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Un homenaje nacional a Zarra
MEMORIAS EN BLANCO Y NEGRO »

27/10/2014.

Estos días se habla mucho de Zarra por el asalto de Messi a sus 251 goles. Quizá sea la ocasión de desempolvar un partido singular, El Homenaje Nacional que se le tributó en el Bernabéu el jueves 29 de abril de 1954, cuando su estrella declinaba. Un hecho sin precedentes entonces en nuestro fútbol. Sólo Zamora, años más tarde, tendría un reconocimiento así. Autor. ALFREDO LIAÑO

Di Stéfano, Zarra, Wilkes y Kubala. / marca

Di Stéfano, Zarra, Wilkes y Kubala. / marca

Zarra, Telmo Zarraonandía Montoya, que reunía sangres vasca y gitana, fue jugador de dinastía. Sus dos hermanos mayores, Tomás y Domingo, jugaron antes de la guerra. Tomás fue portero del Arenas de Guecho y del Oviedo, y aun en la posguerra jugó en Osasuna. Domingo fue extremo izquierda del Arenas de Guecho. Murió en la guerra, en el frente del Ebro, combatiendo en las filas de un Tercio Requeté.

El Bernabéu rindió tributo al goleador vasco en 1954, un hecho sin precedentes, cuando su estrella declinaba Telmo, nacido en 1920, apareció al final de la guerra, en el Erandio y ya para la 40-41 le incorporó el Athletic, tras un partido de selecciones Vizcaya-Guipúzcoa en el que marcó seis de los nueve goles de los suyos. Para el Athletic, con el equipo desarmado por la guerra y la excursión sin regreso de la selección de Euskadi, Zarra fue pieza esencial en la reconstrucción

. Pronto se hizo jugador favorito de todas las aficiones. Entonces el Athletic tiraba mucho. Había sido el gran equipo de la preguerra y su insistencia en contar sólo con jugadores de la tierra se veía bien en todas partes. Zarra era además extremadamente correcto, hasta el punto de haber echado dos veces la pelota fuera, desperdiciando la posibilidad de rematar a puerta, por lesiones de sendos rivales: una ante el Málaga, cuando el caído era el central Arnau, y otra ante el Depor, con Ponte en el suelo.

Enseguida apareció en la selección y sus goles eran los goles de todos. Sobre todo lo fue el que sirvió para ganar a Inglaterra en Río, en 1950, cantado por Matías Prats. Ese gol hizo feliz a una generación. Para la 52-53, cuando Marca, el deportivo de la época, crea, entre otros, el trofeo Pichichi, lo gana Zarra, como no podía ser menos. Fueron 26 goles en 30 partidos, una buena cifra, aunque por debajo de los 38 que había marcado dos temporadas antes.

Pero era el primer Trofeo Pichichi como tal y nada más lógico que lo ganara él. Estaba en el máximo de su gloria, eje del ataque más nombrado de nuestro fútbol: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Pero justamente entonces llegó el bajón. Le alcanzó el tiempo, como diría Alfonso Guerra. La 53-54 fue conocida por los aficionados bilbaínos como la del Ocaso de los Dioses. La gloriosa delantera, que avanza en la treintena, va dejando paso a una nueva generación, los Arteche, Marcaida, Arieta y Uribe. Sólo Gaínza aguantará unos años más. A Zarra le empuja Ignacio Arieta, máximo goleador del Athletic ese año.

Zarra, en un partido con el Athletic El ocaso de Zarra, su caída en la suplencia, causa dolor nacional. Tan es así, que el General Moscardó, delegado nacional de Deportes, cursa el 23 de noviembre de 1953 un oficio a la Federación con instrucción de que se le organice a Zarra un homenaje. Y la Federación, que preside Sancho Dávila, falangista de primera hora, se pone a ello. Por en medio se produce un suceso que nos confirma que sin Zarra no somos nadie: Turquía nos elimina, tras desempate y sorteo, del camino del Mundial de 1954.

