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Opinión
L A E S C U E L A

28/05/2014.

«La escuela obligatoria no puede hacer repetidores» «Querida señora: Usted ni siquiera se acordará de mi nombre. ¡Se ha cargado a tantos! Yo, en cambio, he pensado muchas veces en usted, en sus compañeros, en esa institución que llamáis escuela, en los chicos que rechazáis. . .» . Escuela de Barbiana Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Un curso más que se aproxima a su final. Un curso y otro y otro, en una escuela y otra y otra, en un sinfín de escuelas ordenadas, reglamentadas, institucionalmente oficiales, respetuosas con el programa y la parafernalia del papeleo que todo lo haya ido “apuntando”, reseñando, archivando e informatizando, a tenor de los tiempos que la hagan más moderna . . . a la escuela.

                                                            La escuela de nuestros niños más pobres, más desamparados, la escuela pública en semi retirada, en los guetos que se van formando, imperceptiblemente, al socaire de su prestigio puesto en salmuera, según, como último recurso de quienes aún creen en la socialización de todos, al amparo de la enseñanza libre y universal, aunque nada sea como parece, aunque la buena voluntad y el esfuerzo rija los empeños de tanta buena gente que va creyéndose el discurso. . . de la escuela.

                                                            La escuela con su prurito de eficacia y solvencia, tan pública como se pueda en los tiempos que corren, con su autoexigencia rampante en los tiempos que nos rodean, con los mismos resortes que condicionaron su naturaleza de escuela. . . que languidece y selecciona, expurga y ofrece los sacrificios necesarios de quienes ya empiezan a “fracasar” a tan corta edad.   

                                                            La escuela a final de un nuevo curso que se desvanece, con sus balances y sus gráficas, sus evaluaciones y sus memorias, con los niños ansiosos por sus orlas restauradoras de la baja autoestima que se hayan ido labrando, tan pequeños los niños en la vorágine de la meritoria vida que les aguarda. Valgan quienes valgan, según los criterios del sistema que los vaya seleccionando, con su ristra de “excelentes” triunfadores, con sus matrículas honoríficas de los éxitos que se les auguran, con su sarta de “fracasados” y “rechazados”, camino del abandono prematuro, de la marginalidad inevitable, aunque no se presente el plan en carne viva, con montones de jóvenes “aniquilados” por ese sistema que tan bien sabe valerse de “la escuela”, en su adoctrinamiento sibilino de “esto es lo que hay” y el sumidero está al final del pasillo.

                                                            La escuela cruel e insensible, festera y colorista, con los niños y sus babis en fila tras la maestra o el maestro que se yerguen orgullosos, con su plan de curso cumplido, tema a tema, con sus competencias básicas impartidas, sin discusión, con la selección en marcha e imparable.

                                                            La escuela fría e implacable, haciendo su labor, un curso más, configurando el orden establecido, a la voz de “ar”, por el sobresaliente merecido y el insuficiente ganado a pulso.

                                                            La escuela y su parafernalia compulsada y acicalada de individualizada atención, mientras expulsa alumnos con sus credenciales bien determinadas sobre su destino social, desde tan tempranas edades.

                                                            La escuela enjaezada de cursos y recursos a la baja. La escuela en el último grito de la modernidad pedagógica. La escuela demasiado a menudo sin corazón ni alma. La escuela en la mirada triste de los alumnos que no logran vencer las dificultades, que no llegan a escalar el éxito académico que, de momento, les hará sentirse mucho mejor. . . mientras aguardan nuevas indicaciones para seguir en el redil de la homologación imprescindible.

                                                            Torre del Mar 27 – mayo – 2.014

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