Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
I N F A N C I A

26/09/2014.

Cuando me invade la nostalgia y regreso a mi infancia, algo difuminada, puedo concluir que constituyó un periodo tan feliz como imborrable, al menos en lo que aún recuerdo, al menos en cuanto sensaciones recobradas de alguna manera se refiere, de entonces, ingenuas y sentidas hasta las imágenes que vuelven a hacerse visibles, con mis padres, por ejemplo, tan atentos y orgullosos de su primogénito, en pantaloncitos cortos, con su flequillito rectilíneo y su mirada inquieta, seguramente, curiosa y repleta de sueños que iban acumulándose sin que yo me percatara de ello, como aquella vez que nos retrataron, al salir de misa, y sonreíamos tan felices los tres. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Así pues que el balance, a bote pronto, de mis años infantiles solo puede presentarse como muy agradables, incluso rozando la felicidad que se espera sea capaz de gozar un niño bien criado, en una familia de bien que estuviese pendiente de su chico mayor, en un ambiente de hogar de la época.

Aunque también es verdad que si me detengo un poco más es posible que surjan algunas razones para pensar lo contrario, aunque solo fueran inconvenientes puntuales y pasajeros, como cuando los sábados mi madre me desollaba los tobillos y las rodillas con el estropajo de esparto hasta que reluciese la piel, o como cuando aparecía el tocino sin veta entre los tropiezos de la carne, la morcilla y el chorizo del cocido, y a mí se me ponía un nudo en el estómago, y mi padre insistía que ése era el mejor bocado, mientras yo hacía leves presiones con el pan sobre el trozo de tocino que no se deshacía, dando largas . . .

Y con todo, el balance seguía siendo positivo, y los recuerdos son amables y felices, como para creer que mi infancia fue placentera, sin duda. Y sin embargo puedo recordar que como un velo, tal vez como cuando la canícula aprieta y reverbera, o cuando la bruma otoñal se va levantando y extendiéndose como una amenaza parece lista a ocupar el paisaje que se reduce. . . iba extendiéndose sobre la existencia de antaño,

como si la risa estuviese vigilada y nada fuera iluminarnos tanto como fuéramos a ser capaces de soñar. Porque algo gris, algo tenue y denso, como un secreto sobrellevado ocupaba el éter de la atmósfera que nos envolvía.

Y embriagaba sin que acabáramos de percatarnos. Como cuando iba a pasar la tarde a casa de una amiga de mi madre, en la que solían reunirse ambas damas para pasar las tardes, cosiendo, charlando, en la sala de estar, mientras sobre el suelo embaldosado, frío y limpio, jugábamos su hijo y yo, de parecidas edades, sin meter mucho ruido, con la luz encendida a media tarde, tan amarilla, con los visillos a medio abrir, mientras mi amiguito y yo seguíamos entretenidos, por ejemplo, con un cine xin que nos regalaba diapositivas coloreadas de pato Donald. . .hasta que nos cansábamos y jugábamos a los platillos en las baldosas de líneas curvas y rectas que nos permitían fijar circuitos originales, mientras se aplanaban las tardes, mortecinas, al paso de la rutina repetida demasiadas veces. . .tan parecida. . . y los rompecabezas aguardaban para cuando ya no supiéramos a qué jugar, si no fuéramos a jugar al escondite y agazaparnos bajo las camas. . .hasta que . . .nuestras madres corrían a reñirnos y volvernos al redil de sus faldas tubo.

Torre del Mar 26 – septiembre – 2.014

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