Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
D E S P E D I D A

19/06/2014.

Niñas y niños, mamás, papás, abuelas y abuelos, amigas, amigos, compañeras y compañeros, tras treinta y ocho años, diez meses y doce días siendo maestro de escuela ha llegado el momento de la gozosa jubilación. Voluntaria y bien ganada, sin duda, con el entusiasmo intacto, y el sentimiento de haberme considerado siempre muy afortunado al haber desempeñado tan noble tarea, de acuerdo con el encargo que la sociedad me encargó hace exactamente el tiempo señalado, con la idea de acompañar, guiar, mostrar, enseñar a cuantos se han ido asomando, desde su ingenuidad infantil, a la educación, a la formación y al aprendizaje, encarrilo otra etapa de mi vida, con los recuerdos emocionados e intactos de mis avatares de maestro de escuela. . . pública y universal: Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Porque he sido feliz haciendo mi trabajo. Porque he sido correspondido ayudando a mis alumnos, viendo crecer a mis chicos. Porque me he visto gratificado reencontrándome a menudo, pasado un tiempo, con mis «niños» hechos unos mozos, unos adultos de provecho y coraje, unas mujeres y unos hombres cabales. Porque siempre he tenido la idea de que la tarea de enseñar era todo un maravilloso desafío, un ejercicio de funambulismo valiente por encima del abismo de la vida, sin red y con todas las garantías de la vocación volcada en profesión, en el que podrían caber, muy al fondo, la frustración y el fracaso, el miedo y el rechazo, la baja autoestima y la congoja permanente, incluso con la habilidad de que disponen los niños para disimular que «todo se les viene encima», incluso riéndose de sus «pequeñas o grandes derrotas», cuando ya tan de pronto se les va marcando con la «F» implacable del «insuficiente» irremediable, mientras el horizonte de la fuerza y la fe en las propias fuerzas se iba conformando. Porque siempre he entendido que por encima de toda la burocracia y la didáctica estandarizada debía estar el niño, el ser humano, tan frágil, tan absorbente, tan necesitado de un modelo, un ejemplo, un ánimo, una felicitación, incluso y por qué no, venida de una exigencia coherente y precisa, motivando el afán por aprender, para saber, para comprender, para amar . . . por el sagrado interés de «aprender cada día algo nuevo». Porque siempre he creído que era vital e irrenunciable el entorno acogedor, el trato respetuoso y afable, la lealtad a la individualidad de cada alumno, la confianza y el estímulo. . . porque todos eran insustituibles, porque cada uno ha sido inolvidable. Porque, con todo, no hay nada más fácil que trabajar con niños inoculados de autoestima en sus capacidades y en sus ilusiones, entendidas estas posibilidades tan distintas como respetables, hayan sido capaces de llegar hasta donde lo han ido logrado, ¡cómo no!. . .porque valían y valen mucho más de lo que el sistema llegó a creer en ellos, cuando solo se tuvieron a sí mismos. Porque y en consecuencia solo podemos aspirar a mejorar la formación de nuestros jóvenes, con competente ejemplaridad, con la necesidad social de acoger a nuestros pequeños en el sistema de valores que conllevaría a una sociedad mejor, más justa y solidaria. Porque no he querido renunciar jamás a mis principios, porque en el frontispicio de mis aulas convivían la risa y la gravedad. Desde la dedicación que ahorraba de toda huera importancia al docente envanecido : «El maestro Ciruela que no sabía leer y puso escuela». Hasta los valores que no podían olvidarse en ningún momento: Interés para aprender, para conocer, para saber. Esfuerzo para no rendirse, para progresar, para llegar más lejos. Respeto hacia quien fuera «distinto», para ser capaces de escuchar, de participar, de hablar y opinar. Responsabilidad sin buscar excusas y atajos. Con la valentía de quien sabe que, al cabo, se ha llegado a ser dueño y árbitro de los actos que le habrán de definir como alguien digno, decente y responsable. Porque, al fin, se trataba de eso. De ser capaces de llegar a tocar el cielo de la ilusión y las posibilidades que se hacían cercanas, realizables. De ser capaces de aceptarse y reconocerse con el título de la canción de Calle 13: «Nadie como tú» «Nadie como cada uno de mis alumnas y alumnos. .. a lo largo de mis casi 39 años de profesión docente» Porque, al fin, y en el momento de mi despedida solo puedo y debo manifestar mi agradecimiento a cuantos han dado sentido a gran parte de mi existencia vital, especialmente a mis alumnas y alumnos, sin excepción alguna. Porque, después de todo, solo se trata de haberse sentido útil, humano, bueno, «en el buen sentido de la palabra», pidiendo perdón por cuanto se haya podido hacer mal, dando las gracias por haber «crecido» tanto con tantos y tantos niñas y niños maravillosos. . . habiendo intentado simplemente ser «felices». . .aprendiendo un poco, aprendiendo que era posible aprender. . . ¡más de lo que uno se había imaginado . . .! Porque el equipo ha funcionado hasta el último minuto, hasta el último segundo. . . de mis treinta y ocho años, diez meses y doce días . . .enseñando a mis alumnos que nadie era menos ni más que otro. ¡Gracias! Torre 30 junio – 2.014

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