Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
O T R O S T I E M P O S

04/10/2014.

Siempre es el tiempo que pasa, últimamente a la velocidad del rayo, como para que pueda uno sentirse a menudo fuera . . .del tiempo. Recuerdo cómo un amigo mío me ha contado con alguna frecuencia que la primera vez que viajó a Madrid desde su provinciano lar, plantándose arriba de la Gran Vía de la capital del reino, una Navidad, tan tumultuosa como todas, solo se le ocurrió pensar que dentro de algunos años toda esa multitud que veía moverse y rebullir no existiría, . . .y serían otros quienes ocupasen y formasen idéntico paisaje Texto: ANTONIO GARCÍA GOMEZ

Mi amigo ya es un anciano y naturalmente tenía razón, exactamente sobre la futilidad de las esencias, de la realidad sometida a la volatilidad del tiempo.

Cuando, de niño, viajaba a Bilbao a pasar unos días con la familia, a visitar a mis abuelos maternos, y llegaban las noches estivales y se agradecía buscar la fresca, en el mismo centro de la norteña ciudad, mi abuela y alguna de sus vecinas sacaban unas sillitas para charlar, intercambiar chismes y pasar un rato agradable, de cuando aún los pocos coches que circulaban por la ciudad casi eran una excentricidad lujosa, de cuando entonces aún esa cosmopolita ciudad trataba de no desanclarse del origen rural, vecinal, ciudadano que daba razón de ser al gran Bilbao.

Y yo entonces correteaba, como un crío inquieto y curioso, mientras escuchaba el «¡Hierro, ha salido el Hieeeerro de la tarde!», voceado desde una esquina cercana, grito que me impresionaba y que nunca he olvidado, tal vez porque esa imagen la he recreado alguna vez en el cine, tan pequeño, tan descubridor de las noches urbanas, mientras yo descubría la vida entre mis familiares, tan cercanos, tan protectores, tan queridos e inolvidables.

Y entonces yo corría, siempre con prisas, cuando uno es un niño siempre se va corriendo a casi todos los sitios, al portal que entronizaba el corro amable de sillas y abuelas del que mi abuela tía, «la tía Vitoria», regentaba sus reales profesionales, como portera de la finca, teniendo su vivienda en los bajos del edificio, en un habitáculo interior, un cuchitril humilde, adonde yo acudía para que la tía Vitoria me reconfortase con un vasito de gaseosa. . .para que yo volviese a reencontrar la felicidad infantil «infinita» que aún hoy me embriaga.

Un vasito de gaseosa, para que me hiciera cosquillas en la nariz, tal vez hasta con un eructo que arrancase una sonrisa y un beso de la tía «Vitoria», . . .y una risa compartida y un abrazo . . .

Eran otros tiempos, seguro, que quedaron en la retina para que nos sigan acompañando después de tanto. . .tiempo, creciendo, recordando, tras algo tan humilde, tan apreciable, ¡ójala fuera verdad! como un vasito de gaseosa, cuando ahora resulta que buscamos lo que nos sobrepasa y nos arrolla hacia un sin sentido que creemos «inaplazable», «innegociable», para que vayamos cayendo en el abismo del «fin del mundo» que llegamos a creer insuperable, al que todos teníamos derecho, tanto como que «ahora» hemos descubierto que ¡no!, que la inmensa mayoría habrán de quedarse con . . .¡»a dos velas»!.

Porque un vaso de gaseosa que haga cosquillas en la nariz ya no tiene ¿sentido?, y un beso y un abrazo de la tía «Vitoria» aún menos . . .¿sentido?.

Torre del Mar 6 – octubre – 2.014

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