Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
V I L E Z A

30/05/2014.

Dícese de la cualidad de vil: acción torpe, indigna, infame. «No se puede usted imaginar lo que es ser tratado como un terrorista» . Esperanza Aguirre. En mis cerca de treinta y nueve años de maestro de escuela siempre he creído acertado tratar de enseñar a mis alumnos sobre la cualidad de la responsabilidad. De imbuirles de la capacidad cívica y por lo tanto ciudadana de saber aceptar la responsabilidad propia, cuando se ha hecho algo mal y, en consecuencia, saber aceptar con dignidad y gallardía toda reconvención, exactamente, por los encargados de preservar el cumplimiento estricto de las normas de convivencia, ajustada a ley y ajustada a la capacidad de convivir de acuerdo a las normas, como para ser reconocido cuando se cumple bien, como para ser reconvenido cuando no se cumple bien, sin mas alharacas o excusas baratas. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

En aras de la propia conciencia que nos permita saber entender que a veces toca aguantar y sobrellevar la pena a la acción mal hecha, porque aunque nos escueza en la ejemplaridad también está la adecuación para que la convivencia sea mejor.

                                                            Porque lo noble, lo digno, lo decente, lo ciudadano es saber aceptar que uno ha hecho lo que no debía y que además . . . le han pillado.

                                                            Como para que resulte obsceno y vomitivo el comportamiento de “la lideresa” madrileña, incapaz absoluta, por lo visto, escuchado y publicado de aceptar que también ella es, nada más y nada menos que una ciudadana más, susceptible de verse sometida a la acción correctora de los agentes de la autoridad, tan legales como para ser reconocidos como tales: agentes de la autoridad, con la discrecionalidad homologada para que dispongan la infracción debida, así como la forma de hacérselo ver a quien haya obrado mal.

                                                            Y es lamentable, por lo tanto,  tan poca altura de inadecuado comportamiento, ausente la ejemplaridad en tan “distinguida” señora, como para desdecir cualquier declaración que salga de tal elementa, al menos para quien suscribe, y a partir de este mismo momento, en la que se le ocurra dar cualquier lección de farisaico civismo . . . a quien no la quiere recibir de ninguna manera.

                                                            Porque ha perdido toda garantía de confianza quien no ha sabido estar a la altura de esa ciudadanía universal para todos cuantos nos enorgullecemos de ella, tanto como cuando sabemos dignificarla como cuando la hemos podido defraudar.

                                                            Tal vez porque la señora en cuestión está convencida de que también en cuanto a la ciudadanía  hay categorías, de primera, de segunda . . . y súbditos. ¡En mala hora!  Como para que ante tanta desfachatez y vileza solo quepa el desprecio más palmario.

                                                            Y resulta ofensivo, pues, que la señora Esperanza Aguirre haya declarado que “se sintió tratada como una terrorista por los agentes de tráfico”, sin que aún se le haya escuchado que simplemente cometió una infracción al detener su automóvil donde estaba prohibido y que, por lo tanto, la única infractora en este caso fue ella misma.

                                                            Y resulta nauseabundo esa disipada liviandad al poner en un brete público y ostentoso a “unos agentes de movilidad” que cumplían con su deber, sin duda, . . .

                                                            Y resulta dolorosa tal reacción altiva y “ofendida”, cuando uno acaba de leer que “un policía nacional acaba de morir apuñalado en una calle de Málaga al ir a detener a un indigente”. . . en el estricto cumplimiento de su deber. ¡Memoria, honor y respeto sumo. . . a quienes cumplen su labor al servicio de la ciudadanía!

                                                            Y, por todo ello, resulta imprescindible que desde el ciudadano más desamparado hasta el más poderoso seamos capaces de someternos a nuestras leyes, con capacidad para aceptar tanto nuestra responsabilidad como nuestro derecho a recurrir, si así se considera, con la elegancia, contundencia y cauce legal, serio y cívico que nos permita ser, exactamente, unos ciudadanos ejemplares, frente a la vileza de quienes . . . no lo son.

                                                            Cuando a la postre solo nos quedaría aceptar y respetar la labor de “nuestras autoridades” exactamente las que laboran a pie de asfalto, en el trato directo con el ciudadano y la ciudadana ejemplares.

 

                                                            Torre del Mar 30 – mayo – 2.014

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