Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
V E N C I D O S

09/10/2014.

Mi padre había hecho la campaña de Asturias y de vez en cuando nos contaba, a mi hermana y a mí, sus andanzas guerreras por la agreste tierra asturiana, de peñasco tras peñasco, como aquella vez que casi topa de bruces contra un compatriota del bando contrario, quedando ambos paralizados, tan cerca uno del otro, mirándose aterrados, sin saber cómo reaccionar hasta que, en un instante, ambos desaparecieron, tan escondidos como pudieron, cuando mi padre sintió que un mínimo reguero de sangre se deslizaba por su mejilla, sin saber muy bien a qué había sido debido ese rasguño, una vez impreso en la memoria el encuentro mudo, crucial, de los dos adversarios que eran hijos de una misma patria y sin embargo. . . luchaban por matarse. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Cuando ya habían transcurrido un par de décadas desde el final de la guerra, un verano mi padre, comerciante acomodado, feliz de haber formado una familia en cuyo seno se sentía, seguramente, realizado, complacido del fruto de tantos esfuerzos, decidió llevarnos a pasar unos días recorriendo los vericuetos que había recorrido, a pie, peleando, yendo tras el «capitán Churiaque» , a la bayoneta calada, al que no olvidaba y nombraba con frecuencia, orgulloso de haber servido a sus órdenes, tras el arrojo del batallón que comandaba «el capitán

idealizado», creyendo que sería buena idea acudir junto a su familia a los mismos sitios que había recorrido a pie, valles y cumbres arriba y abajo, sin saber cuál era el objetivo final de tanto ataque a muerte, contra el enemigo que se escondía, que no regateaba valor, que contraatacaba y que se oponía con todas sus fuerzas y coraje a la conquista de sus tierras amenazadas, de sus ideales pisoteados.

Y efectivamente mi padre nos llevó y nos explicaba entusiasmado, ingenuamente contagiado del fervor que recordaba cuando luchaba y obedecía órdenes. . . desde cuando fue alistado por su padre, en su pueblo castellano natal e inolvidable, izado a los camiones que recorrían las Españas profundas camino de la cruzada que instituyeron para «salvar» el solar patrio que les aseguraron «corría peligro».

Y recuerdo cómo estábamos en el corazón de Asturias, en la taberna mugrienta, olvidada en cualquier aldea mínima y perdida, con muy pocos parroquianos sentados frente a sus vasos de vino áspero y ácido. . .mientras mi padre no paraba de explicarse y contarnos. . . los pormenores de sus andares guerreros por los lares en los que se enmarcaba el chigre de mala muerte atendido por una mujer menuda, de mirada triste, perdida, envuelta en una remendada rebeca de lana, tras el mostrador de madera, mientras mi padre no callaba, cuando en un momento se cruzaron las miradas de la mujer y mi padre. . . cuando ella no pudo dejar de decir que : «Usted puede contarlo porque al fin ganaron. . .mientras nosotros hemos tenido que callar. . .desde entonces». Recuerdo que de alguna manera terminamos aquel viaje sin que mi padre volviera a sacar el tema que nos había llevado a aquellos bravíos parajes. . . nunca más.

Torre del Mar octubre – 2.014

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