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Vocalía de Flamenco
Rocío Márquez agita la tradición

13/10/2014.

La cantaora homenajea a Pepe Marchena en »El niño», disco que rompe las costuras entre el clasicismo y la vanguardia Duende y llanto en el fondo de un pozo Elsa Fernández-Santos

La cantaora onubense Rocío Márquez, en Madrid. / julián rojas

La cantaora onubense Rocío Márquez, en Madrid. / julián rojas

Mientras los amigos de Rocío Márquez jugaban, ella se escapaba a escuchar «a los viejos». Debía de resultar extraño ver a aquella niña rubia de ojos muy claros en las peñas flamencas acompañada por sus padres (él, profesor de enfermería; ella, trabajadora en un hospital). Ajenos a aquel mundo, se dejaban arrastrar por la mano pequeña y firme de su hijita al tiempo inmemorial de los cabales, las peteneras, los fandangos y las bulerías. «Les daba mucho vértigo, pero me apoyaron, a los nueve años me subí por primera vez al escenario de una peña», recuerda hoy la cantaora. «Quizá mi madre no me ha enseñado una soleá o una seguiriya, pero sí el amor por lo que hago»

. Rocío Márquez (Huelva, 1985) acaba de publicar El niño (Universal), un trabajo sobre Pepe Marchena, El Niño de Marchena, que no pretende ser un homenaje a este mito del flamenco sino una transmisión de su legado. El disco circula en zigzag por pasado y presente, por tradición y vanguardia. Con producción de Raül Fernández Miró, Refree, y Faustino Núñez, la colaboración de El Niño de Elche y las ideas del flamencólogo y artista Pedro G. Romero, el álbum se adentra en ese camino marchenero que, como explica Romero, «no ve diferencias entre lo nuevo y lo viejo».

Estudiante de música, la tesis («sin acabar») de Rocío Márquez —que cita como influencia en su formación a Gloria Muñoz, profesora de cante lírico que le ayudó a superar unos nódulos cuando tenía 11 años—, versa en la obra de Marchena. El niño forma parte de esa investigación, en él no hay ni versiones, ni tributos, solo una ruta común. «Me daba mucho miedo que con un personaje tan transgresor se perdiera lo más importante: la esencia. Marchena no se planteaba qué era flamenco y qué no», asegura Márquez. «Cogía un texto de los hermanos Álvarez Quintero o tomaba ideas de los cafés cantantes en los que trabajó y ya está; su conocimiento de la tradición le permitía la más absoluta libertad». "Reproducir sin más el pasado solo es ofrecer algo sin vida" Enormemente carismático, pese a sus orígenes en la más pura miseria, Marchena era conocido por ir siempre de punta en blanco. «Él decía «yo soy el primero que he vestido el flamenco de limpio». Era pura fantasía».

Es esa imaginación misma que inspira El niño la que enciende a sus detractores. En su presentación en directo en la pasada Bienal de Sevilla (en Madrid será el 24 de octubre en el Auditorio Nacional), el disco provocó esas querellas entre puristas y vanguardistas que ya solo parecen existir en el territorio flamenco. Un crítico escribió: «Los flamencos tenemos el cuerpo hecho a estos sustos desde el Omega de Morente, pero es lo último que nos esperábamos de Rocío».

Rocío, la joven que en 2008 logró la Lámpara Minera del Festival del Cante de las Minas de la Unión y los cuatro primeros premios, algo que hasta ese momento solo había logrado Miguel Poveda, se arranca con un disco en el que no bastan voz y guitarra. «Mis queridos talibanes», suspira ella ante las críticas. «Solo me interesan las opiniones constructivas. Yo creo que hay que partir de lo clásico, pero sin limitaciones. No he vivido una guerra, no he pasado hambre, he ido a la universidad y a mis amigos les gusta Extremoduro. No puedo ser igual que los de antes. La tradición debe vivir en el presente.

En el siglo XVIII ya existía el debate sobre la pureza y aquellos que entonces no eran académicos y traicionaban la tradición hoy son nuestros referentes. Quizá reproducir sin más el pasado solo es ofrecer algo sin vida. Y lo que no está vivo, está muerto».

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