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La torres del Calderón y los arquitectos. Indignación y tristeza

19/07/2014.

Por Eduardo Mangada | ¿Los buenos técnicos municipales han informado favorablemente esta operación? ¿O se ha escamoteado a los responsables políticos el informe técnico pertinente? Texto. Eduardo Mangada Fuente. nuevatribuna.es

Foto: Rubio & Álvarez Sala estudio de arquitectura

Foto: Rubio & Álvarez Sala estudio de arquitectura

En El País de los días 2 y 3 de julio se publicó una amplia información que ocupaba tres páginas casi completas, incluyendo infografías y planos de ordenación, sobre la «Operación Mahou-Calderón», tal como la denomina el ayuntamiento de Madrid. Mi primera reacción frente a la propuesta urbanística, frente al diseño urbano en que se concreta, tanto en planta como volumétricamente, fue de una espontánea indignación ante la zafia, la paleta imagen de un futuro Madrid. Indignación que se hace más violenta cuando analizas el conjunto de chapuzas torticeras jurídico-administrativas a las que ha recurrido el Ayuntamiento para dotar de una aparente legalidad a esta actuación, remitida al futuro e inmediato nuevo Plan para su consagración como un hecho firme e inamovible. Y todo ello para «fabricar un perfil característico y dar personalidad a este trozo de Madrid». Cinismo o incultura urbana. Indignación mezclada con tristeza cuando leo que «La reforma es fruto de una reflexión previa de los arquitectos Luis Fernández-Galiano, Carlos Rubio-Carvajal y Francisco Mangado sobre la manzana ideal contemporánea. A partir de sus conclusiones, tomando las mejores características de los ensanches de los siglos XIX y XX (y, singularmente, el de Barcelona de Ildefonso Cerdá), se estudió la topografía del área para diseñar una maqueta virtual en tres dimensiones». Ninguna de las afirmaciones de esta reseña periodística ha sido desmentida por los arquitectos citados, pudiendo deducir que las asumen como propias. Añádase a este pobre discurso urbanístico el apoyo servir y pueril del decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid que, tras exaltar el nuevo «skyline del sur» que esta actuación construiría, acaba con la ridícula afirmación de que con el espacio liberado del estadio «se crea un espacio estancial que recuerda la antigua pradera de San Isidro». La «esencia de la antigua pradera de San Isidro», dice la alcaldesa. El 3 de julio el ayuntamiento aprobó inicialmente el Plan Parcial que ordena el ámbito, con lo que puede entenderse que cualquier reflexión crítica de esta operación está fuera de lugar y de tiempo. No obstante, apaciguada la indignación del primer momento, creo necesario exponer públicamente las razones que pueden apoyar una oposición radical a este desafuero urbanístico. Dejo la crítica jurídico-administrativa a otras personas más cualificadas, para centrarme en el proyecto urbano resultante de la «reflexión previa» de tres prestigiosos arquitectos, amigos respetados y altamente valorados por mí, aunque extrañamente equivocados en este caso, tanto por su apoyo a un negocio inmobiliario indecente como por la propia propuesta forma que, al parecer, han diseñado. Por esto mi tristeza. La referencia a la «manzana ideal contemporánea» amparada por la mejor tradición de los ensanches, es una búsqueda de legitimidad tan superficial e irresponsable que no merece más que el desprecio. Sobre todo cuando se compara este reclamo intelectual con el salpicado de torres en que se concreta la volumetría proyectada. Basta ojear la planta en la que se plasma la ordenación, sin necesidad de ser un avezado urbanista, para comprobar que de un sembrado inconexo y banal de «torres» se trata, ajeno a cualquier tradición urbanística mínimamente culta. Las torres más bajas, con la pretensión engañosa de adaptarse a las edificaciones del entorno, como un espacio de transición entre la ciudad existen y el gran grito de modernidad de esa pareja de «rascacielos», que como una nueva puerta de Madrid se elevarán idénticos y simétricos. Solo les falta inclinarse un poco en una recíproca reverencia para constituir una réplica de sus repulsivos parientes que más al norte formalizan la llamada «Puerta de Europa». Resulta ridículo que se invoque un «estudio de topografía del área» o la comprobación de las sombras arrojadas por dichos rascacielos como sustento básico en que se apoya y justifica la propuesta volumétrica. Ridícula y triste si este razonamiento se debe a unos arquitectos cuyo prestigio y nombre merecen ser dedicados a causas más nobles que al apoyo de un escandaloso negocio inmobiliario otorgado a FCC por el benevolente Ayuntamiento de Madrid que, ufano de su gestión por el bien de la ciudad y del deporte, exhibe que esta operación, incluida la ampliación de La Peineta, no le va a costar ni un duro a los madrileños. Todo lo paga FCC gratis et amore después de embolsarse suculentos beneficios gracias al regalo de nuestros munícipes, propensos a beneficiar con concesiones o privatizaciones a los agresivos representantes del capitalismo financiero. ¿Los buenos técnicos municipales han informado favorablemente esta operación? ¿O se ha escamoteado a los responsables políticos el informe técnico pertinente? Si así fuese, cabría esperar alguna protesta pública de dichos técnicos en defensa de su dignidad profesional. A nadie quiero invitar a la dimisión, tal como está el mercado laboral en este atropellado país. Y como final. Si esta es la forma de construir la ciudad, entendida como una cadena de negocios inmobiliarios concedidos a promotores próximos ideológicamente (cuando no socios) por parte de nuestra Alcaldesa y su equipo de gobierno, nada de lo que dice el Avance del nuevo Plan General es creíble y sus buenos deseos de «recualificar la ciudad» quedan en hueras palabras. En un artículo anterior afirmé que la idea de plan como mecanismo normativo que regula la acción privada y la pública en la construcción de la ciudad, es esencialmente incompatible con una política neoliberal que tiene como seña de identidad y bandera guía la desregulación de los mercados y la privatización de todo lo público. Privatizar la ciudad como símbolo de lo público, lo común por excelencia

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