Pinares de San Antón. «Preservar el monte nos está costando y nos costará dinero, pero muchos tenemos claro que este enclave tan especial se lo merece», subraya. El estudio propone preservar un total de 117 hectáreas. Por ahora, los vecinos cuentan con el apoyo de la Consejería de Medio Ambiente. «No consentiremos que se construya un metro cuadrado más de monte. Es incomprensible que el equipo de gobierno del PP en varios plenos no haya querido que este lugar, con gran valor paisajístico, natural y cultural tenga una figura de protección», según subraya el delegado de Medio Ambiente de la Junta, Juan Ignacio Trillo.

La visita termina en las cumbres cuasi gemelas. Al norte, la cadena montañosa de los Montes de Málaga; al este, el pico de la Maroma, en el parque natural Sierra Tejeda-Almijara; al sur, Málaga en todo su esplendor; al oeste; toda la costa hasta Fuengirola y las sierras de Cártama y Alhaurín de la Torre. Todo como si se pudiese tocar con la mano de la mirada. En el mejor mirador de la ciudad: sus pechos.

DIARIO SUR

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