Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
S A B O R E S P E R D I D O S

24/09/2014.

A la umbría de las choperas que flanqueaban la corriente mansa y amenazadora del río que enmarcaba el relajo de la familia, campestre, reunida alrededor de un mantel extendido sobre la hierba que despedía cierto aire a tufo de alga fluvial, de agua dulce y berraña filamentosa, peligrosa, apenas asomándose sobre la superficie del río que callaba y apena susurraba su paso incesante ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Mientras mi madre desplegaba las viandas, humildes, contundentes y sabrosas. Tan apetitosas como abundantes, con esa gastronomía de campaña que entonces nos reunía muchos domingos, a orillas del río que apenas lograba refrescar el bochorno que se cernía. Con la hogaza de pan blanco, candeal, abierta a todo lo largo de su masa inmaculada para abrazar y contener los filetes empanados que había ido rebozando y friendo mi madre junto a unos pimientos verdes, fritos, de huerta, que exhalaban su aroma tentador.

Todo ello como principal sustento de la comilona que ya aguardaba, a ras de tierra, junto al entrante singular y personalísimo que no podía faltar: la ensaladilla de arroz. Sin llegar a estar apelmazada, bien revuelta hasta hacer homogénea una masa variopinta, con la base de arroz blanco, cocido y suelto a la vez, bonito en escabeche, cebolla, aceitunas picadas. . . y todo ello ligado y reunido por una mahonesa fabricada en casa, a mano, como un rito, a goteo y meneo en la misma dirección, con igual cadencia. . . rezando para que no se cortara, con ese prieto aroma de aceite gordo, verde, que yo había ido a adquirir ante el expendedor del émbolo que hacía asomar el aceite, en la capacidad solicitada, con la sedosa soltura de la manivela a mano. . . y yo miraba embelesado

. Para conseguir, al cabo, ese milagro que he sido incapaz de reproducir, aunque aún logre hacerme la vana ilusión de conseguirlo, cuando aún se conserva el reflejo de su memoria apetecida, cuando y sin embargo no es posible reencontrarse con lo que se recuerda. . . porque se incorporó, entonces, a mi adn espiritual, de felicidad humilde, de felicidad doméstica, sin mayores pretensiones que las que nos dejaba gozar de días estivales, cuando las vacaciones se prometían exóticas, y nos conformábamos con aquellas emociones que anunciaban los relámpagos lejanos, mudos, imponentes y temibles, a expensas de su llegada imparable al caer de la tarde, presos de la tormenta veraniega que seguro terminaría por cernirse sobre nuestras prisas y risas por recoger los restos de un día inolvidable, a la fresca de las choperas que enhiestas rompían la línea horizontal. . . Mientras los sabores de entonces permanecen en la desmemoria que pugna por no dejarse desvanecer.

Torre del Mar 25 – septiembre – 2.014

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