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Vocalía de Flamenco
Sara Baras se queda en el intento de abarcarlo todo en La Unión

12/08/2014.

Zapatera, a tus zapatos... o a tus zapateados, cabría decir con más exactitud tratándose del baile de Sara Baras. No es la primera vez que decimos que a los últimos espectáculos de Sara Baras le sobra todo lo que no es su propio baile. No se puede estar en misa y repicando, sobre todo si no se sabe de la misa más que la mitad, es decir, si se ignora mucho sobre escritura teatral, dramaturgia, escenografía y coreografía y otros elementos del espacio escénico que, sin embargo, ella se empeña en abordar en solitario en cada uno de sus últimos espectáculos. Fuente: Diario El País

La bailaora Sara Baras, durante su espectáculo. / PEDRO VALEROS

La bailaora Sara Baras, durante su espectáculo. / PEDRO VALEROS

Así ocurre, revisado y aumentado, en su último espectáculo, Medusa, con música de Keko Baldomero, recientemente estrenado en el festival de Mérida, y presentado la noche del lunes en la cuarta gala del festival del Cante de las Minas de La Unión.

Nada más comenzar el ballet, la presencia pétrea de los dioses Poseidón y Atenea (como si hubiesen sido víctimas de los ojos de la Medusa) está entre el teatro de salón parroquial y una falla valenciana. Lo mejor de Sara Baras, lo que la convirtió en una bailaora ante la que se rendía cualquier público, era aquella naturalidad de su enérgico y femenino baile, la muchacha gaditana que bailaba como un impulso genuino, vital. No es que pensemos que deba quedarse siempre en eso, que no pueda ir más allá, pero el resultado de su ambición crea un espectáculo pretencioso que hace aguas por todas partes, que necesita de una revisión escénica de principio a fin.

Porque si se pone maravillosa sobre el suelo nos acordamos de que no es una bailarina de contemporáneo ni tampoco Marina Ibramovich; si se pone trágica nos recuerda que no es Margarita Xirgu, como no es tampoco Shakespeare ni Lluis Pasqual ni nada que se le parezca. Podríamos resumir todo en lo siguiente: cuando baila (flamenco) todo va bien; cuando dirige y quiere ser Lindsay Kent, el tinglado se viene abajo estrepitosamente.

Hay dos momentos brillantes que, no casualmente, coinciden con su baile, con sus taconeos que preludian, anuncian o marcan la tragedia. En la primera parte, cuando, todavía pura e inocente, baila antes de la violación por Poseidón. Y después, cuando ya ha sido condenada a la soledad y al poder fatal de sus ojos, que petrifican a todo el que la mira, y baila a dúo con José Serrano (Perseo). El resto es prescindible.

Tampoco añaden nada unos versos del cantautor Javier Ruibal, que van siendo desgranados a lo largo de la obra. Quizás una voz que hubiese pautado la obra hubiese servido, al menos, para introducir y explicar la historia a los espectadores que no conozcan el mito griego en el que se basa la historia (en La Unión se da la nefasta costumbre de no repartir programas de mano), ya que al parecer de lo que se trata es de hacer teatro.

En unas recientes declaraciones, a propósito del estreno del ballet en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, la propia Baras decía: "A veces sí que apetece bailar por bailar, ser tú misma y utilizar el cuerpo por encima de todo". Pues eso, señora, ¿por qué no baila usted, que es lo que verdaderamente la ha hecho grande

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