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É R A S E U N A V E Z . . .

28/06/2014.

Bajo el embozo de mis recuerdos infantiles, al anochecer mágico, tras las contraventanas que adivinaban las anochecidas cantarinas en el pueblo de mi padre, en la casa de mis abuelos paternos, con mi arrobo de niño veraneante, escuchando las historias, los cuentos que me relataba mi prima mayor Aurora, sacados o leídos directamente de unos cuentitos minúsculos que salían entre las onzas de chocolate Zahor.

Benditos instantes de ensimismamiento, de hechizo deletreado, de hadas y ogros, de princesas y príncipes, de casitas de caramelo y sapos parlanchines. . .de héroes y villanos, de sueños tranquilos y amaneceres ensortijados de trinos y haces de luces solares, mientras me desperezaba reconociendo sonidos y fragancias, mientras hervía la leche recién ordeñada y se guisaban las sopas en el blanco espesor de la leche que borbotaba. Érase una vez en el corolario imprescindible de mi vida echada a andar, junto a la de miles y millones de niños y jóvenes y adultos que, a diario, también soñaban a dejarse mecer en la fantasía y la magia de los cuentos, de las historias eternas, tan bellas, tan entrañables, . . . sin que a nadie se le ocurriera poner un pero a la imposible y sucia tarea de descreer de cuanto se imaginaba y se vivía, como si fuera tan real la necesidad de dar por sentado que la fantasía y la magia formaban parte de nuestras vanas existencias . . .a tiempo completo. En estas se nos ha ido Ana María Matute, tan entrañable y dulce como su mirada, como su sonrisa, como su verbo tierno y emocionado, tan vivido, tan mágico, tan libre como sus historias, comos sus cuentos que olían y se masticaban de pura y sencilla humanidad, tan cercanos, tan reales y tan mágicos. . .para que solo se pudiera distinguir la verdad de sus personajes, sobre los cantos rodados de los reinos inventados, de los pueblos de adobe y humo de hogar. Ana María Matute, en el cielo de las cuentistas que nos acompañarán por y para siempre, para apuntarse a la cálida presencia de una estrella nueva que ya esté adornando las noches ateridas de luceros y lunas, atentas a los susurros de los cuentos que se lean, que se digan, que se recuerden. . . para no sentirnos, nunca más, solos. Gracias Ana María por tu delicadeza, por tu atrevimiento a imaginar, a soñar, a creer a pies juntillas que nada es imposible y menos la magia que. . . ¡es tan real!. Torre del Mar 28 – junio – 2.014

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