Asociación de Vecinos de El Palo

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Vocalía de Flamenco
CERRADO POR DEFUNCIÓN

04/10/2014.

Según pude averiguar no hace mucho tiempo, en el último tercio del siglo XIX hubo en Sevilla una sociedad secreta en la que estaban Silverio Franconetti, Manuel Ojeda El Burrero; un francés al que apodaban El Chino, empresario de cafés; y un cuñado de La Macarrona que organizaba peleas de gallos y que tenía mucha gracia haciendo el baile del oso por jaleos jerezanos. Texto.Escrito por Manuel Bohórquez en La Gazapera

. Esta sociedad se fundó para acabar con el hermetismo del cante y el baile de los gitanos de Triana y San Román e inaugurar otra etapa, buscando claramente la explotación comercial de lo jondo. La muerte de Silverio y la de El Burrero años más tarde truncaron los planes de esta sociedad secreta.

Tras más de un siglo, la sociedad ha sido refundada por agentes artísticos, artistas, empresarios y algún que otro dirigente cultural para acabar con el flamenco añejo –tirando a rancio– e inventar otro nuevo, más o menos como el que anoche nos vendió Rocío Molina en la Bienal. ¿O es una moto lo que nos vendió?

Después de haber tenido acceso a las actas de las reuniones de esta sociedad secreta, les puedo asegurar que una de las primeras iniciativas será la de eliminar el nombre del festival sevillano: en vez de Bienal de Flamenco, Bietnam de Música y Danza de Sevilla.

Con el subtítulo ¡Arza y toma, echa vino montañés, que lo paga Luis de Vargas!, para despistar. En la que lo mismo puedan entrar los quejíos de Tomás de Perrate, que las gallinas de Andrés Marín. De lo que se trata es de ir a por esos cientos de millones de euros que entran cada año en Andalucía por mor del flamenco.

Es por eso. De ahí que para no dar el cambiazo de golpe, que sería una guerra viva entre puristas y amantes del rebujito, nos metan de vez en cuando en la programación de la Bienal alguna obra no apta para catetos maniáticos del compás y la rancia seguiriya de Cagancho, como la que nos trajo anoche Rocío Molina, esa muchacha malagueña que empezó bailando flamenco y puede acabar vistiendo de lagarterana a Milagros Mengíbar.

Bosque Adora, eso vimos anoche, con el Maestranza lleno de amantes del flamenco y de otras personas a las que el flamenco les importa un pimiento y que van a la Bienal por esnobismo, para al día siguiente presumir en la oficina o en la fábrica que al fin han sentido en el espinazo el torniscón del flamenco. Una obra, ésta de Rocío Molina, de música y danza contemporánea con algunas pinceladas de flamenco para justificar su inclusión en la Bienal y supongo que en otros festivales flamencos, aunque no sé si la sociedad secreta tiene ya delegación en Jerez o en la ciudad francesa de Nimes.

Y mañana dirán los modernos que los críticos sevillanos, algunos, no somos capaces de analizar lo que no venga en el libro de Fernando el de Triana o en el de Mairena y Ricardo Molina. Puede que sea verdad. Es hasta probable que algunos seamos muy catetos. Desde luego, anoche me aburrí como una ostra porque, para empezar, Bosque Adora es un tostón. Y el hecho de que se haya programado en un festival de flamenco, una tomadura de pelo. Prefiero apuntarme a la sociedad secreta de marras y encargar una corona para la Bienal en la que diga: «Tus catetos no te olvidaremos». O sea, cerrado por defunción. Una muerte digna

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