Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
S O P A S D E A J O

29/09/2014.

Recuerdo a mi padre, ya anciano, cuando al atardecer se disponía a prepararse sus sopas de ajo de todas las noches para cenar. Sobre la mesa de formica, amarilla y veteada de negro, la mesa sobre la que yo recuerdo las comidas familiares de de a diario y de rigor, de siempre, de toda la vida, alrededor de la cual mi familia aprendía a mirarse y a contarse los sucedidos cotidianos, siquiera de soslayo o a la carrera, masticando como se debía, dejando los platos limpios como nos indicaban a diario, con los codos apoyados, a la vez que escuchábamos el parte radiado, texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

mi padre, ya anciano, con su parsimonia propia de su naturaleza y edad, cortando y laminando las sopas perfectas sobre el plato blanco, hondo, muy viejo, algo descascarillado, muy aplicado mi padre sobre su labor minuciosa, mientras hervía el agua en el fuego, con unas gotas de aceite desperdigando circunferencias oleosas sobre el borboteo creciente.

Mi padre prefería el pan «sobao», menos proclive al desmigado aleatorio, y después de haber dejado que cogiera mayor consistencia procurando que pasaran dos o tres días para aplicarse a la tarea.

También y a la vez ponía a hervir unos cuantos dientes de ajo y un pimiento abierto en tiras que picara un poco, mientras la cocina se iba enfrascando de cierta atmósfera húmeda que condensaba cuando, al cabo, fuera a depositarse en los cristales más fríos, empañando el vidrio y nebulizando la noche que se cernía afuera, aterida, evocadora.

Sin que mi padre desatendiera la tarea hasta reunir las sopas que echaba sobre el agua a punto, junto a unas miajas de sal, para que fuera tomando contundencia sopera todo el conjunto y quedara la cocina y la casa entera del aroma a sopas de ajo caseras, humildes, sabrosas, reconstituyentes, reconocidas por la memoria entrañable de mi padre que echaba la mirada atrás, sin consultarnos.

Como cuando me contaba y yo era un mocoso que escuchaba y trataba de imaginarlo como, también a diario, cuando mi padre era un mocete y junto a su familia, allá en el pueblo, desayunaban sopas de ajo, de madrugada, de aún noche cerrada, estrellada, tomando fuerzas para el trabajo en el campo que aguardaba, a la intemperie, a una o dos horas de camino largo, silencioso, hacia lo alto de las lomas donde la mies agostaba la espera de la siega certera, humana y sudada, recogida la mies en haces que luego habrían de esparcirse sobre la era para ser trillados con objeto de obtener el grano. . .mientras se aventaba la paja extendida y reseca.

Y ya iban espesando las sopas y ya se mostraban tan apetitosas, mientras mi padre las dejaba reposar. . . hasta la hora de la cena, hecha la labor que le reconciliaba, a diario, con su pasado. . . irrenunciable.

Torre del Mar 3 – octubre – 2.014

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