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Vocalía de Flamenco
CUATRO GATOS EN LA BARRIGA

25/09/2014.

Marina Heredia también quiere ser cantante. Solo hay que ver las fotografías que ilustraban el programa de mano. Otra tomadura de pelo de la Bienal, anunciando como estreno absoluto un concierto pseudoflamenco que aplaudieron los de las primeras filas, los de las entradas de protocolo, y pocos más. Escrito por Manuel Bohórquez en La Gazapera

La cantaora de Granada, que en la pasada edición le dieron el Maestranza y en esta el Patio de la Montería de los Reales Alcázares – ¿ha resucitado la Niña de los Peines, acaso?–, desperdició una buena ocasión de demostrar por qué merece tal honor, si es que lo merece.

Desde luego, no por lo que hizo anoche, que si no llega a traerse al padre, el cantaor Jaime el Parrón –qué voz más jonda–, le hubiéramos tenido que pedir un pellizco prestado a Curro Romero, quien estuvo presente, como siempre acompañado por su atractiva esposa, doña Carmen Tello. ¿Qué habrá pensado el Faraón de Camas, con lo que chanela sobre el arte de lo jondo, de este concierto? Marina no canta mal, tiene una preciosa voz gitana con dejillo granadino y es guapa de marearse.

El mundo del flamenco la recibió bien y podemos decir incluso que la mima. Entonces, ¿por qué no corresponde cantando flamenco y estudiando un poquito más? La Bienal no es el Gazpacho de Morón, donde este verano estuvo estupenda. Y si se viene a estrenar un espectáculo a un festival de esta categoría y en un marco como el Alcázar, se viene a eso y no a tomarle el pelo a la organización y al público.

Se puede o no acertar con el repertorio, pero lo del estreno absoluto no existió y, por lo tanto, es un fraude. O así debería ser considerado. Cantó sus cosas de siempre y, además, sin el duende de siempre, demasiado tensa, sin soltura. Y la verdad es que cuando apareció acompañada de su padre, quien cantó un sentido y viejo romance, pensé que iba a ser una buena noche para Marina. Sin embargo, en la granaína, donde desdibujó una del gran Tomás Pavón –Que le llaman la Alcazaba–, enseguida comprendí que no venía motivada, centrada, para ofrecer una buena noche de cante.

En los tientos –con guiños a Morente–, su guitarrista, José Quevedo El Bola, estaba tan alucinado mirando a los vencejos del Alcázar que no la cogía, o era ella quien no entraba en el compás. Y a todo esto, Miguel Ángel Cortés de segunda guitarra. ¿Alguien entiende lo que está pasando en el flamenco? En las cantiñas ya empezó a centrarse un poco. Y fue cuando decidió cederle el timón a su padre, El Parrón, que nada más templarse por soleá, acordándose de Juan Talega y pensando en Juanillo el Gitano, sospeché que la noche podía cambiar.

Sí, porque Marina se quiso medir con el padre en los aires apolaos de Cobitos. Se fue del escenario y nos dejó a El Bola para que nos tocara solo una bulería por soleá que dedicó a Curro Romero. Y entonces, la cantaora subió al escenario con un traje nuevo, de una belleza increíble, guapa para reventar. Y con ella un gran músico, Joan Albert Amargós, y el trompetista Julián Sánchez. El piano ya lo había colocado antes y me temíamos lo peor.

Marina aparcó el flamenco y como no estábamos en la Bienal, sino en el Festival de la Canción de San Remo, se puso a cantar canciones melódicas, una de ellas mexicana –Fallaste, corazón–, y ahí se acabó el carbón. Fallaste, Marina.

Después siguió cantando flamenco, pero ya teníamos cuatro gatos peleándose en la barriga. No entendí nada, de verdad. Una absoluta decepción. Es una lástima que tan buena cantaora haya desperdiciado esta gran oportunidad, una más, de afianzarse como una de las voces más prometedoras del cante actual. Supongo que ella tendrá otra opinión, así que esta crítica no habrá servido para nada. Como siempre.

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