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Vocalía de Flamenco
LO PURO MANDA Y CONDENA

29/09/2014.

Es curioso pero el atrevimiento puede ser sinónimo de valentía o de imprudencia, de arrojo o de temeridad. Por eso, sentimos cierto miedo por lo categórico del título de Cantaoras. Lo puro manda y por lo pretencioso de un programa de mano donde ya intuimos que la balanza se iba a inclinar sobre lo peyorativo del término. Escrito por Sara Arguijo (Diario de Sevilla)

El flamenco es muy difícil. Exige dedicación, oficio, estudio, pasión, entrega absoluta... y estar preparado para admitir que ni todo esto promete la gloria. En este sentido, poner la pureza como reclamo es un acto de osadía que habría que ahorrarse. Por un lado, por lo distorsionado del concepto y, por otro, porque no es honesto si no es verdad.

Zamara Carrasco, Mara Rey, Amparo Lagares y Anabel Valencia son artistas de raza que, en algunos casos, auguran importantes carreras pero tienen sus limitaciones. No son cantaoras largas y no estaban para abarcar un repertorio que incluía prácticamente todos los palos del flamenco y que pretendía recordar a casi todas las grandes del cante (La Serneta, La Peñaranda, La Perla de Cádiz, Pastora Pavón, La Paquera...). Lo sentimos, pero ambas cosas necesitan mucho recorrido. Y no es que buscáramos la imitación pero no basta con acancionar las letras.

El espectáculo estuvo la mayor parte del tiempo acelerado y forzado. Se acudía a la sobreactuación y a la apariencia como forma de distracción del espectador al que pocas veces se le invitó al recogimiento. Hubo también problemas de sonido y de reverb. Y no pudimos apenas disfrutar de las voces de cada una de estas cantaoras en solitario y de lo mejor que saben hacer porque se optó por lo recargado. Demasiada voz, demasiada competencia, demasiado en juego.

Aún así, es de justicia hacer diferencias y Anabel Valencia estuvo muy por encima de sus compañeras. No sólo porque fue la más flamenca sino porque se arremangó mucho más en los cantes y demostró unas cualidades vocales y una fuerza escénica que le hacen merecedora de un espacio propio. También Amparo Lagares dio cuentas de una voz dulce con la que puede hacer muchas cosas. Esperamos que ambas encuentren otros lugares en los que pararse y buscar el temple. Porque lo demás fue pose. Un flamenco que como ocurrió con las fotografías de las cantaoras homenajeadas quedó distorsionado por sus propios elementos.

 

EL BAILE ERA EL CENTRO

Escrito Por R. Gómez (Diario De Sevilla)

Como cada Bienal, el Hotel Triana acoge los frutos de esa geografía andaluza en la que el flamenco es todavía una forma de vivir. El sábado le tocó a Morón de la Frontera, localidad flamenca donde las haya y célebre, sobre todo, gracias al movimiento generado en los años 60 y 70 en torno a Diego del Gastor. Casi todos los artistas que intervinieron son descendientes del genial guitarrista y de su cuñado y compañero, el cantaor Joselero. Al cante, Juan José Amador, Guillermo Manzano, David El Galli, Moi de Morón y una sabrosa propina del aficionado local El Carpintero.

A la guitarra para el baile dos Iglesias (Eugenio y Paco) y en solitario, la cara y la cruz: esa fuente de rítmica y de inspiración inagotable que sigue siendo Diego de Morón (hijo de Joselero), aunque la técnica a veces se le resista, y la maestría impecable que está demostrando el joven Dani de Morón.

Pero como reza en el título, el baile, el buen baile de Morón, era el centro. Jairo Barrull bailó unas alegrías rotundas y con toda la fuerza de sus 30 años en los pies, provocando varias veces el aplauso con sus remates farruqueros y sus carretillas de un lado al otro del escenario. Junto a éste, Pepe Torres (sobrino nieto de Diego del Gastor) por soleá. Rápido y fuerte de pies, como Pepe Ríos y otros maestros, pero con un braceo elegante y pausado y con una forma de pararse que raramente se ve en los bailaores actuales. Su modo de conjugar la espontaneidad con una técnica impecable fue sin duda lo mejor de la noche.

Aunque la artista invitada, Carmen Lozano, armó la revolución con ese baile lleno de nervio que se desborda por momentos como un auténtico ciclón. Con todo, es su manera de recogerse por abajo lo que le aporta más flamencura. Una buena velada que podría haberse disfrutado mucho más si la manía de todos por subir el volumen no hubiera ensuciado la labor del cante y de la guitarra

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