Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
R A Í C E S

22/10/2014.

Siempre tenía mi padre manzanas reinetas alineadas en las baldas de la despensa. Esas reinetas humildes, paisanas, dulces y ácidas en una comunión perfecta, de poca presencia, con su roña y su color entre sonrosado y amarillento, recogidas al oreo del ramaje algo rijoso de los manzanos de la tierra, de la misma tierra de su pueblo, como las de los manzanos que crecían en el huerto familiar, como para que mi padre no quisiera desprenderse de esa atadura emocional a su pasado, a su infancia, de cuando las manzanas se las comía a bocados. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y también tenía mi padre una fuente, sobre la mesa del comedor, llena de nueces, tan menudas, tan enraizadas a la memoria personal de mi padre, a la que nunca, también, quiso renunciar.

Porque mi padre había «vareao» muchas «nogalas». Incluso cuando yo era niño recuerdo cómo se iba unos días mi padre, allá por septiembre y octubre, a su pueblo a varear las nogalas, para volver con los dedos de las manos negros y un montón de nueces frescas, muchas con su cuco por despegarse de sus granados tesoros, tan felices cuando las volcaba sobre la mesa, palmoteando, eligiendo las más fresquitas para que mi padre las partiera, con esa habilidad que nos admiraba, en un crac casi milagroso, de maña y fuerza, mientras asomaba el carnoso fruto, con su piel dejándose pelar, ofreciéndonos la visión apetitosa de las redondeces blanqueadas, energéticas, glotonas ante su aspecto tan tentador.

Y esa sencilla felicidad duraba muy pocos días y había que aprovecharlos porque, en seguida, se cernían sobre sí mismas, perdiendo la esponjosa humedad hasta dejarlas escuetas, resistentes, para que mi padre pudiera disponer de su apreciado fruto, a dos o tres por noche, a lo largo de todo el año.

Y así era cómo mi padre rememoraba sus raíces con el pueblo que le vio nacer. Cada vez que alineaba con mimo las manzanas de tan poca presencia, cada vez que las repasaba y elegía las que apuntaban fragilidad en su vigorosa conservación, para coger las que apuntaban el inicio de su declive, su punto de inicial podredumbre, por haberlas pillado a tiempo para que luego, con sabia parsimonia, las fuera pelando, quitando lo malo, muy finita la piel ensortijada, para ir cortando menudos bocaditos de su carnosa fragancia y exquisito sabor, día a día, de postre insustituible, mi padre degustando las manzanas que tanto recuerdos le confiaban, seguro, en la intimidad de sus evocaciones. Igual que con las nueces de la noche, en la sobremesa de la cena, con la pulcritud de mi padre apreciando el rico manjar de las nogalas ancestrales que mi padre había «vareao» en su añorada juventud. . . .con las raíces de su identidad bien guardadas.

Torre del Mar octubre – 2.014

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