Tras haber sido cuartos en Brasil 50, no vamos a estar en Suiza 54. Así que se decide no contratar ningún equipo extranjero, sino convertir la jornada en una especie de exaltación del fútbol nacional al tiempo que una busca de valores para la selección. Sólo habrá jugadores españoles, salvo las cuatro grandes estrellas extranjeras del momento: Kubala, Di Stéfano, Wilkes y el meta Domingo.

El propio Zarra compone dos equipos, una selección Centro-Norte y otra Levante-Cataluña. La única presencia andaluza será el asturiano del Sevilla Campanal II, que no llegará a jugar. Antonio Barrios entrenará al Centro-Norte, que vestirá de blanco. Benito Díaz, al Levante-Cataluña, que vestirá de azul. Ningún club regatea un solo jugador. Es más: pagan el desplazamiento. El Ayuntamiento de Madrid exime al partido de dos impuestos que en la época gravaban los espectáculos deportivos, el de Protección de Menores y el de Consumo, que reduce a 500 simbólicas pesetas.

El ocaso de Zarra, su caída en la suplencia, causa dolor nacional El partido se fija para el 29 de abril de 1954. Por desgracia, ese día llueve mucho en Madrid. «Llovió como cuando enterraron a Zafra», escribe un cronista. No hay lleno total, pero la entrada es magnífica. A las 5:30 saltan al estadio de Chamartín (aún no rebautizado como Bernabéu) los dos equipos: Centro-Norte: Carmelo; Martín, Lesmes I, Lesmes II; Muñoz, Garay; Atienza, Coque, Zarra, Di Stéfano y Gaínza. Tras el descanso entrarán Eizaguirre, Venancio, Mújica y Panizo por Carmelo, Lesmes I, Muñoz y Coque. Levante-Cataluña: Domingo; Argilés, Biosca, Segarra; Pasieguito, Puchades; Basora, Wilkes, Kubala, César y Manchón. Tras el descanso, Bosch por Pasieguito y Marcet por Kubala.

En la puerta, se ha entregado a cada uno de los 80.000 espectadores una hojita con el himno a Zarra, composición del maestro Urrengoechea y letra de Pedro Montes. Al salir los equipos al campo, la megafonía emitió la música y el público lo cantó a coro. Fue tremendo. Este era aquel texto: Tiene España un futbolista que / es ejemplo de valor / recio temple, bravo estilo / e indudable pundonor. / Su nobleza es peculiar / siendo para la afición / el jugador caballero / de más grande corazón. / Sus triunfos en el Athletic / y el equipo nacional / le han cubierto de laureles / del fútbol universal. Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra! Cuando Zarra sale al campo / le aplauden con ilusión / todos los hinchas de España / porque colma su emoción. / De su cadena gloriosa / son eslabones sin fin / San Mamés, Río de Janeiro, / Colombes y Chamartín. / Desde Amberes no ha tenido / nunca el equipo español / un ariete que se vaya / con más decisión al gol. Cantemos con alegría / a esa figura bizarra / gritando ¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra,

Zarra! No era natural de Munguía exactamente, pero como tal se le tenía, pues su padre había sido jefe de la estación de tren de esa localidad. Lo de Amberes alude a la gesta de 1920 en esa ciudad, con la plata olímpica para la selección. Todo salió redondo después. Ganaron los de blanco, los de Zarra, por 4-3, y el último de los goles fue, justamente, el suyo. Di Stéfano estuvo cumbre y Ramón Melcón, el seleccionador, tomó nota de varios buenos jóvenes con los que iniciar la renovación: Argilés, Biosca, Segarra, Bosch, Garay, Coque, Manchón. A Zarra le quedaron 823.000 pesetas, un dineral en la época.

A fin de temporada subió a Segunda el Indauchu, que jugaba en Garellano, a dos manzanas de San Mamés. Zarra se enroló con ellos. Las visitas del Indauchu fueron un maná rodante para los rivales de Segunda, porque la visita del club bilbaíno era llenazo seguro. Y cantaban a coro aquella estrofa: «Cantemos con alegría / a esa figura bizarra /, gritando: «¡Viva Munguía! / ¡Zarra, Zarra, Zarra!». Luego, un año en el Baracaldo, y la misma historia. Hasta que por fin bajó el telón.

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