Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
E L P E R D Ó N D E L O S P E C A D O S

13/10/2014.

Muy lejos, al frente, en la negrura de la inmensa nave, la llama titubeando, la luz sagrada, incombustible, del sagrario, mostrando la diminuta claridad perenne del misterio que nos explicaban casi a diario. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Reunidos los colegiales, al cuidado del padre prefecto que desgranaba, adormilado, las cuentas del rosario, en el interior de la inmensa mole cristiana, franciscana, frente a un oratorio en penumbra donde apenas se vislumbraba un confesionario, como si de un armario de madera oscura y pulida se tratara, arrumbado contra la pared adorna de algún misterio sagrado, presto para realizar la confesión imprescindible que les permitiera, santificados, poder comulgar al día siguiente, a primera hora, en la misa que inaugurase el primer viernes de cada mes, como un rito repetido cada mes, obligatorio, por el necesario perdón de los pecados, veniales y sobretodo mortales, con los mocetes aguardando su turno, sin poder refrenar los nervios juveniles, imparables, encabritados, encerrados en su inquietud adolescente, con sus miedos y sus secretos atropellándose, intentando disimular y hasta pasar desapercibidos para ver de intentar no pasar por el requisito ineludible de confesarse, o hacerlo de aquella manera que no les hiciera enfrentarse a la vergüenza de verse descubiertos, sin posibilidad escapatoria frente a la vigilancia exhaustiva del cura que no metía ruido, que clavaba su mirada sobre sus nucas, unos metros atrás del colegial grupo. . . frente al otro cura que aguardaba en el cajón mimetizado.

De uno en uno pasando, con recogimiento inducido y aprehendido, yendo hacia el umbral del acogotamiento innecesario y siniestro, ante unos brazos ungidos que acogían al joven que de pie saludaba tras el Ave María Purísima sin pecado concebida desnudándose con el esclarecedor de «Padre yo me acuso».

Y el trance se iniciaba en un abrazo sibilino, en un confidencial encuentro entre el padre confesor y el adolescente que trataba de salir del apuro de la mejor y más rápida manera, ofreciendo la morralla venial de las contestaciones, las perezas, las desobediencias. . . habituales, evitando lo inevitable del escabroso asunto de. . .los tocamientos propios, en soledad o en compañía, con complacencia sostenida o por increíble inercia pecaminosa sujeta a las suaves e inquisitoriales admoniciones del confesor que insistía y hurgaba, hasta lograr el corrido bochorno del muchacho que ya no sabía donde meterse atrapado por su propia confesión ineludible, a cuenta de los pérfidos tocamientos, abrazado por el cura que no soltaba su presa.

Hasta que el grupo lograba borrar la mancha pecadora que inflamaban los ardores absueltos, atribulados mientras farfullaban sus penitencias respectivas, en estado de gracia. . . que duraba como mínimo hasta la mañana siguiente, cuando podrían acudir a comulgar sin pecado en sus almas inmortales. . . aunque fuera tan largo el tiempo de pureza . . .con un anochecer por medio, en la soledad de la tentación, a solas, insistente, insalvable, con las manos imparables, la imaginación disoluta y enloquecida, con la tentación de la carne asediando sin consideración en la calentura enfebrecida del muchacho que no sabía cómo mantenerse casto siquiera hasta que hubiera que ir a comulgar, ¿en gracia de dios?, o ¿con la conciencia entristecida por no haber podido superar el propósito de la enmienda que a tanto se habían comprometido frente al mentolado aliento del cura confesor.

Torre del Mar octubre - 2.014

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