Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
E L V I A J E

04/11/2014.

Tuvo que acercarse a Burgos, al poco de terminar la guerra, a la Comandancia Militar, a recoger el salvoconducto que permitiera a mi padre viajar hasta Granada, de cuyo hospital militar habían avisado a la familia para comunicarles que en sus instalaciones convalecía el soldado Vidal García Puras, herido en el frente, y que a diario preguntaba por alguien de su familia, porque hacía meses que no sabían nada de él. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y hasta allí iba a viajar mi padre, el hermano mayor de Vidal, dispuesto a recorrerse España de norte a sur, con una lata de sardinas y un chusco como toda vitualla y que le habían proporcionado en la Comandancia. Mi padre que ya era un paisano, recién licenciado, con sus medallas de mutilado y de sacrificio por la patria, aprendiendo a soñar con un futuro lejos del pueblo y de los suyos, dispuesto a hacer el viaje que le reencontrara con su hermano, sin equipaje, con un zurrón al hombro..

Tres días con sus noches dedicó entonces mi padre en viajar, de tren en tren, en los trenes de mercancías destartalados, de vías muertas a vías muertas, de estaciones perdidas a estaciones perdidas, que le fueran acercando a su destino, también en los traqueteantes y desvencijados convoyes de viajeros que ibaan acercándose al sur, afanosamente, echando humo, renqueantes.

Mientras mi padre se dejaba ensimismar por la escueta velocidad que le iba mostrando las áridas tierras de la meseta, de sus anchos campos sin fin, de sus aldeas aplastadas, de sus nubarrones en lontananza que dibujaban relámpagos mudos, de tantas miradas tristes, resecas sus cuencas de lloros sin consuelo, de compatriotas que viajaban con la resignación de la victoria tan cara, tan sangrienta, tan llena de recelo y venganza por estallar, en el mar de olivares centenares camino de hierro hacia su destino.

Mientras mi padre lograba llegar a la ciudad del Darre, muerto de hambre, sucio, humilde y decidido por encontrar a su hermano Vidal. Para ver que sí era su hermano, para desearle que se recuperara pronto, para asegurarle que ya le estaban aguardando en casa y que madre y padre le enviaban saludos, para pasar unos días a su cabecera, para dejarle de nuevo, con los buenos deseos para que se recuperara bien y cuanto antes.

Y entonces mi padre regresó a su pueblo, otras tantas jornadas de viaje, tres días y tres noches, de tren en tren, de vuelta a casa, bajo el cielo estrellado del estío adormecido, con el relente que ya dejaba adivinar un otoño incierto y doliente. Mientras mi padre se decidía y juraba que no se quedaría mucho tiempo en el pueblo, cuando aún no estaba muy seguro qué terminaría haciendo.

Torre del Mar octubre – 2.014

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