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Opinión
ANTESALA DEL INFIERNO

11/11/2014.

De entonces, en el albor de nuestro amanecer sentimental, desde los espejos que refulgían miles de colores iluminados, como múltiples arcoiris, con el polvo en suspensión chivateando lo inconfesable, el ánimo enfebrecido, cuando nos decidíamos camino de la antesala del averno a precipitarnos a su seductora tentación. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Según nos habían advertido, sobre las acechanzas de la carne, por haber sido muy condenados los peligros del mundo moderno, la tentación libidinosa, el contacto carnal, el baile suelto, el “agarrao”, el más pecaminoso, desde el pensamiento hasta el acto nefando “imaginado”, siquiera en la salas de fiestas que se abrían a nuestros impulsos imparables.

                                               Las salas de fiestas de “El Imperio”, la de “El Danubio”, en mi pueblo, iniciáticas, que concitaban las ganas adolescentes de quienes sabíamos, dándole vueltas durante la semana, que los sábados deberíamos acudir a encontrarnos . .  . a ”enamorarnos”, buscando las chicas que más nos gustaban, con quienes habíamos cruzado las miradas, o que así nos lo habíamos imaginado, arriba y abajo, ida y vuelta, miradas huyendo del encuentro, rubores azorados y acelerados, medias sonrisas, guiños con los amigos, medios empujones, ardores que habrían de reencontrarse en exultante fragor de la música conocida, bajo los efectos de pestañeo multicolor, como si ya fuéramos hombrecitos, tan ceñidos por dejarse ver delante de las muchachas que nos tenían.  . .locos de amor juvenil.

                                               Y allí abocaban las ansias imparables de nuestros deseos, creyéndonos que era el corazón el que nos movía y el amor la gran fanfarria que nos estremecía. Frente a nuestra chica o frente a su amiga menos guapa, más simpática, qué más daba, si la emoción de ser acompañados, mirados, tocados, apretados, nos embriagaba, tan felices de sentirnos únicos en el fárrago soñado y deseado, tan ensimismados, los jóvenes revoloteando al paso, con ritmo, entre risas nerviosas, sintiendo que nos tocábamos, que nuestras miradas se detenían mirándose, por ser capaces de besarnos, por imaginar que nos íbamos a querer para siempre.

                                               En las antesalas del infierno, según nos repetían y con que nos amenazaban, los orates de la fe, los predicadores de los ultimátum imposibles de creer y seguir, porque ya habíamos decidido que eran muy dulces las tentaciones de los avernos musicados.  

                                               Y eran las salas de fiesta, hoy en retirada nostálgica, para los viejos que fuimos antaño adolescentes nuestras ocasiones de espabilar a los recuerdos de nuestros primeros escarceos, amantes torpes y aficionados, por encontrar el amor que tanto nos seducía, que tanto nos enamoraba.

 

                                               Torre del Mar   noviembre – 2.014

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