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Aquella noche en Kinshasa

03/11/2014.

Hace cuatro décadas y cuatro días se celebró el combate del siglo, the Rumble in the Jungle, la pelea implacable que enfrentó al campeón George Foreman contra el aspirante Muhammad Alí en Kinshasa, capital del Zaire. Combates del siglo ha habido muchos, antes y después, en todas las categorías y épocas, pero ninguno como ése, capaz de transcender del ámbito deportivo al histórico para engendrar a su sombra obras maestras de la música, la literatura y el cine. Por DAVID TORRES Texto.

El combate Alí-Foreman dio pie a un macroconcierto mítico que trasladó a Zaire a una docena de estrellas del blues y del soul, a un reportaje sensacional de Norman Mailer, The Fight, y a un documental grandioso, When we were Kings.

Por un lado venía Alí, derrotado en la arena por Joe Frazier y fuera de ella por la política, después de que le desposeyeran del título por su negativa a marchar a Vietnam. “¿Qué me ha hecho a mí el Vietcong?”, preguntó Alí, lanzando el directo más simple y efectivo a la intervención estadounidense en el extranjero. Tras la cárcel y la retirada forzosa, Alí tuvo que reinventarse como púgil y lo que perdió en velocidad y juego de piernas lo ganó en inteligencia y resistencia: el extenuante combate con Frazier, considerado tal vez la cumbre de su carrera, a pesar de la derrota, lo preparó para aguantar las embestidas y hachazos de un Foreman que había barrido con sus contrincantes en los primeros asaltos. Uno de ellos, precisamente, el mismísimo Joe Frazier, que ni siquiera pudo ponerle la mano encima y a quien Foreman levantó del suelo de un golpe que parecía propinado por una excavadora.

Todo estaba en contra de Alí, el Más Grande, el Payaso de Louisville, el Loro de dos metros, el eterno Bocazas a quien iban a cerrarle la bocaza para siempre. El miedo que transmitía la pegada de Foreman, tal vez la más tremenda de la historia del pugilismo, se materializaba en el saco con el que entrenaba y del que Alí apartaba la vista para no ver el hoyo, del tamaño de un melón, que los puños de su adversario iban escarbando en el cuero. Luego el miedo eclosionó en un clímax de auténtico terror, cuando en los vestuarios Alí rompió a sudar y con los ojos desencajados empezó a gritar: “Supposed to be my destruction! Supposed to be my destruction!”. Fue un modo de conjurar los demonios oscuros de la noche congoleña, del mismo modo que había conjurado los del atardecer con una extreña ceremonia en que hizo aflojar las cuerdas del cuadrilátero y se puso a bailar solo sobre la lona en el estadio desierto.

El combate, una sinfonía en ocho asaltos, ha sido analizado, examinado y deconstruido desde todos los ángulos, por maestros del boxeo y del periodismo, pero puede resumirse en un solo adjetivo: inesperado. Nadie esperaba que Foreman, mucho más lento y torpe que su rival, arrinconara a Alí, y menos aun que Alí se dejara arrinconar contra las cuerdas para recibir un castigo formidable en su torso de estatua, el mismo torso perfecto con el que un cirujano que le practicó una apendicitis de urgencia tuvo la sensación sacrílega de estar rajando una escultura griega. En un alarde de confianza suicida teñido con sospechas de magia negra (cuenta la leyenda que el hechicero personal de Mobutu encargó el trabajo sucio a una bruja), Alí dejó que Foreman se vaciara contra su estómago, girando apenas el cuerpo para hacer rodar los golpes, mientras se agarraba a su rival y le susurraba en el oído: “No me haces daño, George. Pegas más flojo que mi hermana”. Al inicio del octavo asalto, cuando Foreman resoplaba como un elefante herido y fatigado, los pies de Alí resucitaron y sus brazos tejieron la brujería final: una serie de ganchos cortos, de derecha y de izquierda, que desarboló al gigantón hasta que una derecha terrible lo arrancó de cuajo de la lona. Alí pudo haber rematado a su rival con otro golpe pero prefirió no hacerlo, apartándose con el puño amartillado para “no estropear la estética de la caída”, escribió Norman Mailer. Como un leñador talando un árbol.

Tras los protagonistas de la pelea, un plantel de secundarios de lujo que incluyó entre otros a Miriam Makeba, The Crusaders, B.B. King, Celia Cruz y James Brown, y un par de demiurgos que fueron los auténticos artífices de aquella fiesta en mitad de la selva: el tenebroso promotor Don King, con el pelo ardiendo en una llamarada congelada, y el sanguinario carnicero Mobutu, que puso sobre la mesa diez millones de dólares (robados, como toda su fortuna del pueblo congoleño) para lograr el milagro de que la capital de Zaire fuese por unos días la capital del mundo. Pero la publicidad funcionó más allá de la ambición de aquel tirano repelente y las ondas del terremoto se expandieron en el espacio y en el tiempo. Bien puede decirse que aquella mítica noche de Kinshasa fue la primera vez que África abría para bien las páginas del mundo con una historia escrita en negro y negro

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