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Vocalía de Flamenco
QUE VENGA «DIOS» Y LO MEJORE

30/09/2014.

De los muchos cantaores jóvenes que hay en la actualidad, Jesús Méndez y Antonio Reyes son los más destacados. Son de Cádiz, el primero de Jerez y el segundo de Chiclana. Tienen un buen metal, compás, vocalizan bien y a ambos les gusta el cante por derecho, no las canciones o las coplas. Escrito por Manuel Bohórquez en La Gazapera

De los muchos cantaores jóvenes que hay en la actualidad, Jesús Méndez y Antonio Reyes son los más destacados. Son de Cádiz, el primero de Jerez y el segundo de Chiclana.

Tienen un buen metal, compás, vocalizan bien y a ambos les gusta el cante por derecho, no las canciones o las coplas. Y son artistas, les gusta el escenario y se mueven bien por él. Son buenos copistas, aunque esto parezca un insulto, que no lo es.

En la música clásica, el buen copista es el que sabe interpretar bien una partitura, y son respetados. En el flamenco, llamar buen copista a un cantaor o a un guitarrista es arriesgarte a una buena regañina, si no por parte de los artistas, sí de sus seguidores, que son ya muchos. Cantaores, así se llamaba el recital de anoche en el Lope de Vega. Los dos lo son y quedó bastante claro. Uno, Jesús Méndez, es un claro exponente del cante de Jerez, de una fuerza sobrehumana, que recuerda unas veces al Sernita, otras al Diamante Negro, Chocolate, Mairena o Terremoto. Como el que tiene la fuerza es el que la usa, suele buscar siempre el límite de su voz, es ahí donde se siente bien y donde transmite más.

Y no quiso empezar con algo liviano, sino con romances y tonás, con tanta fuerza que temblaba la lámpara del teatro. Y buen gusto. Luego, unas bulerías por soleá al clásico estilo jerezano, excelentes en el compás, con buenas palmas y una guitarra jerezana, la de Manuel Valencia, que podría hacer cantar de nuevo a Terremoto. Qué manera más flamenca de sonar. Como estaba en Sevilla, y aunque Chocolate recibió su primer beso de luz en Jerez –pero en el cante era más sevillano que jerezano–, lo recordó por tarantos, los de Manuel Torre, con una tremenda jondura.

Buen cante para abordar luego las seguiriyas, que es uno de los cantes en los que este joven portento jerezano suele fajarse más y mejor. Fue al límite, siempre arriba, salvo en el cante de El Marrurro, donde a la hora de hacer sus famosos ayes se tragaba la voz de una manera espeluznante. Se lo dedicó al torero jerezano Rafael de Paula, que estaba en el teatro. Y la remató con la cabal de Manuel Molina, sin efectismos –este cambio se presta bastante a ello–, por derecho, coronando muy bien el cante sin descomponer en ningún momento la figura melódica.

Acabó su actuación con una zambra caracolera, acompañado al piano por esa maravilla de Cádiz que es Sergio Monroy. No era fácil salir al escenario después de este torrente de voz. Pero ya en las tonás de salida, el chiclanero Antonio Reyes Montoya apuntó por dónde quería ir. Acompañado por otro buen guitarrista, el también jerezano Antonio Higuero, estiró la voz por alegrías de Cádiz con una dulzura y un compás encantadores. Antonio tiene la voz más bonita del cante actual, que sabe utilizar como nadie.

Su media voz es de seda pura, con tanta carga de melismas gitanísimos que parecen alfileres que se te clavan en la piel, cante lo que cante. Después de las alegrías, una buena tanda de soleares, con estilos de Alcalá donde el timbre de su voz les daba otra dimensión.

Y sin tiempo para dejarnos respirar un poco, unos tangos lentos, muy musicales, en los que lo mismo buscó a Camarón que a La Marelu, pero siempre poniéndole eso tan suyo que tanto nos gusta, que se llama buen gusto musical, delicadeza y dulzura. Los acabó con un fandango estremecedor, algo que no suele ser frecuente.

También cantó a piano y también buscó a Caracol, que es uno de los puñales que le atraviesan el alma. Fueron unas zambras casi habladas, lloradas, sacándoles unos pellizcos increíbles. Y se ganó también al público, como antes lo había hecho Méndez.

Con el recital ya sesteando un poco, por su duración, los dos cantaron juntos por fandangos, de una manera muy emotiva. Y luego, algunas letras por bulerías, ya con las dos guitarras y los tres palmeros. Vaya trío. Así se cerró una buena noche de cante y de guitarra a cargo de dos excelentes artistas, uno de Jerez y otro de Chiclana. Los aficionados se fueron contentos, preguntándose, quizás, lo mismo que el crítico: ¿Por qué estos dos cantaores no son considerados ya primeras figuras?

DEL INTIMISMO AL TURBIÓN

Escrito por Juan Vergillos (Diario de Sevilla)

La voz dulce, pastosa, de Antonio Reyes emocionó sobre todo en los estilos de su tierra. Este cantaor gitano es capaz de moldear los melismas a su antojo porque posee el secreto del compás reposado de Cádiz. Una voz suave, acariciante, afinada, de hermoso timbre. Nada que ver con el turbión jerezano que trae Jesús Méndez, pura potencia vocal, de contundente fraseo, con una energía desbordante que apenas matizó en los romances con los que inició el recital.

La puesta en escena es bastante sosa. Aunque presenta una ventaja respecto al modelo original, los festivales de verano. Y es la variedad estilística. Los dos cantaores hicieron martinetes, fandangos y bulerías juntos pero no revueltos y zambra caracolera por separado, aunque con el mismo acompañante

. Por cierto, sorprende el escaso aprovechamiento que se hace en la propuesta del piano múltiple de Sergio Monroy, que tocó, tan sólo, en las dos zambras. O sea: no moverse ni un milímetro de lo que marca una tradición. Una tradición, la de los años 70, mucho antes de que nacieran ambos intérpretes, que antes fue vanguardia, precisamente en la época de Caracol.

Así pues, más que tradicional, el espectáculo fue inmovilista, apto para ese público que no quiere sorpresas y que estima que el patrimonio flamenco se limita a seguiriya, soleá, taranta, bulerías por soleá, alegrías y tangos, que fueron los estilos elegidos, además de los señalados arriba. La frescura vino de las guitarras jerezanas de Antonio Higuero y de un Manuel Valencia que arrancó olés y aplausos en varias ocasiones.

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